sábado, 28 de febrero de 2015

Letras Inquietas (NOTA DE PRENSA): PUBLICACIÓN DEL LIBRO SENDEROS OSCUROS "VERSOS"



Nota de prensa publicada el día 27 de febrero de 2015 en la página web literaria Letras Inquietas (http://letrasinquietas.es).

Para acceder haz clic en la imagen:


jueves, 26 de febrero de 2015

Carolina Coronado: ¡OH, CUÁL TE ADORO!



¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día
tu nombre invoco apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aun te llama exaltada el alma mía.

Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se concentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.

No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando tu amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;

Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.



Carolina Coronado

martes, 24 de febrero de 2015

Valesïa: LA NOVELA VALESÏA DISPONIBLE EN 7HÉROES DE MURCIA



La novela Valesïa (saga Los Señores del Edén) está disponible en la tienda 7Héroes de Murcia: http://www.7heroes.es. 











Sobre el autor:
Miguel Costa nació en Murcia en 1975. Es amante de la Historia y desde muy joven aficionado a la lectura, sobre todo a la literatura fantástica, de terror y policíaca. Es seguidor empedernido de escritores como Stephen King, R. A. Salvatore, J.R.R. Tolkien o Edgar Allan Poe, entre otros.
Valesïa, perteneciente a la saga Los Señores del Edén, es su primera novela.

Sinopsis de la novela:
Cuando los monstruos y brujos del sur invaden el Reino de Castrum del planeta Tierra Leyenda, los hombres y los animales mágicos deben emigrar hacia el frío norte.
Mientras los magos y gobernadores humanos idean una guerra difícil de ganar, Valesïa, la jovencísima hija de un importante caudillo del reino, comienza una aventura épica en compañía de su protector el lince Linx. Ella es la Elegida por los mismísimos dioses del Edén para recuperar la única arma que puede acabar con la vida material del inmortal Rey Oscuro Ariûm, la espada Herénia, y enviarlo al infame Averno.
Una vez que recupere la espada, que está oculta en el extraño Bosque Silencioso, tiene que entregársela al Rey Auri del Bosque Eterno, más allá del reino humano y del reino subterráneo de los pequeños securis.
Si no consigue su propósito, el Rey Oscuro extenderá sus ejércitos de monstruos tarkos y brujos dîrus por otros reinos de su mundo, y el mal gobernará Tierra Leyenda.
La novela Valesïa está inspirada en la canción Tierras de Leyenda de la banda española de música rock Tierra Santa.

Información de la novela:

Miguel Costa

viernes, 20 de febrero de 2015

Senderos Oscuros "Versos": ¡LIBRO A LA VENTA EN FORMATO DIGITAL EN GOOGLE PLAY!



Desde el día 06 de febrero de 2015, está a la venta en GOOGLE PLAY STORE y GOOGLE PLAY BOOKS el libro de versos libres SENDEROS OSCUROS (Apéndice de la novela de fantasía épica Valesïa, saga Los Señores del Edén). Formato digital.



martes, 17 de febrero de 2015

Senderos Oscuros "Versos": ¡LIBRO A LA VENTA EN FORMATO DIGITAL EN AMAZON!




Desde el 05 de febrero de 2015, está a la venta en la plataforma de comercio electrónico AMAZON el libro de versos libres SENDEROS OSCUROS (Apéndice de la novela de fantasía épica Valesïa, saga Los Señores del Edén). Formato eBook (versión Kindle).



domingo, 15 de febrero de 2015

Senderos Oscuros: 12-22 VERSOS



12

En el bosque, la luz de la luna resplandecía,
los tenues rayos plateados eran hermosos; 
excesivamente fantásticos y asombrosos,
y un halo brujo en el firmamento relucía.



13

Un asombroso mundo se oculta en la floresta, 
las torres se alzan impetuosas como gigantes; 
la ciudad del bosque destella luces brillantes,
los árboles negros no cesan en su protesta. 



14

De pronto surgió una ventisca. El aire frío 
del norte peinó el campamento, y agitó 
las tiendas de campaña; el viento sacudió
las tierras, y el claro día se tornó sombrío.



15

La muerte envuelve el campo de batalla, 
la angustia y el terror atormentan a cientos 
de miles que caen, a todos los regimientos,
más allá del muro frío y de la alta muralla.  



16

En sueños caminó por el verdoso sendero 
y las aguas de un arroyo caían en cascada;
brotó una lúcida luz, clara y despejada, 
de la oscuridad, del mundo imperecedero.



17

La imagen del demonio volvió a su mente 
y acarició la empuñadura de su espada;
murió el ocaso y nació de nuevo la alborada, 
y con el día llegó la muerte aviesamente. 



18

Límpido arroyo y veloz, de agua helada, 
raudo como el halcón que surca el cielo,
como las blancas cimas, puro hielo, 
y místico también de madrugada. 



19 

Si te miro a los ojos, no haces daño, 
dragón del cielo, del reino mágico,
de los montes nebulosos ser fantástico, 
pero si te sigo mirando, tu rostro extraño. 



20

Por todos los flancos los lobos corren veloces, 
de desiertos y tierras áridas han llegado, 
muerte y desolación, el éxodo iniciado,
vienen del sur aciago los ataques feroces.




21

Se enmarañan los miedos de un sueño lírico 
que afligen mi alma en la noche umbrosa
y se apoderan de mi mente nemorosa
extrañas alucinaciones del mundo onírico.



22

Traspasaron en el norte los puentes 
dejando el sur y el tangible terror, 
la muerte espantosa, el horror 
a los violentos y feroces entes. 





Senderos Oscuros "Versos"
Copyright©.COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2014

viernes, 13 de febrero de 2015

Carolina Coronado: NADA RESTA DE TI



Nada resta de ti... te hundió el abismo...
te tragaron los monstruos de los mares.
No quedan en los fúnebres lugares
ni los huesos siquiera de ti mismo.
Fácil de comprender, amante Alberto,
es que perdieras en el mar la vida,
mas no comprende el alma dolorida
cómo yo vivo cuando tú ya has muerto.
¡Darnos la vida a mí y a ti la muerte;
darnos a ti la paz y a mí la guerra,
dejarte a ti en el mar y a mí en la tierra
es la maldad más grande de la suerte!



Carolina Coronado

miércoles, 11 de febrero de 2015

Senderos Oscuros: 01-11 VERSOS





PRÓLOGO



Arcaico reino iluminado por las estrellas
del eterno y asombroso firmamento;
hermoso reino de luz fantástica, viento
melodioso y bosques que visten las tierras.





PRIMERA PARTE

(INVASIÓN)


1

Los señores no sabían del fatal destino 
y la muerte, el caos descubría en el cielo,
y lo cubría de horror con su sombrío velo,
mientras cerraba el paso a cualquier camino.



2

Caminó despacio a que llegara la luz verde 
al bosque frondoso, a la madreselva umbría,
a la enmarañada zona húmeda y sombría,
señal siempre de que la maleza no se pierde.



3

Luz irreal que alumbra la noche más hermosa, 
pero siempre oscura, mágica y cercana; 
que ilumina veloz la sigilosa mañana, 
iluminada siempre, pero también umbrosa.  



4

Las hordas estaban bien preparadas para salir y derrotar Bastión, 
para extenderse y arrasar como una monstruosa e infalible plaga;
al fin, la larga espera del monarca había terminado. Su temible 
ejército asolaría sin piedad alguna el reino de la destrucción.



5

Infernales sombras del sur traspasan 
y ensombrecen las aciagas tierras 
del reino de los hombres; y preguerras 
de muerte, ríos y mares arrasan. 



6

La joya brillaba intensa como los primeros rayos del sol naciente, 
como un dios inefable de los mundos etéreos del cosmos, poderosa; 
brillaba como un nuevo mundo del cielo, como una luz grandiosa 
y sin sombra, y solo de los audaces señores inmortales, pendiente. 



7

Surgen sombras de horror, muerte y tiniebla, 
de los sueños profundos, del infierno, 
los tétricos señores del Averno, 
y avanzan con las hordas de la niebla. 



8

Caminaron por pasadizos sombríos, 
cogió el amuleto y cerró los ojos;
surgieron resplandecientes rayos rojos,
su cuerpo traspasó los barrotes fríos.



9

Las montañas se alzaban hacia el cielo, 
majestuosas al sol de mediodía; 
soplaba un vivo viento y encendía  
las cumbres con rayos de sol e hielo.  



10

En la vida nunca dejaré de verte, 
ni nos separarán en el otro mundo;
allende la existencia, el duro inframundo,
el Edén eterno, el reino de la muerte. 



11

Mis sueños de pesadilla ya han terminado,
se han desvanecido como la bruma del río
al amanecer; contemplo tu mirada, el brío 
de tu alma; finalmente el mal se ha disipado. 






Senderos Oscuros "Versos" 
Copyright©.COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2014

lunes, 9 de febrero de 2015

Miguel Hernández: TODO ERA AZUL



Todo era azul delante de aquellos ojos y era
verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos.
Porque el color hallaba su encarnación primera
dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos.

Ojos nacientes: luces en una doble esfera.
Todo radiaba en torno como un solar de espejos.
Vivificar las cosas para la primavera
poder fue de unos ojos que nunca han sido viejos.

Se los devoran. ¿Sabes? No soy feliz. No hay goce
como sentir aquella mirada inundadora.
Cuando se me alejaba, me despedí del día.

La claridad brotaba de su directo roce,
pero los devoraron. Y están brotando ahora
penumbras como el pardo rubor de la agonía.


Miguel Hernández

sábado, 7 de febrero de 2015

Senderos Oscuros "Versos": LIBRO DISPONIBLE EN PAPEL (CREATE SPACE)



El día 01 de febrero de 2015 se publicó, en formato papel, en la plataforma de Internet Create Space, el libro de versos libres Senderos Oscuros (Apéndice de la novela de fantasía épica Valesïa), perteneciente a la saga Los Señores del Edén.





Sobre el autor:
M.A. Costa nació en Murcia (España) en 1975. Es amante de la Historia y desde muy joven aficionado a la lectura, sobre todo a la literatura fantástica, de terror y policíaca. Es seguidor empedernido de escritores como Stephen King, R. A. Salvatore, J.R.R. Tolkien o Edgar Allan Poe, entre otros.
Es autor de la novela de fantasía épica Valesïa, perteneciente a la saga Los Señores del Edén, su primera obra publicada; y Senderos Oscuros, un libro de versos considerado un Apéndice de Valesïa.

Sinopsis del libro:
Senderos Oscuros es un libro de versos libres principalmente. Los once primeros versos ya han sido transcritos en la novela de fantasía épica Valesïa. No obstante, todos ellos están inspirados en los personajes y hechos de esa obra, y precedidos por un fragmento de la misma.
Asimismo, el libro puede considerarse un propio Apéndice de Valesïa, por tanto pertenece a la saga Los Señores del Edén; saga inspirada en la canción Tierras de Leyenda de la banda española de música rock Tierra Santa.


Información del libro:

Miguel Costa

jueves, 5 de febrero de 2015

Senderos Oscuros "Versos": LIBRO DISPONIBLE EN PAPEL (AMAZON)



El día 01 de febrero de 2015 se publicó, en formato papel, en la plataforma de Internet Amazon, el libro de versos libres Senderos Oscuros (Apéndice de la novela de fantasía épica Valesïa), perteneciente a la saga Los Señores del Edén.





Sobre el autor:
M.A. Costa nació en Murcia (España) en 1975. Es amante de la Historia y desde muy joven aficionado a la lectura, sobre todo a la literatura fantástica, de terror y policíaca. Es seguidor empedernido de escritores como Stephen King, R. A. Salvatore, J.R.R. Tolkien o Edgar Allan Poe, entre otros.
Es autor de la novela de fantasía épica Valesïa, perteneciente a la saga Los Señores del Edén, su primera obra publicada; y Senderos Oscuros, un libro de versos considerado un Apéndice de Valesïa.

Sinopsis del libro:
Senderos Oscuros es un libro de versos libres principalmente. Los once primeros versos ya han sido transcritos en la novela de fantasía épica Valesïa. No obstante, todos ellos están inspirados en los personajes y hechos de esa obra, y precedidos por un fragmento de la misma.
Asimismo, el libro puede considerarse un propio Apéndice de Valesïa, por tanto pertenece a la saga Los Señores del Edén; saga inspirada en la canción Tierras de Leyenda de la banda española de música rock Tierra Santa.


Información del libro:
Miguel Costa

martes, 3 de febrero de 2015

Gustavo Adolfo Bécquer: EL RAYO DE LUNA




Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación.

Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda que, a los que nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.

Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.

Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.

-¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? -preguntaba algunas veces su madre.

-No sabemos -respondían sus servidores:- acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el mundo.

En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.

Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.

Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.

Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando traducirlo.

En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender.

¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.

Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba:

-Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?...

Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza.

Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río.

En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.

En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.

Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente.

Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.

La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.

En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines.

-¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!..., ¡a estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco -exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.

Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.

-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en su busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie!

-¡Ah!, por aquí, por aquí va -exclamó entonces-. Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los arbustos; -y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía. -Pero siguen sonando sus pisadas -murmuró otra vez;- creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El viento que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay duda, va por ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua extranjera... Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil!

Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.

Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas sobre que se eleva la ermita de San Saturio.

-Tal vez, desde esta altura podré orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto -exclamó trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.

Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo encarcelan.

Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia.

La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la orilla opuesta.

En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.

Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas.

Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a vagar por sus calles a la ventura.

Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.

Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.

Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.

-No cabe duda; aquí vive mi desconocida -murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos de la ventana gótica;- aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio... por el postigo de San Saturio se viene a este barrio... en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún hay gente en vela... ¿En vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas?... No hay más; ésta es su casa.

En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista un momento.

Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano, restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo.

Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de un instante.

-¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal -ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:

-En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.

-Pero ¿y su hija? -interrumpió el joven impaciente;- ¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o lo que sea?

-No tiene ninguna mujer consigo.

-¡No tiene ninguna!... Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche he visto arder una luz?

-¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que amanece.

Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le causaron estas palabras.

-Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla... ¿En qué?... Eso es lo que no podré decir... pero he de conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aún sin saberlo la encontraré... la encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el del traje de mi desconocida; pero no importa... yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.

¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay duda; azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que floten... Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros... no me engaño, no; eran negros.

¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, a una mujer alta... porque... ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles de granito! ¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una música.

Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma?

Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto... ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?

Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus jardines.

La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.

Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas... Estaba desierto.

Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.

Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.

Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.

Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no más que un instante.

Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía sus ramas.

Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.

-Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía aquélla;- ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?

-¡El amor!... El amor es un rayo de luna -murmuraba el joven.

-¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le decía uno de sus escuderos;- os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.

-¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.

-¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?

-¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial-; no quiero nada... es decir, sí quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.


Gustavo Adolfo Bécquer

 

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