sábado, 31 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 22


Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 22

22

Los mártires monjes guerreros de Erelon retrasaron el avance de los monstruos.

Cuando el último hombre cruzaba el puente interminable del río Magno, una avalancha de salvajes tarkos, con Ariûm a la cabeza, llegaba al Castillo Fortaleza de Bastión, que se encontraba a menos de cincuenta kilómetros del puente.

Los magos destruyeron el puente del río, y cuando más tarde llegaron los monstruos, gruñeron llenos de impotencia, odio y rabia, como ningún hombre hubiera imaginado jamás.

—¡Malditos cobardes! —exclamó Trûn, enseñando los colmillos.

—¡Enviemos a los dragones, majestad! —gruñó Driûn—. ¡Acabarán con ellos!

El rey reflexionó durante unos instantes.

—Es peligroso —dijo antes Sirinea—. Les protegen las águilas.

—Sin duda —asintió el monarca.

—Entonces escaparán —insistió Driûn.

—Por ahora…




Durante varios días sin apenas descanso, los hombres caminaron sin aliento por el margen del río Magno. Cruzaron otros dos puentes de afluentes que nacían en los Montes Blancos, y también los destruyeron.

—No nos siguen —afirmó Nêor.

—¿Han visto algo las águilas, Mión? —preguntó Bareon.

—No, mi señor —respondió el mago—. Y su vista llega mucho más allá que la nuestra.

—Tenemos que descansar un poco —dijo, mirando a su desafortunado pueblo.
Aquella noche, los refugiados no avanzaron ni un metro.




A unos cien kilómetros aproximadamente de Tolen, un legionario fatigado gritó:

—¡Soldados al frente!

La vanguardia se organizó y los jinetes se adelantaron.

—¡No son monstruos! —dijo Nêor, pasados unos minutos.

—Eso parece —terció Bareon, atónito, cuando distinguió las banderas y estandartes reales de Tolen.




Antes de encontrarse con los evadidos, el batallón del rey divisó las águilas que cubrían completamente el cielo.

—Ya estamos cerca —dijo Treno.

—¡A galope! —exclamó el monarca. 

Los jinetes y los lobos avivaron el paso y pronto alcanzaron la vanguardia de Bastión. 

Los hombres del sur se lanzaron en un primer momento al asalto, creyendo que tal vez le atacaban los monstruos, pero pasaron de la rabia a la confusión y, al final, a la alegría.

Bareon bajó del caballo y abrazó al rey.

—¡Me alegra veros! —exclamó el monarca.

—¡Y a mí, majestad!

—¿Os persiguen los monstruos? —preguntó el general Treno.

—Por ahora no —respondió Mión.

El rey contempló, preocupado, a los bastienses.

—Hemos descansado poquísimo desde que salimos de Bastión —dijo Bareon.

El rey asintió.

—Continuemos la marcha —ordenó.

Y se pusieron otra vez en camino.




Las tormentas del norte fueron crueles y llovió muchísimo más que otros años. Al final, los bastienses dieron alcance a los exiliados de Tolen y Coren, y más de millón y medio de personas de las tres grandes regiones del reino marcharon en una columna que no tenía fin. Cuando por último llegaron al río Gael, los soldados que vigilaban la frontera no podían creer lo que veían.

—¡Por todos los dioses! —exclamó uno—. ¡De dónde diablos sale tanta gente!

—¡Mirad el cielo! —dijo otro.

—¡Vamos, rápido! —gritó un superior—. ¡Ayudad a esa gente!

Durante días y días los exiliados cruzaron los puentes que habían construido los galienses y se instalaron en refugios preparados.

Antes de destruir todos esos puentes, un último hombre cruzó la frontera: Rodrian, rey de Castrum.





Valesïa
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2013-2014

jueves, 29 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 21


Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 21

21

En Tolen se inició el gran éxodo hacia el norte.

Rodrian, afectado por su propia decisión, y sus súbditos dejaron atrás las tierras con mucho sufrimiento y rabia.

La caravana estaba formada por varios kilómetros de personas y miles de lobos. 

Avanzaba a paso lento, pero constante. El norte todavía distaba muy lejos.

Los cánidos corrían veloces por cada flanco y aportaban seguridad y comida a los hombres. Cornin, el rey de los lobos, iba en cabeza. El animal daría cuenta de bastantes ladrones capturados y enjuiciados por los cánidos.

Llegó un mago del sur a lomos de una inmensa águila parda e informó al rey que Bastión había claudicado. El pueblo huía desesperadamente hacia el norte.

—¡Maldición! —exclamó Rodrian, enfadado.

Los hombres enmudecieron.

El mago volvió a montarse en la rapaz y puso rumbo nuevamente hacia el sur. 

Anêlhion le notificó que habían llegado varios halcones a la retaguardia de la caravana donde se encontraban los maestros cetreros, y le resumió las noticias recibidas.

—En Galiun esperan nuestra llegada —dijo.

El monarca asintió.

—¿Se sabe algo de Moïn? —preguntó.

—Llegó hace dos días a Galiun. Ya debe encontrarse en el reino de los securis.

—¡Perfecto! —exclamó Rodrian—. Pero ahora la urgencia es el sur.

—En efecto, majestad.

Entonces, el rey tuvo una idea. Ordenó al general Treno que seleccionara a doscientos caballeros y medio centenar de lobos, y en menos de una hora pusieron rumbo hacia el sur para encontrarse con Bareon.

No quedaba tiempo: «volaron» hacia el sur.





Valesïa
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2013-2014

miércoles, 28 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 20



Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 20

20

En Tolen se inició el gran éxodo hacia el norte.

Rodrian, afectado por su propia decisión, y sus súbditos dejaron atrás las tierras con mucho sufrimiento y rabia.

La caravana estaba formada por varios kilómetros de personas y miles de lobos. Avanzaba a paso lento, pero constante. El norte todavía distaba muy lejos.

Los cánidos corrían veloces por cada flanco y aportaban seguridad y comida a los hombres. Cornin, el rey de los lobos, iba en cabeza. El animal daría cuenta de bastantes ladrones capturados y enjuiciados por los cánidos.

Llegó un mago del sur a lomos de una inmensa águila parda e informó al rey que Bastión había claudicado. El pueblo huía desesperadamente hacia el norte.

—¡Maldición! —exclamó Rodrian, enfadado.

Los hombres enmudecieron.

El mago volvió a montarse en la rapaz y puso rumbo nuevamente hacia el sur. 

Anêlhion le notificó que habían llegado varios halcones a la retaguardia de la caravana donde se encontraban los maestros cetreros, y le resumió las noticias recibidas.

—En Galiun esperan nuestra llegada —dijo.

El monarca asintió.

—¿Se sabe algo de Moïn? —preguntó.

—Llegó hace dos días a Galiun. Ya debe encontrarse en el reino de los securis.

—¡Perfecto! —exclamó Rodrian—. Pero ahora la urgencia es el sur.

—En efecto, majestad.

Entonces, el rey tuvo una idea. Ordenó al general Treno que seleccionara a doscientos caballeros y medio centenar de lobos, y en menos de una hora pusieron rumbo hacia el sur para encontrarse con Bareon.

No quedaba tiempo: «volaron» hacia el sur.





Valesïa
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2013-2014

lunes, 26 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 19



Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 19

19

Mig, como prácticamente todos los magos, era un buen jinete, pero Moïn se desorientó en su primer vuelo en dragón, como el pájaro que abandona el nido por primera vez.

Desde el enorme patio de armas del castillo Dragón de Galiun salieron cuatro emisarios montados en otros tantos hermosos dragones. La expedición estaba compuesta por el comandante Moïn, el mago Mig, un monje guerrero llamado Niak, con rango militar de cabo y amigo inseparable del comandante, y el consejero de Galiun y experto en diplomacia, Dísion, un hombre delgado y de ojos astutos.

Los galienses decidieron en consenso que sólo cuatro emisarios viajaran al Reino Securi. Los hombres no querían que su visita fuera malinterpretada como una amenaza por los fieros hombrecillos. El resto de los viajeros de la expedición, monjes guerreros y lobos, se hospedaron en un campamento militar a las afueras de la capital del norte del reino.

—A los securis no les agradan mucho las visitas —había dicho Ênon un día atrás—. Con vosotros bastará…   

«¡No me agarres tan fuerte!», protestó la dragona Edhira, «me haces daño en el cuello».

La dragona era de color verde.

—Perdona —se excusó Moïn, aflojando las riendas. El monje guerrero, como casi todos los miembros de su orden, podía transmitirse telepáticamente.

«Disfruta del viaje, será corto».

—De acuerdo.

«Y no te preocupes, estás bien sujeto a la silla y no puedes caerte», dijo Edhira.
Luego remontó el vuelo con rapidez, y a Moïn le pareció que llegarían a las estrellas. El aire era frío, pero agradable, y compensaba con el sol abrasador.

El comandante miró hacia abajo y vio que Galiun ya sólo era un punto en el paisaje. La cabeza le dio vueltas y se sintió un poco mareado, pero le hizo caso a la dragona, se relajó y empezó a disfrutar del vuelo.

—Estamos muy altos —dijo el comandante.

«Tenemos que subir aún más», informó Edhira. «Si notas que te cuesta respirar, me lo dices».

—De acuerdo —repitió.

A su derecha apareció de repente Mig en otro dragón de color rojo y más allá Dísion, en uno azul, y a su izquierda Niak, en uno amarillo. El cabo lo estaba pasando tan mal como su comandante. En cambio, el mago, con una sonrisa en la boca, saludó con la mano. Moïn hizo lo mismo, pero enseguida volvió a sujetar las riendas con las dos manos.

«Es más fácil volar en paralelo», explicó la dragona. «Es raro que nos desorientemos, pero si por casualidad alguno se despista, retornará el vuelo gracias a los otros dragones. En cambio, si volamos en fila y se extravía el primero, los demás le seguirán hasta un lugar erróneo».

«Desde aquí se ve todo diferente».

«La primera vez siempre es más difícil, pero luego uno se acostumbra».

«¿Llevas mucho tiempo volando?».

«Desde que tenía seis meses de edad», dijo Edhira. «Y tengo ya más de trescientos años. Así que tengo bastante experiencia. No te preocupes», repitió.

Moïn acarició el cuello de escamas verdes de la dragona y comprobó que eran duras como piedras. 

«Qué animal tan estupendo», pensó.

—¿Conoces a los securis? —preguntó.

«Sólo los he visto en algunas ocasiones caminando por las montañas, pero nunca he hablado con ninguno. Casi nunca abandonan su reino bajo la tierra».

«Esperemos que ahora nos escuchen y sí lo hagan».

«Por supuesto».

«Por el bien de todo el reino».

«Los dragones que conozco y que han hablado con ellos, dicen que son buena gente».

«Nos harán falta para vencer a los tarkos».

«Claro».

El monje guerrero, años atrás, había luchado en Bastión, como la mayoría de los caballeros têlmarios. Desde los altos torreones del Castillo Fortaleza, y desde la misma torre central del castillo observaba a los lûctos, que volaban en el cielo horripilante del Reino Oscuro.

—¿Tienen alguna relación con vosotros los dragones negros? —preguntó con interés.
«¿Los lûctos? No, ninguna», dijo la dragona. «¡Qué asco! Ellos a nuestros ojos son lo mismo que los tarkos a los tuyos. Monstruos que siempre han vivido bajo la influencia del mal». Luego explicó: «Droun, el Señor del Fuego, nos creó a nosotros; y Nedesïon, el Señor de las Tinieblas, a ellos. Aunque todos seamos dragones, somos muy diferentes».

Siguieron conversando gratamente hasta que aparecieron los picos altos de los Montes de la Niebla, que como su nombre indicaba estaban cubiertos por una neblina espesa. Bajaron un poco de altura y, por momentos, Moïn no vio nada más que la niebla blanca. Notó su humedad y sintió frío en los huesos. Después bajaron más y pudo ver bien las montañas, que se extendían como gigantes, más allá de donde alcanzaba su vista.

«Ya estamos llegando», anunció Edhira.

—El viaje ha sido corto —dijo Moïn.

«Ya te lo había advertido. El próximo que hagas conmigo te gustará más». 

—Volveremos a Galiun a pie, y si tenemos suerte con miles de securis con nosotros.
«Pero hay más días».

—Lo tendré en cuenta —dijo con una sonrisa dibujada en su rostro.

«Te estaré esperando, un dragón nunca olvida una promesa».

Luego viraron un poco hacia el este y se prepararon para el aterrizaje.




Descendieron hasta una gran explanada que había en la ladera de una de los cientos de montañas que integraban los Montes de la Niebla, situada en la zona media entre la fría cumbre y el bajo pie.

Al llegar al suelo, el aleteo de la dragona provocó una lluvia de arena y polvo, y Moïn tuvo que taparse la cara con las manos. Cuando paró las alas, el monje guerrero desabrochó los correajes de la silla, se tiró al suelo y cogió su alforja.

—Gracias por el viaje —dijo a Edhira.

«Espero que tengáis suerte».

—Gracias —repitió.

«Dísion os guiará hasta los securis».

Moïn volvió a acariciar el cuello de la dragona.

—Adiós —dijo, y miró atrás.

Todos sus compañeros lo esperaban.

«Hasta pronto», se despidió Edhira y empezó a dar fuertes aleteos.

Moïn corrió y, cuando llegó al grupo, los dragones ya surcaban el cielo.

—Vamos —dijo Dísion—. A un día de viaje llegaremos a Secüis, la primera ciudad securi.




Comieron unos trozos de carne seca con pan y continuaron la marcha. Descendieron por un sendero peligroso y luego subieron por la ladera del otro lado de la montaña.
Donde se hallaban no había nieve, pero las cumbres estaban blancas y hacía mucho frío.

—¿Tenemos que llegar hasta la cima? —preguntó Mig, mirando hacia arriba.

—No —respondió Dísion—. Un poco más allá —señaló un pico blanco—, hay una cueva que cruza a la otra montaña. —Los tres hombres observaron la inmensa mole de piedra—. Ése es nuestro destino.

—Está lejos —dijo Niak.

—Por la cueva atajaremos.

—¿Cómo encontraremos a los securis? —preguntó Niak.

—No los encontraremos. —Sus compañeros le miraron—. Nos encontrarán ellos.

Llegaron a la cueva cuando el sol se ponía en el horizonte y decidieron pasar allí la noche, resguardados del frío insoportable de la madrugada.

A la mañana siguiente encendieron las antorchas que llevaba Dísion y se adentraron en la gruta, que era larga y ancha.

—Es muy grande —dijo Moïn.

—Es sólo un aperitivo de lo que veremos —contestó el consejero de Galiun.

Llegaron al final y salieron al exterior. En la otra punta de la cueva continuaron por el sendero, que volvía a elevarse bastante.

—¡Maldito camino! —exclamó Niak.

—Ya queda poco —dijo el guía, y siguieron subiendo durante más de media hora.

—¡Eh!, ¿y el camino? —preguntó de repente Mig.

Desde donde estaban parecía que el sendero terminaba en un precipicio.

—Ya estamos —anunció Dísion. 

Y cuando llegaron a lo alto apareció un valle amplio y hermoso. Un impresionante río caía en una pendiente vertical hasta un lago. ¡La catarata mediría más de cien metros!

—Es fantástico —dijo Moïn, secándose el sudor de la cara.

—Yo nunca he pasado de aquí —reconoció el consejero.

El camino continuaba por el otro saliente. Prosiguieron la marcha y tardaron mucho en descender hasta una zona más baja y segura.

—Llevad cuidado donde pisáis —advirtió Dísion—. Las rocas son resbaladizas.

Al final llegaron abajo y el lago ya estaba cerca cuando vieron a los securis. Los hombrecillos los rodearon sin que se dieran cuenta.

—¿Cuántos serán? —preguntó el mago.

—Más de doscientos —dijo Niak.

—Muchos más. —Dísion miró a Moïn—. No los ofendas, comandante —le advirtió el consejero—. Estamos en su reino.

—No te preocupes.

Los securis estaban ya muy cerca. Moïn se percató que llevaban hachas y martillos de guerra colgados en el cinto o en la espalda. Eran hombrecillos de un metro de altura, con barbas largas, narices redondas y rostros serios.

—¡Saludos! —dijo el monje guerrero en voz alta—. Soy el comandante superior, el Gran Maestre de los caballeros têlmarios del Reino de Castrum. Mi nombre es Moïn, hijo de Môthen, y soy emisario del rey Rodrian. Vengo de la ciudad de Tolen, con el mago Mig y mi subordinado y amigo Niak. Él es Dísion, consejero de Galiun.
Varios securis se adelantaron.

—Venimos para hablar con el rey Efferûs —dijo el monje guerrero, ahora en voz más baja.

—¡Bienvenidos! —dijo uno de los securis en lengua común, pero con fuerte acento—. Soy Erikkêin, gobernador de Secüis. Primero hablaréis conmigo y yo decidiré después.

—Como ordenéis, gobernador.

—Seguidnos, somos un pueblo amigo de los hombres.

Luego se pusieron en marcha y llegaron hasta una gran puerta tallada en la misma montaña, casi invisible en el paisaje. La puerta se abrió sin hacer el menor ruido y entraron en una cueva amplia que los llevaría hasta las profundidades de la tierra.





Valesïa
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2013-2014

TEMPLARIOS


Cruz roja de los templarios

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, conocidos como Templarios u Orden del Temple, fue una de las órdenes militares cristianas más famosas.


El último Gran Maestre de la Orden,
Jacques Bernard de Molay

El sello de los templarios muestra a dos miembros de la Orden en un solo caballo, símbolo de su pobreza. También es visible: "Sigillum Militum Xpisti" ("Sello de los soldados de Cristo").


Sello de los caballeros templarios
La Orden estuvo activa desde el 1119 al 1314, proclamaba fidelidad a la Santa Sede y era una Orden religiosa y militar. Su Patrón fue San Bernardo de Claraval, y su lema: "Non nobis, Domine, Non Nobis. Sed Nomini Tuo Da Gloriam" (No para nosotros, Señor, no para nosotros sino para la Gloria de Tu Nombre).

Templarios preparados para la guerra


JACQUES DE MOLAY



Jacques Bernard de Molay (hacia 1240 a 1244 - 18 de marzo de 1314) fue un noble franco y último Gran Maestre de la Orden del Temple.

Estudiosos nobiliarios incluyen a Molay en la genealogía de Lonvy, al ser Molay una población del Señorío de Rahon, propiedad del padre de Jacques de Molay.

Jacques Bernard de Molay nació en Borgoña entre 1240 y 1244 (aunque hay ciertas versiones que especifican que fue en el año 1243 y otros en el 1244, en la ciudad de Vitrey, departamento de Haute Sâone), hijo de Juan, Señor de Lonvy, heredero de Mathe y Señor de Rahon, gran población cerca de Dôle, de la cual dependían muchas otras, pero principalmente Molay, y esta a su vez, era una parroquia de la Diócesis de Besançon, en el Deanato de Nenblans.

En 1265, en la ciudad de Beaune (Francia) se unió a la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo (más tarde llamados Caballeros del Templo de Salomón), conocidos comúnmente como Caballeros Templarios u Orden del Temple, recibiéndole el Fraile Imbert de Perand, visitador de Francia y del Portu, en la capilla del Temple de la residencia de Beaune.

En 1293, figura con el título de Gran Maestre tras la muerte de Thibaud Gaudin el 16 de abril de 1292. Así se convirtió en el 23.° y último Gran Maestre.

Organizó entre 1293 y 1305 múltiples expediciones contra los musulmanes y logró entrar en Jerusalén en 1298, derrotando al Sultán de Egipto, Malej Nacer, en 1299 cerca de la ciudad de Emesa. En 1300 organizó una incursión contra Alejandría y estuvo a punto de recuperar la ciudad de Tartus, en la costa siria, para la cristiandad.

En 1307, el Papa Clemente V, Beltrán de Goth y el rey de Francia Felipe IV "El Hermoso" ordenaron la detención de Jacques de Molay bajo la acusación de sacrilegio contra la Santa Cruz, simonía, herejía e idolatría (ver Baphomet). Molay declaró y reconoció, bajo tortura, los cargos que le habían sido impuestos; aunque con posterioridad se retractó, y por ello en 1314 fue quemado vivo frente a la Catedral de Notre Dame, donde nuevamente volvió a retractarse, en forma pública, de cuantas acusaciones se había visto obligado a admitir, proclamando la inocencia de la Orden y, según la leyenda, maldiciendo a los culpables de la conspiración:

« "Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir." "Clemente, y tú también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!... A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año..."»

En el plazo de un año, dicha maldición supúsose que comenzaba a cumplirse, con la muerte de Clemente V († 20 de abril de 1314); de Felipe IV (según Maurice Druon, a causa de un accidente cerebrovascular durante una expedición de caza el 29 de noviembre de 1314) ; y finalmente de Guillermo de Nogaret (envenenado ese mismo año).


Fuente: Wikipedia

domingo, 25 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 18



Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 18

18

«Descansemos», dijo Linx, telepáticamente. 

Iban a muchísima velocidad.

—Detente, preciosa —susurró Valesïa en el oído de Karia, y el unicornio obedeció al instante.

La muchacha se bajó del animal mágico y dejó en el suelo sus armas y las provisiones que llevaba en una alforja de cuero: en Arcânia, la eshïa Marëlia le había entregado una magnífica espada y un potente arco con carcaj de madera, y también la pequeña alforja con pociones mágicas y algo de comida imperecedera.

Sacó una galleta y empezó a comerla con rapidez.

«¿Tienes hambre?», preguntó el lince.  

—Sí —respondió ella.

«Prepara un fuego, volveré enseguida».

—No tardes.

A la muchacha no le gustaba que el lince se ausentara durante mucho tiempo.

«No te preocupes, tardaré poco».

—Vale.

Recogió maleza seca y varios troncos pequeños, que los apiló en el suelo. No habían pasado ni cinco minutos cuando apareció Linx con un conejo en la boca y lo dejó junto a ella.

«Prepáralo, yo voy a cazar algo más grande para mí», dijo con autoridad.

Valesïa despellejó el conejo, lo limpió y lo ensartó en un palo, pero cuando regresó Linx, todavía lo tenía intacto.

«¿No tenías hambre?», preguntó el felino, extrañado.

—Sí, pero no tengo pedernal para encender el fuego —dijo, encogiéndose de hombros.

Linx pareció sonreír, como ocurrió con Tag cuando se había convertido en el gato Siam.

—¿Te divierte? —preguntó, ofendida.

«¿Para qué tienes el amuleto, sino para ayudarte?».

—Ah —exclamó—, ¿cómo no había caído antes? 

Después extrajo el amuleto y lo apretó con fuerza. Cerró los ojos y pensó en fuego. 

Al abrirlos, los troncos ya estaban ardiendo.

—Se me había olvidado —dijo.

«Con él te quitarás muchos problemas».  

—Lo tendré presente.

El conejo no era muy grande y tenía poca carne, pero se dio una buena comilona y acabó con más de la mitad. La carne era tierna y la comió con ganas.

—No me queda agua en la vasija —dijo.

«Sígueme. Cerca de aquí hay un arroyo».

Recogió todo. Se desviaron un poco del camino y llegaron a un riachuelo ancho, pero no muy profundo, que nacía más al norte. Llenó la vasija y bebió hasta saciarse. 

Luego volvió a rellenarla.

—Qué hermoso —dijo Valesïa, contemplando el arroyo.

«Si quieres, podemos pararnos por hoy. Llevamos un buen ritmo y te noto cansada».
—¡De acuerdo! —La muchacha se sintió feliz.

En los últimos días había adelgazado demasiado, y aunque había descansado en la Ciudad Secreta, se notaba cansada. Era extraño.

«Así podrás descansar y mañana rendiremos más», dijo el lince.

Valesïa asintió.

Se acomodó en el suelo y durmió más de dos horas seguidas. Cuando despertó, aún era de día.

—Voy a darme un baño —le dijo al lince—. ¿Te apetece?

Linx se aproximó al arroyo, metió las patas en el agua y olisqueó.

«El agua está muy fría, casi helada. ¿Seguro que quieres bañarte?».

—Sí, necesito un baño —insistió Valesïa.

La muchacha cogió su amuleto y mediante la magia cambió sus ropas oscuras, flexibles y acorazadas por un vestido ligero y blanco. Después se acercó más al arroyo, a menos de un metro, y con un suave movimiento se quitó el vestido y se quedó completamente desnuda.

El lince la escrutó con la mirada.

«Te has quedado muy delgada», apuntó. 

La muchacha se encogió de hombros.

—Uf, sí que está fría —dijo, notando cómo se le erizaba la piel.

«Ya te lo he advertido».

Pero se metió más adentro, giró hacia Linx y con una mano le lanzó agua y lo mojó.
—No me digas que te da miedo el agua —insinuó con una sonrisa maliciosa.

El lince mostró los colmillos y corrió hacia ella. Saltó muy próximo y ambos se sumergieron por completo en las aguas. Al salir a la superficie, la muchacha dio una gran bocanada de aire sin parar de sonreír.

«A mí no me da miedo nada», dijo el felino.

Durante más de una hora nadaron y bucearon, y no pararon de «jugar», como niños.

—Hay muchos peces debajo —reconoció Valesïa.

«¿Quieres alguno para la cena?».

Ella soltó una carcajada y volvió a tirarle agua.

—Necesitaré muchos para llenar el estómago, son muy pequeños.

«¿Crees que no podría atraparlos?».

—Ya no me sorprende nada de ti —dijo, sonriendo.

Luego salió del agua con el lince a su lado y se tumbó boca arriba sobre la hierba para que se secara con el sol. Karia pastaba a pocos metros. Cerró los ojos mientras acariciaba a Linx en las orejas y notó que otra vez se adentraba en un profundo sueño. No lo evitó, y esta vez ya estaba oscureciendo cuando despertó.

—¿Por qué no me has llamado? —preguntó. 

El lince se encontraba a su lado, tumbado sobre la hierba.

«Porque necesitabas dormir, para eso nos hemos parado», dijo el felino sin ni siquiera levantar la cabeza.

Valesïa se acercó al arroyo y con ambas manos se llevó un poco de agua a la boca.

—¡Oh! —exclamó de repente.

El lince se incorporó rápidamente y Karia relinchó, nerviosa.

«¿Qué pasa?».

Valesïa estaba estupefacta y miraba el reflejo de su cuerpo en las aguas tranquilas del arroyo.

—¡Mira! —dijo, volviéndose hacia el lince.

Linx la miró con curiosidad.

«Ya ha empezado», afirmó, sin apartar la vista de la muchacha.

Durante un buen rato, Valesïa no pudo dejar de mirar sus grandísimas orejas puntiagudas y sus seductores ojos de gata.




—¿Por eso estoy más delgada? —preguntó la muchacha al día siguiente, cuando se disponían a continuar su viaje.

Ahora comprendía muchas cosas que le habían dicho en el Aerïlon, el Consejo de Sabios del Bosque de Auriesïs, y había ignorado. Todavía no podía creer que su cuerpo se estuviera «transformando» en auri.

«En efecto. Tu organismo está cambiando, y consumes mucha energía», respondió el lince. «Por eso te encuentras más agotada que de costumbre».

—Pero tardaremos más porque no podré seguir tu ritmo.

«Perderemos unos días, pero no te preocupes».

—¿Cuánto queda para salir del bosque?

«No mucho».

—Continuemos —dijo, subiéndose en el unicornio.

«Cuando te agotes, me lo dices».

—Sí.

No pasó mucho tiempo cuando tuvieron que hacer otra parada.




Valesïa
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2013-2014

 

Mi lista de blogs