sábado, 5 de marzo de 2016

H. P. Lovecraft: DE LA OSCURIDAD



De Herbert West, que fue amigo mío desde el tiempo de la universidad, sólo puedo hablar con un terror extremo. Este terror no se debe solamente al modo siniestro en que hace poco desapareció, sino que se fue generando en la naturaleza del trabajo que realizó durante su vida y que por vez primera alcanzó gravedad hace más de diecisiete años cuando nos encontrábamos en el tercer año de nuestra carrera, en la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic de Arkham. Mientras estuvo conmigo, me mantuvo completamente fascinado con sus maravillosos y perversos experimentos, y así me hice su compañero más cercano. Mi miedo es incluso mayor ahora que ha desaparecido y el hechizo se ha quebrado. Siempre los recuerdos y las contingencias son más terribles que la realidad.

El primer acontecimiento terrible que ocurrió durante nuestra amistad me causó la impresión más profunda que me hubiera llevado hasta ese momento, y aún hoy me cuesta contarlo. Sucedió, como decía, mientras estábamos en la Facultad de Medicina, donde West ya se había hecho fama con sus alocadas teorías acerca de la muerte y su naturaleza y las posibilidades de vencerla de modo artificial. Sus conjeturas, que eran ridiculizadas por los profesores y alumnos, giraban en torno a la naturaleza esencialmente mecánica de la vida, y se remitían a la forma de hacer funcionar la maquinaria orgánica del ser humano, luego de que hubieran fallado los procesos naturales, por medio de una reacción química producida. Con el objeto de experimentar variadas soluciones reanimadoras, había sometido a tratamiento y sacrificado a numerosos conejos, cobayos, gatos, perros y monos, hasta llegar a convertirse en la persona más resistida de la Facultad. En varias oportunidades había llegado a obtener signos vitales en los animales que supuestamente se hallaban muertos, violentos signos de vida; pero prontamente tuvo conciencia de que la optimización de su proceso, de ser verdaderamente viable, necesariamente implicaría una vida entera dedicada a la investigación. Del mismo modo, ya que hay una solución no actuaba de la misma manera en especies orgánicas diferentes, vio claramente que debía disponer de seres humanos si deseaba lograr nuevos y más especializados progresos. Y fue entonces cuando chocó con las autoridades de la Universidad, y el propio decano de la Facultad de Medicina, el sabio y benévolo doctor Allan Halsey, cuya obra en favor de los enfermos es aún recordada por todos los antiguos vecinos de Arkham, fue el que le retiró el permiso para realizar experimentos.

Yo siempre había sido excepcionalmente tolerante con los trabajos de West, y frecuentemente hablábamos de sus teorías, cuyas derivaciones y apéndices resultaban infinitos. Al igual que Haeckel sostenía que la vida es un proceso químico y físico y que la supuesta <<alma>> es sólo un mito, y creía que la reanimación artificial de los muertos podía quedar supeditada solamente al estado de los tejidos; y que, si no se hubiera iniciado una descomposición real, cualquier cadáver dotado de todos los órganos se hallaba apto para recibir, a través de un tratamiento adecuado, esa cualidad singular que se conoce con el nombre 'vida'. West comprendía perfectamente que el más leve deterioro de las células cerebrales producido por un período letal aún fugaz podía llegar a afectar la vida intelectual y psíquica.

En un inicio, tenía las esperanzas de poder hallar una reacción capaz de restituir la vida antes de la verdadera acción de la muerte, y sólo los fracasos repetidos en animales le revelaron la incompatibilidad de los movimientos vitales naturales y los artificiales. Fue así como se procuró de ejemplares extremadamente frescos y les aplicó sus soluciones en la sangre inmediatamente luego de que la vida se hubiera extinguido. Tales circunstancias volvieron totalmente escéptico al profesorado, ya que pensaron que en ninguno de los casos la muerte se había producido efectivamente. No se detuvieron a sopesar la cuestión en forma razonable y pausada.

Al poco tiempo, luego de que el profesorado le hubiese prohibido seguir con sus trabajos, West me confesó su decisión de conseguir de la forma que fuera ejemplares frescos y así reanudar secretamente los experimentos que no podía realizar con consentimiento. Resultaba horrible escucharlo hablar acerca del medio y el modo de conseguirlos; nunca en la Facultad nos habíamos tenido que preocupar por conseguir ejemplares para las prácticas de anatomía. En cada ocasión en que el depósito disminuía, dos negros de la zona eran los encargados de enmendar este déficit sin que nunca se les preguntase. Por ese tiempo West era un joven delgado y con gafas, de rasgos delicados, cabello rubio, ojos azul claro y voz suave; y resultaba extraño oírle explicar como la fosa común era relativamente más atractiva que el cementerio de la iglesia de Cristo, ya que casi todos los cuerpos de éste último se hallaban embalsamados; lo que, evidentemente, hacían imposibles las investigaciones de West.

En aquel tiempo yo era su esmerado y dependiente ayudante, y lo auxilié en todas sus decisiones, no sólo en las que tenían que ver con la fuente de abastecimiento de cadáveres, sino también en las que se referían al ámbito adecuado para nuestra desagradable labor. Fue a mí a quien se le ocurrió la granja abandonada de Chapman, al otro lado de Meadow Hill; allí habilitamos una estancia de la planta baja como sala de operaciones y otra como laboratorio, colocando en ambas dos gruesas cortinas con el objeto de ocultar nuestras actividades nocturnas. El lugar se hallaba lejos de la carretera y no había casas en las cercanías; de cualquier forma, había que ser extremadamente precavidos, ya que el más leve rumor acerca de luces extrañas que cualquier caminante nocturno hiciera correr podía resultar catastrófico para nuestra empresa. Si por alguna razón llegaban a descubrirnos acordamos en decir que se trataba de un laboratorio de química. De a poco fuimos dotando nuestra siniestra guarida científica con elementos comprados en Boston o sacados a hurtadillas de la Facultad —elementos camuflados con sumo cuidado, con el fin de hacerlos irreconocibles, salvo para los ojos expertos—, y nos abastecimos de picos y palas para los numerosos enterramientos que tendríamos que realizar en el sótano. En la Facultad había un incinerador, pero un artefacto como ese resultaba demasiado costoso para un laboratorio clandestino como el nuestro. Los cuerpos siempre eran una contrariedad... inclusive los pequeños cadáveres de cobayos de los experimentos secretos que West efectuaba en el cuarto de la pensión donde vivía.

Leíamos las noticias necrológicas locales como vampiros, ya que los ejemplares que necesitábamos requerían condiciones especiales. Lo que buscábamos eran cadáveres enterrados al poco tiempo de morir y sin ningún tipo de preservación artificial; preferiblemente, sin malformaciones morbosas, y por supuesto, con los órganos intactos. Nuestras mayores expectativas radicaban en las víctimas de accidentes. A lo largo de varias semanas no hubo noticias de ningún caso apropiado, aunque hablábamos con las autoridades del depósito y del hospital, pretendiendo representar los intereses de la Facultad, pero no con demasiada frecuencia, para no levantar sospechas así. Averiguamos que la Facultad tenía preferencia en todos los casos, de modo que tal vez deberíamos quedarnos en Arkham durante las vacaciones, cuando sólo se daban las limitadas clases de los cursos de verano. Pero al final la suerte nos sonrió; pues un día nos enteramos que iban a enterrar en la fosa común un caso que era casi ideal: un joven y robusto obrero que el día anterior se había ahogado en Summer's Pond, al que habían sepultado sin demoras ni embalsamientos, por cuenta de la ciudad. Esa tarde hallamos la nueva sepultura y decidimos comenzar el trabajo pasada la medianoche.

Fue una tarea repulsiva la que llevamos en la oscuridad de las primeras horas de la madrugada, aún cuando por ese tiempo los cementerios no nos provocaban ese horror particular que las posteriores experiencias despertaron. Acarreábamos palas y lámparas de petróleo porque, si bien en ese entonces ya había linternas eléctricas, no eran tan avanzadas como esos artefactos de tungsteno de hoy en día. La labor de exhumación fue lenta y sórdida, podría haber llegado a ser horriblemente poética si hubiéramos sido artistas en vez de científicos; y cuando nuestras palas se encontraron con la madera sentimos alivio. Cuando la caja de pino quedó al descubierto por completo, West bajó, quitó la tapa, extrajo el contenido y lo dejó apoyado. Me agaché, lo tomé, y entre los dos lo sacamos de la fosa; luego trabajamos denodadamente para dejar el sitio como lo habíamos encontrado. La tarea nos había puesto un poco nerviosos; sobre todo, el cuerpo rígido y el inexpresivo rostro de nuestro primer trofeo; pero nos arreglamos para hacer desaparecer cualquier huella dejada en nuestra visita. Una vez que quedó lisa la última palada de tierra, metimos el ejemplar en un saco de lienzo e iniciamos la vuelta a la granja del viejo Chapman, al otro lado de Meadow Hill.

Bajo la luz de una potente lámpara de acetileno, en una improvisada mesa de disección instalada en la vieja granja, el ejemplar no tenía un aspecto muy espectral. Había sido un joven fornido y de poca imaginación, al parecer un tipo sano y de clase baja —de constitución ancha, de ojos grises y pelo castaño—; un animal sano, sin una psicología intrincada, y lo más probable, con unos procesos vitales extremadamente sencillos y saludables. Ahora bien, parecía estar dormido más que muerto, así con los ojos cerrados; no obstante, la comprobación experta de mi amigo borró de inmediato cualquier duda al respecto. Por fin habíamos conseguido lo que West siempre había deseado: un muerto realmente ideal, apto para la solución que habíamos preparado con teorías y cálculos meticulosos, con el fin de aplicarlo en un organismo humano. Estábamos enormemente tensos. Eramos conscientes de que las probabilidades de obtener un éxito completo eran mínimas, y no lográbamos reprimir un horrible temor a los grotescos efectos de una posible animación parcial. Teníamos particulares reparos en lo que se refería a la mente y a los impulsos de la criatura, ya que podría haber tenido algún deterioro en las delicadas células cerebrales luego de la muerte. En lo que a mí respecta, todavía conservaba una curiosa noción clásica del "alma" humana, y sentía algún miedo ante los enigmas que podría revelar alguien que volvía del reino de los muertos. Me preguntaba acerca de las visiones que podría haber presenciado este apacible joven en las inaccesibles regiones, y qué podría relatar si regresaba por completo a la vida. Pero aún así mis expectativas no eran excesivas, ya que compartía casi en gran parte el materialismo de mi amigo. Él se mostró más inalterable que yo al inyectar una buena dosis del fluido en una vena del brazo del cadáver, y vendar el pinchazo de inmediato.

La espera fue espantosa, pero West no perdió en ningún momento el aplomo. De vez en cuando aplicaba el estetoscopio sobre el ejemplar, y sobrellevaba con filosofía la ausencia de resultados. Luego de que pasaran tres cuartos de hora, viendo que no había ningún signo de vida, decepcionado declaró que la solución no era la adecuada; no obstante decidió sacar el mayor provecho de esta oportunidad, y así experimentar con una fórmula modificada, antes de deshacerse de su macabra presa. Por la tarde habíamos cavado una fosa en el sótano, y deberíamos llenarla al amanecer; pues aunque habíamos colocado cerradura a la casa, no queríamos correr el menor riesgo para que no se produjera ningún descubrimiento desagradable. Además el cuerpo ya no se hallaría ni medianamente fresco a la noche siguiente. De manera que llevamos la solitaria lámpara de acetileno al laboratorio contiguo —dejando a nuestro silencioso huésped sobre la losa en la oscuridad— y pusimos manos a la obra en la preparación de una solución nueva, después de que West comprobara el peso y las mediciones con sumo cuidado.

El horroroso acontecimiento sucedió repentinamente y de forma totalmente inesperada. Yo me encontraba pasando algo de un tubo de ensayo a otro, y West estaba ocupado con la lámpara de alcohol —que hacía las veces de mechero Bunsen ya que en la granja no había instalación de gas—, en el momento en el que de la habitación que habíamos dejado en las sombras surgió la más espantosa y demoníaca sucesión de gritos que ninguno de los dos jamás hubiera oído. No habría resultado más horrendo el caos de alaridos si el abismo se hubiese abierto para desatar la angustia de los condenados, ya que en aquella pasmosa cacofonía se concentraba todo el terror y la desesperación de la naturaleza animada. No podían ser humanos, ningún hombre es capaz de proferir semejantes gritos; y sin reparar en la tarea que estábamos realizando, ni en la posibilidad de ser descubiertos, saltamos los dos como animales asustados por la ventana más cercana, tirando al suelo tubos, lámparas y matraces, y huyendo como locos a la estrellada negrura de la noche rural. Creo que gritábamos mientras corríamos como frenéticos con rumbo a la ciudad; pero cuando llegamos a las afueras nos contuvimos en nuestra actitud... lo suficiente como para parecer dos juerguistas trasnochados que regresaban a su hogar luego de una fiestecilla.

No nos separamos, sino que nos refugiamos en el cuarto de West, y allí hablábamos, con la luz de gas encendida, hasta el amanecer. Ya a esa hora nos habíamos calmado un poco conjeturando posibles teorías y sugiriendo ideas prácticas para nuestra investigación, de modo que pudimos dormir todo el día en vez de ir a clases.Pero en la tarde aparecieron en el periódico dos artículos sin ninguna relación entre sí, que nos quitaron el sueño. La antigua granja deshabitada de Chapman se había incendiado inexplicablemente, quedando reducida a un montón informe de cenizas; eso lo comprendíamos ya que habíamos tirado la lámpara. El otro informaba que habían tratado de abrir la reciente sepultura de la fosa común, como si hubiesen intentado cavar en la tierra sin herramienta. Esto nos resultó incomprensible ya que habíamos aplanado con sumo cuidado la tierra húmeda.

Y durante diecisiete años, West no dejó de mirar por encima de su hombro, y quejarse de que le parecía oír pasos detrás suyo. Ahora ha desaparecido.


Howard Philips Lovecraft


Fuente: Letras perdidas

jueves, 3 de marzo de 2016

TusMedios (NOTA DE PRENSA): PUBLICACIÓN DEL LIBRO ELINÂ, VOL. 2 DE LA SAGA LOS SEÑORES DEL EDÉN



Nota de prensa publicada el día 20 de Enero de 2016 en la página web de noticias y comunicados de prensa TUSMEDIOS.ES (http://www.tusmedios.es).

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martes, 1 de marzo de 2016

Elinâ: NOVELA RESEÑADA EN BOLETÍN DE NOVEDADES DE LA WEB "LITERATURA FANTÁSTICA"





La novela de fantasía épica Elinâ, se encuentra reseñada en el Boletín de Novedades número 149 (17 de diciembre de 2015) de la web "Literatura Fantástica" http://literfan.cyberdark.net/2015/Elina.htm


Si quieres acceder al Boletín de Novedades número 149 haz clic aquí.

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                                                                                17 de diciembre de 2015  
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Toda la actualidad sobre literatura fantástica y de ciencia ficción en un único portal
 
                            RESEÑAS


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domingo, 28 de febrero de 2016

Elinâ: LAS PUERTAS DEL ABISMO




Tempestades estremecen el cosmos,
nos envuelven y atrapan con su rencor,
nos encierran en lóbregas moradas,
oscuras y sombrías como la noche.

Pero una luz germina en las tinieblas,
ilumina el camino de árboles sin hojas,
apacigua las aguas revueltas y embrujadas
que, en los sueños, perturban nuestra alma.

Es el aura que envuelve tu cuerpo
el causante de mi dichoso fortunio,    
un tesoro de incalculable valor
que desgarra las puertas del abismo.

Ahora el viento mece suave las olas,
la brisa peina tus cabellos nebulosos,
en esta exigua calma efímera,
donde tu amor sincero es eterno.




Capítulo 12 de la Tercera Parte (Diabólica)


Elinâ
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2015



viernes, 26 de febrero de 2016

Miguel Hernández: ETERNA SOMBRA



Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.

Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.

Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.

Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad de rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.

Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.

Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.

Soy una abierta ventana que escucha,
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.


Miguel Hernández

miércoles, 24 de febrero de 2016

Valesïa y Elinâ: NOVELAS RESEÑADAS EN LA WEB "TERCERA FUNDACIÓN"


Las novelas de fantasía épica Valesïa y Elinâ, primera y segunda entrega de la saga Los Señores del Edén, ya se encuentran reseñadas en Tercera Fundación, una web de recopilación de narrativa fantástica.

Para acceder a la web haz clic en la imagen:




Más información sobre las novelas:



lunes, 22 de febrero de 2016

Elinâ: PRIMERA PARTE "LEVIATÁN", CAPÍTULO 4


           Elinâ: Primera Parte "Leviatán", Capítulo 4



4
Elinâ abrió los ojos cuando los primeros rayos de luz de la mañana entraron por la ventana de la alcoba y la iluminaron.

Se dio la vuelta y observó el rostro de Bôndil, su esposo auri, que aún dormía plácido bajo las mantas de plumas de ave.

Se sentía feliz y sonrió.

Ella era una bruja o dîrus del lejano Reino Oscuro, enormemente atractiva, delgada, con los cabellos negros azabaches y la piel cobriza, casi bruna; tan hermosa que destacaba entre las mujeres de su propia estirpe. Además, por extraño que pareciera, se parecía bastante a Valesïa, su hermana adoptiva auri, a la que tanto quería y añoraba en aquellos momentos.

Asimismo, era diferente en algo: ella era bondadosa cuando sus demás congéneres eran seres violentos y fanáticos.

Los dîrus vivían cientos de años. Eran tan altos como los humanos o los auris, atléticos de corpulencia y piel blanca u oscura según su país de origen, y ojos de reptil como las serpientes. Sus orejas terminaban en punta; sin embargo, eran más pequeñas que las de sus eternos enemigos auris. Destacaban sus colmillos blancos y largos, de vampiro.

Pertenecían a una estirpe perversa, pero bellísima. La más perfecta que había creado Nedesïon, el Señor de las Tinieblas, el hermano del mismo Enesïon, el Señor de la Luz; e hijo de Asërion, el gran Dios Supremo que gobernaba la Existencia. En un principio este dios oscuro poseyó indulgencia y justicia, pero con el tiempo la avaricia y la envidia lo convirtió en leviatán, y fue repudiado por los demás dioses y condenado por su padre a residir por toda la eternidad en la oscuridad del Averno.

En consecuencia, aunque pareciese absolutamente improbable, existían dîrus diferentes: bondadosos, compasivos. Y aquella inusual excepción se daba de pleno en Elinâ.

La dîrus era oriunda de Niebla, una aldea cercana a la ciudad de Muerte, en la costa del mar del Este del Reino Oscuro, donde vivió los primeros quince años de su vida.

Su propio nombre en el idioma de los dîrus significaba Luz de Luna, ya que había nacido una noche de luna llena.

Su padre, Eynes, era el sacerdote principal del templo de la aldea. Malvado y cruel, la maltrató física y mentalmente desde la niñez, acusándola de tener un carácter débil y frágil, impropio de su condición de dîrus. Sin embargo, su madre Elitiâ siempre intentó protegerla, puesto que ella también era diferente, y le enseñó a esconder sus sentimientos tan incomprendidos por sus semejantes.

—Oculta siempre tu mente —le susurró un día, muy lejano ya, mientras la besaba en la frente y acariciaba su cara desfigurada después de sufrir la primera agresión de su padre.

Elinâ era muy inteligente y entendió a qué se refería su madre y asintió.

—Siempre —continuó Elitiâ—. Como yo aprendí hace muchísimos años, cuando era niña como tú.

A los quince años de edad, su padre la envió a la Nedesïaniag, la academia religiosa de la ciudad de Muerte, donde estudió con poderosos maestros dîrus. Más tarde, cuando cumplió los dieciocho años, comenzada la invasión del reino humano de Castrum y la legendaria Guerra de las Espadas, la enviaron a Sombra y después, ya fuera del Reino Oscuro, a la antigua ciudad de Mür.

Nunca más volvería a su terrible hogar en Niebla, aunque todos los días la imagen de su madre volvería una y otra vez a su mente, pero nunca oraría por ella porque no tenía un dios a quién rezar, pues no reconocía a su dios Nedesïon, el Señor de las Tinieblas, y sabía que ninguna otra deidad benevolente acogería su espíritu en su Reino.

Tras días y días de sufrimiento soportando violentas agresiones físicas —y sexuales— de su maestro Erius, decidió con éxito asesinarlo arrancándole el corazón con su daga. A continuación, sería apresada por un grupo de legionarios humanos, que la someterían a un extraño juicio en el corazón del bosque, del que saldría victoriosa.

Aquel bosque tenía vida propia y no permitía la entrada en él a los monstruos y los dîrus.

Encadenada, antes de ser ajusticiada, se produjo una sorprendente decisión: el mago Saf, tras indagar su mente, descubrió su verdadera personalidad y ordenó que la llevaran al campamento humano oculto en la floresta, donde los árboles decidirían su destino.

El viento agitó las ramas, que se movieron vertiginosas como serpientes amenazantes. Pensó aterrorizada que pronto le llegaría la muerte y que vagaría sola en el mundo de los espíritus.

Oyó un ruido fugaz, y una rama la atrapó de la pierna derecha con violencia; luego otra le agarró el cuello y empezó a presionarla con fuerza.

Las lágrimas recorrieron sus mejillas. Pero Elinâ no lloraba por su muerte; lloraba porque se sentía desdichada. Había sufrido demasiado en el mundo de los vivos, y ahora sufriría en el mundo de los muertos, donde su alma sería atormentada por siempre en el Averno. Intentó llamar a su madre, pero la rama apretó más fuerte, y la voz no salió de su boca.

Quiso romperla, pero ya era tarde. La vida se escapaba de su cuerpo y sus ojos perdían la luz.

Las lágrimas mojaron la misma rama asesina, y entonces sucedió lo que nadie esperaba ni habría creído jamás.

El hecho que ocurrió aquel día soleado cambiaría muchos sucesos posteriores en la historia de Castrum.

Los humanos que la rodeaban exclamaron boquiabiertos.

De pronto, una luz resplandeció de la nada y la rama que presionaba su cuello cedió y volvió a su posición habitual en el árbol. Se arrodilló y empezó a respirar con rapidez para llenar de aire sus pulmones, mientras se tocaba el cuello con ambas manos.

¡Estaba viva!

Levantó lentamente la cabeza y miró las caras estupefactas de los hombres.

Luego se unió al ejército de Mür, convirtiéndose en una legionaria más, aunque tres de sus rasgos físicos la diferenciaron siempre de los humanos: sus ojos de serpiente, sus orejas puntiagudas y sus colmillos de vampiro.

Después conoció al gran mago Tag, que por providencia divina debía protegerla como a su propia hija; y más tarde a Cannean, su enorme lobo negro protector, al que salvó de la muerte cuando estuvo acorralado por los tarkos. A partir de entonces, dîrus y lobo unieron sus destinos para siempre.



Días más tarde, en un templo del bosque de Mür, renunciaría a su dios Nedesïon y aceptaría a su nueva diosa Edïona, la Señora de la Tierra.

Aquel día vestía su impecable uniforme castrense de Mür, aunque encima llevaba puesta una túnica blanca con un sol bordado en el pecho, el símbolo de Enesïon, el Señor de la Luz.

Entró en la catedral y quedó impresionada de su grandeza.

Alrededor de ella marchaban varios clérigos, y detrás un monje guerrero llamado Thear, el gran mago Tag, su redentor Saf y, por último, Cannean, su lobo negro.
En el altar de la catedral estaba el Sacerdote Supremo de Mür, que vestía una túnica roja con ribetes amarillos de gala, y tres eclesiásticos más. No había nadie más en el templo. Los bancos estaban vacíos y el eco retumbaba en el inmenso y alto edificio construido por los auris milenios atrás.

—Bienvenidos a la Iglesia del Señor de la Luz —dijo el sacerdote.

Los clérigos que la rodeaban se retiraron a los laterales de la catedral, donde quedaron ocultos entre las sombras.

—Arrodillaos ante Nuestros Señores —dijo de nuevo el sacerdote, levantando el brazo. Detrás de él estaban talladas las esculturas de más de quince dioses. En medio de las deidades aparecía la figura de Asërion y de su esposa Arënia, y a su lado Enesïon y sus demás hijos. Sus rostros eran jóvenes, pero también sabios y severos.
Todos obedecieron.

El sacerdote bendijo a los dioses y al instante empezó con el rito. Los demás, clérigos y acompañantes, se levantaron y permanecieron en pie durante todo el rato, excepto ella.

—Bienvenidos a la casa de Enesïon, Nuestro Señor, el hijo del Dios Padre —empezó diciendo, levantando los brazos con las palmas de las manos hacia arriba. Su voz sonó tranquila y potente: 

—Él es una luz que nos guía.

—Él es una luz que nos guía —repitieron los presentes.

—En ella no reunimos para acompañar a nuestra hermana Elinâ, la cual quedará ligada en cuerpo y alma, en mente y corazón y hasta el día de su muerte, a la fe verdadera de nuestros Señores. Los dioses de todos los mundos que moran desde siempre en el Edén y luchan firmemente contra el mal del Averno y del Señor de las Tinieblas.

Miró a los presentes y a continuación anunció en voz alta las habituales glorias a favor de los bondadosos e imperecederos señores y ángeles inmortales y santos. Los demás repitieron sus palabras.

Y al final llegó el momento crucial.

—Como todos sabéis —prosiguió el sacerdote—, Elinâ pertenece a una raza de brujos del Reino Oscuro. Así, hija, antes de continuar con esta sagrada celebración, he de preguntarte algo muy importante.

Dio un paso al frente.

—¿Renuncias a la vida infame de los dîrus, tu estirpe de nacimiento?

—Sí, padre —dijo ella, tal y como le había dicho Thear que dijera. Cannean la miraba atento—, renuncio.

—¿Renuncias al ejército del Reino Oscuro?

—Sí, renuncio.

—¿Renuncias a Ariûm, monarca del Reino Oscuro?

—Sí, renuncio.

—¿Renuncias a proferir, de cualquier forma, culto a Nedesïon, leviatán de Averno e hijo repudiado por su padre, el Dios Supremo Asërion?

—Sí, padre. Renuncio a proferir culto al leviatán Nedesïon y a cualquier demonio que le deba sumisión.

El sacerdote alzó la copa de oro que había en el ancho altar, y bebió el licor rojo de aguardiente de su interior. Luego pasó la copa a Elinâ, que también bebió. El licor era dulzón, pero muy intenso, y tosió durante unos segundos.

—Has bebido del Cáliz la sangre del Señor de la Luz, hijo del Dios Padre.

—Gloria a Nuestro Señor —dijeron los demás.

—Gloria a Nuestro Señor —repitió el sacerdote.

Luego se limpió la boca con un pañuelo blanco y sagrado, que le pasó a ella para que hiciera lo mismo.

—Elinâ, hija de Eynes y Elitiâ, ya has renunciado a los enemigos de Asërion y de los hombres, ¿aceptas ahora iniciar una nueva vida en defensa de la justicia y la verdad?

—Sí, padre —dijo la joven—. Acepto.

—¿Aceptas a Asërion como dios supremo de todos los mundos?

—Sí, acepto.

—¿Aceptas a Enesïon como el hijo del Dios Padre?

—Sí, acepto.

—¿Aceptas como dioses únicos y verdaderos a los Señores del Edén?

—Sí, acepto.

—¿Aceptas al padre Emo, como Patriarca Mayor de la Iglesia de la Luz?

—Sí, acepto.

—¿Aceptas a Rodrian como rey de Castrum?

—Sí, acepto.

—Acabas de aceptar no sólo delante de los hombres —el sacerdote miró atrás—, sino también delante de los Señores del Edén, tus nuevos dioses.

Ella asintió.

Fuera comenzó a tronar y el cielo resplandeció.

El universo entero se agitó y todos los seres de Tierra Leyenda miraron al cielo, temerosos. Enesïon reunió a los demás dioses y les comunicó lo que acababa de ocurrir en el bosque de Mür del planeta Tierra Leyenda, y todos rezaron por el espíritu misericordioso de la bruja Elinâ. Enesïon estaba satisfecho.

—¿A quién de ellos orarás hasta el día de tu muerte? —preguntó el sacerdote.

—A Edïona, la Señora de la Tierra —indicó, alargando la mano hacia Cannean y acariciándole su enorme cuello.

«Ahora somos inseparables», se comunicó mentalmente con el lobo. «Rezamos a la misma diosa».

«Hasta el día de nuestra muerte», afirmó Cannean.

Nuevas promesas a viejos dioses,
señores que gobiernan la Existencia,
deidades que moran eternamente
rodeados de poder y magia.


Los caudillos de Mür le regalaron la espada Turbadora, una magnífica filosa mágica de hoja ligeramente curvada; más tarde, por decisión del mago Tag, Thear, el capitán de los monjes guerreros del castillo, le entregó un medallón mágico que custodiaba su Orden desde hacía muchísimos años, bendecido por la mismísima diosa Edïona.

—¡Oh! —exclamó, maravillada.

Emprendió el largo viaje con Cannean hacia el Bosque Silencioso para ayudar a Valesïa y Linx, a los que ya siempre serían leales. Y, obviamente, vivirían aventuras asombrosas.

Y por fin acabaría la guerra y marcharía al reino de Elïnor del Bosque Eterno, muy al norte, donde se casaría con Bôndil, el capitán de la mismísima Arealdïon del rey auri…

Su esposo también abrió los ojos.

—Querida —susurró, medio dormido.

Elinâ observó fascinada sus ojos de gato.

—Ya era hora de que te despertaras, dormilón —dijo con malicia.

Los dos sonrieron y se besaron.




Elinâ
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2015



 

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