martes, 11 de noviembre de 2014

José de Espronceda: ¡GUERRA!



¿Oís?, es el cañón. Mi pecho hirviendo
el cántico de guerra entonará,
y al eco ronco del cañón venciendo,
la lira del poeta sonará.

El pueblo ved que la orgullosa frente
levanta ya del polvo en que yacía,
arrogante en valor, omnipotente,
terror de la insolente tiranía.
Rumor de voces siento,
y al aire miro deslumbrar espadas,
y desplegar banderas;
y retumban al son las escarpadas
rocas del Pirineo;
y retiemblan los muros
de la opulenta Cádiz, y el deseo
crece en los pechos de vencer lidiando;
brilla en los rostros el marcial contento,
y dondequiera generoso acento
se alza de PATRIA y LIBERTAD tronando.

Al grito de la patria
volemos, compañeros,
blandamos los aceros
que intrépida nos da.
A par en nuestros brazos
ufanos la ensalcemos
y al mundo proclamemos:
"España es libre ya".
¡Mirad, mirad en sangre,
y lágrimas teñidos
reír los forajidos,
gozar en su dolor!
¡Oh!, fin tan sólo ponga
su muerte a la contienda,
y cada golpe encienda
aún más nuestro rencor.
¡Oh siempre dulce patria
al alma generosa!
¡Oh siempre portentosa
magia de libertad!
Tus ínclitos pendones
que el español tremola,
un rayo tornasola
del iris de la paz.
En medio del estruendo
del bronce pavoroso,
tu grito prodigioso
se escucha resonar.
Tu grito que las almas
inunda de alegría,
tu nombre que a esa impía
caterva hace temblar.
¿Quién hay ¡oh compañeros!,
que al bélico redoble
no sienta el pecho noble
con júbilo latir?
Mirad centelleantes
cual nuncios ya de gloria,
reflejos de victoria
las armas despedir.

¡Al arma!, ¡al arma!, ¡mueran los carlistas!
Y al mar se lancen con bramido horrendo
de la infiel sangre caudalosos ríos,
y atónito contemple el océano
sus olas combatidas
con la traidora sangre enrojecidas.

Truene el cañón: el cántico de guerra,
pueblos ya libres, con placer alzad:
ved, ya desciende a la oprimida tierra,
los hierros a romper, la libertad.

José de Espronceda

domingo, 9 de noviembre de 2014

Edgar Allan Poe: BERENICE



           La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
           Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiar naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.
           Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.
           En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.
           Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad (una enfermedad fatal) cayó sobre ella mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.
           Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligida y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.
           Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.
           Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.
           Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.
           Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.
           En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.
           Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.
           ¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.
           La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!
           El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.
           Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.
           Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?
           En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?
           Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.
           Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, de marfil, que se desparramaron por el piso.


Edgar Allan Poe 

viernes, 7 de noviembre de 2014

Robert Browning: CHILDE ROLAND A LA TORRE OSCURA LLEGÓ




I
Mi primer pensamiento fue que mentía en cada palabra,
aquel tullido canoso de mirada ladina
que observaba con recelo el efecto de su mentira
en la mía, y su boca apenas ocultaba
el júbilo, que fruncía y perfilaba
su comisuras, por haberse hecho con una nueva víctima.

II
¿Para qué si no tendría listo su cayado?
¿Para qué, salvo para abordar con sus mentiras y atraer
a todo viajero que en esa pose lo pudiese ver
y le preguntase el camino? Pensé qué cadavérico carcajeo
estallaría, qué muleta escribiría mi epitafio
como pasatiempo en el polvoriento terraplén.

III
De haber seguido su consejo me habría apartado
hacia esa vía de mal augurio en la que, sabido es,
se oculta la Torre Oscura. Aún así, lo acepté,
y me dirigí hacia donde él señalaba: no por orgullo
mi certeza al final reavivados,
sino por el júbilo de que el final existiese.

IV
Pues, pese a mí vagabundeo por el mundo entero,
pese a mi búsqueda, prolongada durante años, mi fe
mermaba hasta ser un espectro no pertrechando para poder
arrastras el turbador júbilo que brindaría el éxito.
Apenas logré reprimí el brinco de desenfreno
que dio mí corazón, al hallar un fallo en su haber.

V
Como el hombre enfermo que se aproxima a la muerte
parece ya finado, y las sensaciones florecen y se marchitan
las lágrimas y acepta de sus amigos la despedida,
y oye que uno propone a otro marchar, para libremente
respirar en el exterior ("pues acabará todo en breve
-dijo-. Y no hay lamento que compense la desdicha").

VI
Mientras unos discuten si junto a las otras sepulturas
habrá espacio suficiente para esta, y qué momento
es el más propicio para trasladar al muerto,
poniendo cuidado en los estandartes, pañuelos y bordaduras:
el hombre aún lo oye todo, y solamente anhela en su cordura
no deshonrar tan considerado amor y seguir con ellos.
VII
Así pues, había sufrido largo tiempo por esta búsqueda,
había visto el fracaso tantas veces profetizado, mi ser
había sido tantas veces incluido "El Grupo", a saber:
los caballeros en pos de la Torre Oscura,
cuyos fallos pareces victorias como ninguna,
que la única cuestión era entonces: ¿me adecuo yo a él?

VIII
Así, en silenciosa desesperación, me aparté de su vera,
de aquel condenado tullido desviado de su camino,
hacia el sendero que él señalaba. Por fin a su destino
llegaba el día, monótono y de lúgubre espera,
y aún lanzó con gesto esquivo
su mirar rojo y lascivo para ver al llano atrapar al que yerra.

IX
¡Por la marca! Apenas me hube hallado
internado en el llan, tras un paso o dos,
al detenerme para captar una última visión
del camino seguro, este ya no estaba; por doquier gris plano:
nada salvo planicie hasta el confín del llano.
Debía seguir; nada más podía hacer yo.

X
Así que, continué. Creo que nunca antes vi
tan árida e innoble naturaleza; nada creía:
por flores, esperar una arboleda de cedros podía.
La gramínea, el tártago lograban, pues su ley lo manda, sí,
propagar su especie, sin nada que temer, y así
pensaría uno que carda como un tesoro escondido sería.

XI
¡No! Penuria, pereza y aspaviento,
de un curioso modo,, eran parte de la tierra. "Mira
o cierra tus ojos -dijo la Naturaleza con ira-,
nada enseña, mi caso no tiene remedio;
en el fuego del Juicio Final el que ha de sanar este medio,
calcinar sus suelos y liberar a mis prisioneros".

XII
Si un desgarrado tallo de cardo iba a resurgir
sobre sus compañeros, lo degollaban, pues los torcidos
sentían celos. ¿Qué hizo esas rasgaduras y orificios
en las ásperas horas de césped del embarcadero, aplastadas para impedir
toda esperanza de verdor? Existe una bestia que ha de vivir
destrozando sus vidas, con bestiales designios.

XIII
En cuando a la hierba, crecía exigua como la cabellera
en la lepra; delgadas hojas secas se erguían en el fango,
que por debajo parecía con sangre amasado.
Un yerto caballo ciego, a la vista toda su osamenta,
permanecía estupefacto; no sabe por qué allí se encuentra,
expulsando de su previo servicio en la caballeriza del diablo.

XIV
¿Vivo? Por lo que a mí concierne él podría estar muerto,
con aquella roja delgadez y el cuello hundido por el trabajo
y bajo la enmohecida crin los ojos cerrados;
raramente tal monstruosidad iba de la mano de tal desconsuelo;
debía de ser perversa para merecer tanto calvario.

XV
Cerré los ojos y los volví hacia mi corazón.
Como un hombre pide vino antes de la guerra,
pedí un sorbo de anteriores y más felices escenas
esperando así poder cumplir bien mi misión.
Piensa primero, pelea después, el arte del luchador;
un paladeo del tiempo pasado todo lo ordena.

XVI
¡Eso no! Imaginé el enrojecido rostro de Cuthbert
bajo el ornamento de su dorados rizos,
querido amigo, hasta que casi pude sentirlo
entrelazar su brazo con el mío para guiarme,
como él solía hacerlo. ¡Ay! ¡La desgracia de una noche!
Se apagó el fuego nuevo de mi corazón y lo dejó frío.

XVII
Luego a Giles, espíritu del honor; ahí se yergue él,
leal como hace diez años, recién armado caballero.
Lo que todo hombre honrado osó hacer (dijo él) no le dio miedo.
Bien -pero la escena cambia- ¡Ah! ¿Qué manos viles
clavarían un pergamino sobre su pecho? Sus propios pares
lo leyeron. Pobre traidor, escupieron y maldijeron.

XVIII
Es preferible este presente que un pasado así;
¡De regreso hacia mi sombrío sendero otra vez!
No hay sonidos, hasta donde alcanza la vista nada ves.
¿Enviará la noche una lechuza o un murciélago hasta mí?
Pregunté, cuando algo en la lóbrega llanura vino a interrumpir
mis pensamientos y cambió el curso de mi parecer.

XIX
Un inesperado arroyo se atravesó en mi camino,
tan repentino como la aparición de una sierpe.
Corriente tumultuosa con las tinieblas discordante;
esta, por su espuma, un baño bien podría haber sido
para la ardiente pezuña de un demonio, tras haber advertido
la violencia del negro remolino con escamas y espuma en la superficie.

XX
¡Tan nimio y aun así tan malévolo! Por doquier,
los bajos y esmirriados alisos ante él se arrodillaban,
los empapados sauces de cabeza se arrojaban
en un arranque de muda desesperación para suicidio cometer:
el río que les había provocado tal padecer,
fuera lo que fuese, sin dejarse disuadir, se alejaba.

XXI
Río que, mientras vadeaba -¡Cielo santo, cómo temí
poder pisar la mejilla de un hombre muerto
a cada paso, o sentir la lanza que clavaba en busca de agujeros
enredada en su cabello o su barba, sí!-
pudo haber sido una rata de agua lo que ensartar conseguí
pero, ¡aj! sonó como el chillido de un pequeño.

XXII
Me sentí contento al llegar a la otra orilla.
Ahora en pos de una tierra mejor. ¡Vano Presagio!
¿Quiénes eran los contendientes, qué guerra libraron,
cuyo salvaje pisoteo de esa forma el húmedo terreno hollaría
y lo convertiría en una charca? Sapos en ponzoñosa piscina,
o gatos salvajes en una jaula de hierro inflamado.

XXIII
Así debió haberse visto la batalla en aquel claro talado.
¿Qué los acorraló allí, con toda la planicie a su disposición?
No había huellas en dirección a esos hórridos maullidos,
nada salvo eso. Loco brebaje elaborado, ideado
para que los cerebros piensen, como los de los galeotes por el Turco
enfrentados para su diversión, cristianos contra judíos.

XXIV
¡Y más que eso -un estadio más adelante- pues, ahí!
¿Para qué diabólico uso serviría ese mecanismo, esa rueda,
o freno, no rueda; esa trilla lista para devanar
cuerpos de hombres como si fuesen seda? Con todo el matiz
de la herramienta del Tofet, dejada en la tierra sin advertir,
o traída para afilar sus oxidados dientes de metal.

XXV
Luego llegó un tramo lleno de tocones, otrora un bosque,
después una ciénaga, o eso semejaba, y luego solo tierra
desesperada y agotada (como un tonto se alegra,
hace una cosa y luego la estropea, y entonces
¡cambia de humor y parte!) durante dieciocho pies:
lodo, fango y grava, arena y lúgubre desolación negra.

XXVI
Ora inflamadas erupciones de colores vivos y espantosos,
ora espacios donde la aridez de su superficie
se tornaba moho o de forúnculos un mejunje;
y apareció un roble entumecido, con una hendidura en el tronco
como una boca angustiada que su corteza había roto
asfixiada por la muerte, que mientras se repliega perece.

XXVII
¡Y tan distante como siempre del final!
Nada en lontananza, salvo la noche, nada.
¡Hacia dónde guiar mis pasos! Mientras lo pensaba,
un imponente pájaro negro, Apolión, conocida amistad,
pasó volando, sin altear, de pluma de dragón sus alas amplias
que rozaron mi tocado; quizá fuese la guía que yo buscaba.

XXVIII
Pues, al alzar la vista, de algún modo me di cuenta,
pese al ocaso, de que la planicie había cedido su lugar
en derredor a las montañas; aunque llamarlos así es honrar
a los feos cerros y montículos que eclipsaban la escena.
Cómo de tal modo me habían sorprendido, acláralo, ¡venga!
Cómo salir de ellos era una cuestión por averiguar.

XXIX
Empero, una parte de mí descubrió cierto ardid
malévolo que me sobrevino, Dios sabe cuánto;
en alguna pesadilla tal vez. Aquí había terminado
segur por ese camino. Cuando me invadió el sentir
de darme por vencido una vez más, escuché un clic
¡como el de una trampa al cerrarse: te hallas en el antro!

XXX
Como en una llamarada comprendí todo de súbito,
¡este era el lugar! Esas dos colinas a la derecha,
agazapadas como dos toros con las astas trabadas en pelea;
y a la izquierda, una alta y pelada montaña... Más que tonto,
viejo senil, justo ahora adormecido
¡tras pasar una vida preparándote para verla!

XXXI
¿Qué se erguía en el centro sino la Torre misma?
La redondeada y chata torreta, ciega como el corazón del orate,
construida en piedra parda, inigualable
en el mundo entero. En burlón elfo de la tempestad
señala con el dedo al marinero, el ser invisible de esta manera
lo ataca, solamente cuando el navío zarpe.

XXXII
¿No ves? ¿Quizá por la noche? Pues el día
¡regresó para eso! Antes de marchar;
el moribundo ocaso en una fisura arderá;
las colinas yacen como gigantes en cacería
contemplan la caza acorralada, la mano sujeta la barbilla:
"¡Ahora apuñala, hasta el mango, con la criatura has de acabar!".

XXXIII
¿No escuchas? ¡Si había ruido por doquier! Tañía
con creciente fuerza, como una campana. En mis oídos,
los nombres de los aventureros desaparecidos, pares amigos,
que tal tenía fuerza, y cual valentía,
y el otro fortuna, pero en los pasados días
¡perdidos!, ¡perdidos! Un momento de tañido
por los años de desdicha.

XXXIV
Ahí se encontraban, alineados en las laderas, congregados
para verme por última vez, un marco viviente
¡para un cuadro más! En un lienzo ardiente,
los vi y los reconocí a todos. Y sin embargo,
impávido, llevé el cuerno a mis labios:
"Childe Roland a la Torre Oscura llegó", toqué.


"Childe Roland a la Torre Oscura llegó"
Robert  Browning

jueves, 6 de noviembre de 2014

Ramón del Valle-Inclán: LA TRAE UN CUERVO



¡Tengo rota la vida! En el combate
de tantos años ya mi aliento cede,
y al orgulloso pensamiento abate
la idea de la muerte, que la obsede.

Quisiera entrar en mí, vivir conmigo,
poder hacer la cruz sobre mi frente,
y sin saber de amigo ni enemigo,
apartado, vivir devotamente.

¿Dónde la verde quiebra de la altura
con rebaños y músicos pastores?
¿Dónde gozar de la visión tan pura

que hace hermanas las almas y las flores?
¿Dónde cavar en paz la sepultura
y hacer místico pan con mis dolores?

Ramón del Valle-Inclán

miércoles, 5 de noviembre de 2014

R. A. Salvatore: DRIZZT DO'URDEN





Drizzt Do'Urden es un personaje de ficción perteneciente al universo de Dungeons & Dragons y Reinos Olvidados. Es un guerrero de alineamiento caótico bueno que ha renegado de la maldad propia de su raza y de su hogar (la Antípoda Oscura). Es uno de los pocos drows que se sabe que vive en la superficie. Otros elfos oscuros, aparte de Drizzt, residen en una pequeña comunidad drow en Cormanthor (la que fue una vez el hogar de la corte élfica).

Para seguir leyendo haz clic aquí.


Fuente: Wikipedia
Web oficial: R.A. Salvatore

domingo, 2 de noviembre de 2014

Gustavo Adolfo Bécquer: AMOR ETERNO



Podrá nublarse el sol eternamente;
Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡Todo sucederá!
Podrá la muerte
cubrirme con su fúnebre crespón;
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor.


Gustavo Adolfo Becquer








sábado, 1 de noviembre de 2014

H.P. Lovecraft: VIENTOS ESTELARES



Es la hora de la penumbra crepuscular.
En otoño, casi siempre, cuando el viento estelar se precipita por las calles altas de la colina, que, aunque desiertas, revelan luces tempranas en cómodas habitaciones.
Las hojas secas bailan con extraños giros fantásticos, y el humo de las chimeneas se arremolina con gracia etérea siguiendo las geometrías del espacio exterior,
Mientras Fomalhaut se asoma por las nieblas del Sur.

Ésta es la hora en que los poetas lunáticos saben qué hongos brotan en Yugoth, y qué perfumes
Y matices florales, desconocidos en nuestros pobres jardines terrenales, llenan los continentes de Nithon.
¡Pero por cada sueño que nos traen estos vientos nos arrebatan una docena de los nuestros!

Howard Phillips Lovecrf

 

Mi lista de blogs