lunes, 24 de febrero de 2014

Valesïa: LA HUIDA

      
Éste es el capítulo octavo de la segunda parte de Valesïa (Oscuridad):


8

«¡Más deprisa!», insistió el mago Nisus a Áquian, hijo de Aquénion, el señor de las águilas del sur.

Nisus era un gran jinete de rapaces y Áquian, una sorprendente águila como pocas en el reino. 

Habían patrullado durante cuatro días por los campos amplios al sur de Puerto Frío, entre la costa del mar del Oeste y el sombrío Bosque Silencioso.

En los Montes Altos, antes de llegar a Puerto Grande, vieron a los primeros monstruos. Las bestias se iban extendiendo rápidamente por todas las tierras, llevando consigo la muerte. Destruyendo pueblos y pequeñas aldeas, y quemando cosechas y granjas abandonadas.

Los monstruos rastrearon las guaridas ocultas de los humanos, y asesinaron —salvajemente y sin piedad— a los que descubrieron. Esos humanos desoyeron a los caudillos y se negaron a viajar al norte.

En una aldea, cerca del Bosque Silencioso, los hombres improvisaron una muralla pequeña alrededor de las viviendas. Resistieron una primera investida de los monstruos, pero al final los gigantes consiguieron derribar el muro a base de golpes violentos. Los tarkos desollaron a todos los humanos —incluyendo mujeres y niños, por supuesto— entre los gritos de horror de los que esperaban su turno para morir, y finalmente se dieron un buen banquete.

Puerto Grande fue pasto de las llamas, como Coren, Sagur y Puesto del Este.

«Lo han invadido todo», dijo Áquian con tristeza, en el segundo día de viaje.

«Cierto», respondió el mago, también apenado.

El ejército oscuro ya regía en ocho de las once grandes ciudades de Castrum.

En Zurion, los monstruos arrasaron la ciudad, y los hombres fueron exterminados. En Mür, en cambio, los hombres lucharon con atrevimiento, murieron muy pocos legionarios, pero los monstruos conquistaron la región con facilidad, como era previsible.

En las otras ciudades: Bastión, Tolen, Puerto Grande, Coren, Sagur y Puerto del Este, los esbirros de Ariûm se encontraron con seis enormes burgos vacíos. Los monstruos saquearon las viviendas, destruyeron monumentos y quemaron templos y grandes catedrales.

«¡No podrán alcanzarnos!», exclamó Áquian, seguro de sí mismo. Nisus no lo estaba tanto.

Áquian empezó a aletear más rápido, aunque para el mago aún volaba demasiado lento.

«¿Cuánto queda para llegar?», preguntó, nervioso.

«No más de quince minutos», dijo el águila. «Detrás de aquellas nubes estaremos a salvo».

Las nubes todavía se veían lejos. Demasiado para el gusto del mago, que sentía la muerte pegada a su nuca y un escalofrío que le recorría todo el cuerpo.

Pasaron lentamente los minutos, tanto que el tiempo pareció detenerse, y Nisus ya no estuvo seguro de que pudieran conseguirlo. Las manos le sudaban bajo los guantes y su corazón le palpitaba fuerte en el pecho.

Áquian era un ser superior, un animal mágico, más poderoso que cualquier hombre, y descubrió la inquietud que atormentaba a su jinete.

No era la primera vez que volaba con el mago, y ya antes de la invasión del ejército oscuro habían volado muchas veces juntos. Nisus, el mago de Bastión, era viejo amigo suyo.

«Llegaremos a tiempo, no te preocupes», dijo otra vez el águila.

«Que los dioses te oigan», suplicó Nisus.

«Ya sabes que Aquesïon siempre oye mis plegarias: él me guía en el cielo».

Nisus asintió, sin darse cuenta de que el águila no vería aquel gesto. Áquian siguió aleteando sin más.

Luego el mago miró otra vez hacia el sur, aunque sabía que lo que vería sería monstruoso: miles de horribles lûctos volaban detrás de ellos, abriendo y cerrando sus feas fauces. Montados en sus dorsos y sujetados en sillas brunas viajaban los malvados dîrus, los brujos y brujas del Reino Oscuro. Aquella temible y poderosa estirpe del sur, tan diferente, pero a veces tan extrañamente familiar a los mismos magos humanos y hasta a los propios auris.

La persecución duraba ya casi una hora.

Pasó más tiempo y, cuando estaban llegando a su destino, un lûcto se adelantó a sus compañeros.

El dragón negro voló muy rápido hacia Áquian, y Nesus lo vio de reojo.

«¡Áquian, cuidado!», advirtió el mago.

El dîrus lanzó un rayo paralizante, pero el águila lo esquivó en el último segundo. Luego cruzó las nubes y voló en picado hacia el suelo, seguido de cerca del insistente y horroroso lûcto.

A una velocidad de vértigo, Nisus escuchó un quejido explosivo. Pensó que Áquian, su inseparable amigo alado, se encontraba herido y que llegaba el final para los dos.
—¡No! —gritó, pero su voz se perdió en el aire.

De repente, la rapaz fue frenándose —ya no caían— y el mago levantó la cabeza ligeramente, y para su sorpresa vio cientos de águilas a su alrededor. Los magos atacaron con rayos al lûcto. El brujo gritó aterrado, y el dragón negro se precipitó muerto al suelo, a gran velocidad.

Los demás lûctos, coléricos, quisieron combatir, pero los dîrus los obligaron a dar media vuelta y a retroceder. No eran el lugar ni el momento para luchar.

«¡Bendito sea tu señor Aquesïon!», dijo el mago con una sonrisa en los labios.
«Alabado sea», sentenció Áquian.

Luego volaron con más tranquilidad rodeados de camaradas.

Y ante ellos apareció la ciudad, y pronto llegaron a Puerto Frío.




Valesïa
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2013-2014

jueves, 20 de febrero de 2014

Valesïa: EL ENCUENTRO


En el libro Valesïa ocurre un hecho asombroso cuando la muchacha (Valesïa)  se encuentra con el lince (Linx) en el bosque de Mür. Entonces durante un segundo el universo se detiene, los planetas se estancan, el tiempo se paraliza, y los dioses miran el encuentro fascinados. Así ocurren los hechos:



Entonces apareció Linx, el enorme lince con pinceles negros en las puntas de las orejas. Era igual que en sus sueños: su pelo era de color pardo amarillento con manchas oscuras y sus pobladas barbas, blancas. 

Surgió de entre los árboles y avanzó sigiloso hacia ella.

Valesïa sintió que se le aceleraba más el pulso y lo miró a los ojos. Unos ojos salvajes, mágicos y extraños, todo a la vez.

Quedó embelesada y le pareció que el tiempo se paraba, que todo el universo se detenía ante su encuentro. Había soñado muchas veces con el enorme felino, pero ya no estaba en un sueño, ahora estaba frente a él, y descubrió que ambos formaban parte de una única alma, de un único espíritu, pero en dos cuerpos distintos. También comprendió que ya nunca podría separarse de él. Sabía que había nacido para estar a su lado, hasta el día de su muerte.

He nacido para estar contigo,
protegerte, velarte.
Nuestra vida está ligada hasta la muerte,
que ni siquiera nos separará en el otro mundo,
el mundo de los muertos.
En el Edén volaremos juntos
durante toda la eternidad,
hasta el fin de los días.
Yo soy Linx, tu protector.


***


Luego siguieron hablando hasta que el sol desapareció en el ocaso, al trasponer el horizonte. La muchacha estaba tan agotada que durmió plácidamente, como hacía mucho que no dormía. Pero esta vez no soñó con la llamada, ya no hacía falta.

Linx no se separó ni un instante de su lado, era su protector.

Mis sueños de pesadilla
ya han terminado.
Se han disipado como la bruma
que rodea el río, al amanecer.

Ahora contemplo tu mirada mágica,
te acaricio y siento tu olor.
Duermo a tu lado,
camino en tus sueños.

Ahora somos un espíritu en dos cuerpos.
Siento tu dolor profundo,
tu alegría y tu miedo.
También tu tristeza y nostalgia.

Mis sueños son hermosos a tu lado,
eres mi vida y te adoro.
Ya no tengo miedo
porque eres mi protector.





Valesïa
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Stephen King: EL MAESTRO DEL TERROR


El escritor norteamericano Stephen King ha publicado numerosas novelas y cuentos, y es, sin duda, el maestro del terror.



Ha sido reconocido mundialmente y muchas de sus obras  best sellers han sido llevadas al cine, como Carrie, El Resplandor, Cementerio de Animales, Cujo, Misery o El pasillo de la muerte (La milla verde), entre otras.







Escena de las gemelas:


lunes, 17 de febrero de 2014

Valesïa: VISIÓN


La tercera parte de Valesïa se titula Maldición, y está compuesta de treinta y dos capítulos. Éste es el capítulo octavo:          



8

De repente, Sirinea abrió los ojos.

—He tenido una visión, una llamada —dijo, y se levantó de la cama.

A su lado estaba Ariûm.

—¿De quién? —preguntó el Rey Oscuro, incorporándose.

—De Bêssut.

El monarca asintió. El demonio Bêssut era el Señor del Caos y el emisario principal del Señor de las Tinieblas.

—¿Sabes qué quiere?

—No —le dio un beso en los labios—. Pero volveré pronto, mi rey.

Luego, sin más, se vistió, formó una puerta mágica y la atravesó.

La puerta desapareció.




Pasaron dos días y Sirinea volvió del Averno por esa misma puerta mágica.

Ariûm sonrió al verla.

—Mi amada enâi —dijo, y le besó el anillo con forma de calavera.

—Mi señor —lo saludó Sirinea, mirándolo maliciosamente.

Después se reunieron en el salón del castillo Tiniebla de Morium.

—¿Qué noticias traes a nuestro reino? —preguntó el monarca.

—Bêssut fue enviado por nuestro señor hasta el mismísimo Edén —comunicó la enâi.

—¿Para qué?

—Para dialogar.

—¿Dialogar? —se extrañó Enis.

—¿Con el enemigo? —preguntó Erkei.

La enâi los miró con reproche.

—¿Cuestionáis las decisiones de nuestro señor Nedesïon? —preguntó, desafiante. Trûn gruñó.

—No, mi señora —afirmó el gran brujo al instante, comprendiendo su error.

La enâi asintió.

—Eso espero —dijo con malicia.

Enis miró con maldad a Trûn, pero el monstruo no apartó la mirada.

Sirinea no les desveló todo lo que sabía, por supuesto. Sobre todo, porque Enis, el dîrus supremo, había vaticinado que el ejército oscuro, tras la invasión de Enesïa, atacaría el reino de Enïûn y el reino de Elïnor y después conquistaría todo el norte de Tierra Leyenda. Pero Nedesïon, el Señor de las Tinieblas, sabía que lo realmente importante era recuperar la maldita espada mágica para que Ariûm no fuera vencido en ese mundo. También apoderarse del potente amuleto auri, bendecido por su propio padre, para fabricar un objeto único, tanto como el medallón amarillo de su hermano Enesïon. Por tanto, el norte podría esperar por ahora.

Las deidades, ya fueran del Averno o del Edén, siempre habían jugado con las vidas de los simples mortales.

La enâi finalizó diciendo:

—Los guznai atacarán cuando la auri y el lince encuentren la espada. Luego asesinarán al felino.

—¿Y la muchacha? —preguntó el monarca.

—La capturarán.

—Se resistirá —dijo el general Driûn—. Esos condenados auris prefieren la muerte antes que la rendición.

—Entonces también la asesinarán, por supuesto —dijo Sirinea, mirando al rey maliciosamente.

Ariûm sonrió. Su mente enferma ya había olvidado que siglos atrás su alma y su cuerpo habían pertenecido a esa misma estirpe.

—Ven conmigo —ordenó luego la enâi, cogiéndole la mano.

El rey la siguió sin rechistar hasta que llegaron a su alcoba.

Luego se desnudaron y se metieron en la cama.

Para ti es este verso,
aunque te ocultes
entre las sombras
del Mundo de los espíritus.

¡Oh, amor!
Tú eres el ángel oscuro.
¡Oh, amor!
Tú eres el ángel de la muerte.
¡Oh, amor!

Tú eres el ángel del infierno.
Para ti es este verso,
aunque no oigas
entre las sombras
mis suspiros.

Ángel oscuro,
de alas azabaches.
Ángel de la muerte,
de piel dulce.
Ángel del infierno,
de ojos perversos.

Para ti es este verso,
mi amor, te doy
mi alma
y mis caricias.

Para ti es este verso…



Valesïa
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viernes, 14 de febrero de 2014

Valesïa: LOS MONJES GUERREROS

    
La primera parte de Valesïa se titula Invasión, y está compuesta de treinta y un capítulos. Éste es el capítulo noveno:



9


Llevaban varios días en el camino polvoriento.

Al cruzar la puerta oeste de Tolen bordearon las montañas reales, y luego viraron hacia el norte.

Las montañas se alzaban impresionantes hacia el cielo, y en las cumbres se distinguía aún la nieve caída en el invierno, que cubría matorrales y árboles pequeños. Los abetos y los pinos predominaban en el paisaje, aunque en las zonas más bajas había vegetación de ribera donde transcurrían los arroyos y los ríos que nacían en las montañas.

Aparte de ser los mejores guerreros, los caballeros têlmarios también eran expertos cazadores y, por tal motivo, no les faltaba nunca comida. Los ciervos y las cabras montesas habitaban en las zonas más altas de la montaña, en el piso alpino, mientras que los jabalíes lo hacían en el piso subalpino y se aproximaban tanto al camino que vieron varios grupos cerca de ellos. Pero para cazar también contaban con la ayuda de los implacables lobos negros que los acompañaban. No obstante, los conejos, las perdices y las liebres fueron su alimento principal.

Cruzaron un puente de piedra sobre el río Ehör y, cuando empezaba a oscurecer, montaron el campamento. 

Durante el trayecto, Moïn cabalgó al frente, acompañado en todo momento por el mago Mig, el mago que designó Frag para acompañar a los monjes guerreros y a los lobos negros.

Mig era un hombre de baja envergadura y barba larga y negra. Tenía cuarenta y dos años, es decir, estaba considerado un mago joven, aunque a su edad ya poseía amplios conocimientos en la magia y contaba con la total confianza de su maestro. Con un gran sombrero que terminaba en punta en la cabeza, vestía indumentarias grises, adornadas con cientos de símbolos, como soles, lunas y estrellas.

Por el contrario, los compañeros de viaje del mago eran mucho más altos. Los monjes guerreros, con sus grandes espadas de acero y sus resistentes armaduras y yelmos, iban envueltos en los ropajes marrones propios de su orden, con el sol rojo bordado en el pecho, símbolo de libertad que representaba su fe hacia el dios Enesïon, el Señor de la Luz. Todos llevaban la cabeza totalmente afeitada y una enorme perilla, sin bigote.

Cada caballero têlmario llevaba en las orejas uno o varios pendientes de plata en forma de aro. Moïn portaba un excelente aro en su oreja izquierda.

Aquella noche celebraron un gran festín, pues los lobos habían cazado cuatro ciervos, y los hombres los habían cocinado al fuego.

—El camino está muy transitado —dijo Mig a la mañana del día siguiente, cuando hicieron una parada de descanso para los caballos, mientras masticaba un trozo de carne que había sobrado de la noche anterior.

Desde que salieron de Tolen se habían cruzado con cientos de familias que caminaban muy despacio en carretas repletas de bártulos. En sus caras se reflejaba el cansancio y a veces la desesperación por llegar a su destino: Galiun.

—Tienen miedo —contestó Moïn.

—Sí —asintió el mago.

Se aproximó Tenhear, un monje guerrero veterano.

—Mi comandante, ¿suelto a los halcones? —preguntó el hombre—. Tendrán hambre.

Moïn asintió con la cabeza.

Tenhear se acercó a las jaulas y fue soltando uno a uno los diez halcones que llevaban. Los animales emitieron graznidos sonoros parecidos a un «quí-quí-quí». Poseían la belleza propia de todas las rapaces, con figuras firmes, dorsos grises, cuerpos blancos rayados y cabezas negras. Alzaron el vuelo y en pocos segundos se perdieron de vista.

—Hermosos animales —dijo Mig.

—¿Obtendremos ayuda del rey Efferûs? —preguntó Moïn sin hacer caso del comentario del mago.

—Eso no lo sé. Nadie lo sabe, mi querido amigo. —El mago se rascó su barba espesa—. Los securis son un pueblo arisco, pero ante todo un buen pueblo, honesto, y con mucho sentido del honor y la justicia. No tienen mucho trato con los hombres, pero odian a los monstruos tanto como nosotros —explicó.

—El Señor de la Montaña los envió hacia los Montes de la Niebla, y él los guía en su destino —dijo el comandante.

—Exacto, también son un pueblo religioso —afirmó el mago.

—Esperemos que su decisión nos favorezca, por el bien de Castrum y de todos nosotros.

—Todavía nos queda un largo viaje para saberlo.

Moïn asintió otra vez.

El monje guerrero nunca había congeniado demasiado con los magos. Tal vez porque desafiaban las leyes de los dioses al prolongar sus vidas de hombre, o sencillamente porque eran peligrosos, fuera cual fuese la causa que defendieran. En general eran orgullosos y se creían superiores al resto de los mortales, a excepción de los auris y los animales mágicos, por supuesto. No obstante, Mig como Tag, el viejo mago de Mür, le caía bien. Había demostrado ser un personaje sincero y honesto, y en ningún momento manifestó supremacía hacia él o hacia los demás. Sólo se había dejado llevar y le otorgaba el puesto de mando, aunque eso tampoco le importaba mucho.

Oyeron unos ruidos entre la maleza y de repente apareció Canion, el gran lobo negro jefe de la manada de cánidos y amigo y compañero de viaje del monje guerrero. Su aspecto era descomunal. Su peso sobrepasaba los trescientos kilos. De pelaje marrón oscuro, en su gran cabeza sus ojos triangulares dorados emitían un poder sobrenatural y del hocico le caían unas gotas de sangre.

«Saludos», dijo, telepáticamente, pero en un tono seco. 

—¿Más caza? —preguntó Moïn, mirando su boca.

«Sí, pero no para comer».

—¿Cómo? —dijo Mig sin entender a qué se refería el lobo.

«Salteadores», explicó Canion. «Hemos cazado a siete cuando saqueaban una carreta. Habían matado a una familia entera, niños incluidos».

—¡Maldición! —exclamó Mig.

«Hay más, y aprovechan la gran afluencia de campesinos y mercaderes que viajan al norte. Cuando una carreta se retrasa de los grupos, atacan sin piedad».

—¿Sabes cuántos son?, preguntó Moïn.

«No con exactitud, pero por esta zona siempre ha habido bastantes robos porque está desprotegida, y las montañas se encuentran cerca para refugiarse».

—Estaremos más atentos, aunque no creo que se acerquen a nosotros. 

Moïn sabía que los criminales no se atreverían a acercarse a ellos. Su grupo era demasiado peligroso.

«De nosotros huirán como ratas», repuso el lobo. «Lo que son».   
   
—Sin duda, convino el monje guerrero, asintiendo.

«Atraparemos a más. Nosotros tampoco tenemos piedad».

El gran cánido dio media vuelta y se perdió entre los arbustos como una sombra nocturna.

—No me gustaría ser uno de esos ladrones —afirmó el mago.

Moïn asintió.

—Ni a mí —dijo—. Ya se pueden esconder bien.

En los días siguientes, los lobos cazaron no sólo a ciervos y corzos, sino a ladrones y asesinos.

Cuando las montañas reales quedaron atrás, apareció un campo colosal. Conforme avanzaban más al norte, la hierba tenía una tonalidad más verde, y de pronto surgieron varias tormentas de verano que hicieron que aflojaran la marcha.

—En el lago Helado giraremos al oeste para llegar a Galiun —dijo Moïn.

—¿No será mejor por el este, por la ribera del Giol? —preguntó Mig.

—De los Montes del Norte nacen varios ríos que desembocan en el lago. El general Treno me advirtió que no eran anchos, pero sí peligrosos de cruzar. Sus cauces son muy rápidos —dijo el monje guerrero. El mago asintió, ya que conocía la zona—. Tardaremos unos días más, pero será más seguro. Llegaremos a Galiun por el margen derecho del Giol.

—De acuerdo, tú mandas, mi querido amigo.




Valesïa
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2013-2014

miércoles, 12 de febrero de 2014

Stephen King: LA TORRE OSCURA (DARK TOWER)


La Torre Oscura (Dark Tower) es una narración compuesta por un total de ocho libros: La Torre Oscura I, La hierba del diablo (1982); La Torre Oscura II, La invocación (1987); La Torre Oscura III, Las Tierras Baldías (1991); La Torre Oscura IV, La bola de cristal (1997); La Torre Oscura V, Lobos del Calla (2003); La Torre Oscura VI, Canción de Susannah (2004); La Torre Oscura VII, La Torre Oscura (2004); y La Torre Oscura, El viento por la cerradura (2012); que contienen fantasía, terror y wester, escritos por Stephen King.

El principal protagonista, el Pistolero, se llama Roland Deschain.

La historia está inspirada en el poema Childe Roland to the Dark Tower Came (Childe Roland a la Torre Oscura llegó).







lunes, 10 de febrero de 2014

MICHAEL WHELAN

Michael Whelan es un artista norteamericano. Estos son algunos de sus dibujos:














jueves, 6 de febrero de 2014

LUIS ROYO


Luis Royo es un artista español, nacido en Olalla (Teruel) en 1954. Ha producido pinturas para sus propios libros y exposiciones, y también ha producido arte para muy diversos medios de comunicación: videojuegos, juegos de rol, carátulas para CD de música, portadas de novelas, cartas del Tarot… Conocido por sus imágenes sensuales y oscuras, casi apocalípticas, en mundos de fantasía con formas de vida mecánica. También la empresa japonesa Yamato de la mano del escultor Shin Tanabe han comenzado recientemente a hacer esculturas de algunas de sus imágenes más carismáticas.









 

 

 

 

 

 

 

 

 


Fuente: Wikipedia
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