martes, 29 de diciembre de 2015

Elinâ: ENTRADA ESPECIAL EN EL BLOG LAS HISTORIAS DE EXCALFING (M.N. HERRERA)


 


Entrada especial, de fecha 28 de diciembre de 2015, realizada por el escritor de literatura fantástica  M. Nahuel Herrera, en su blog literario Las historias de Excalfing.

Para acceder a la entrada en el blog haz clic aquí.



TRANSCRIPCIÓN DE LA ENTRADA ESPECIAL:


ENTRADA ESPECIAL: Elinâ. La segunda novela de la saga "Los Señores del Edén", de Miguel Costa.
¡Hola! ¡Buenos días/tardes/noches a todos! Feliz Navidad ante todo aunque hayan pasado tres días tarde pero seguro. Je, je, je.

Hoy les quiero hablar sobre la segunda novela de esta saga, ya que como lo hice con la primera no hay dos sin uno... (Esperen... Hay algo raro en esa frase). En fin, adentrémonos en el tema antes que desvaríe (Por 342.362.369.868 vez. Sí, son muchas y sí necesitaría un psicólogo.)






Sinopsis:


Veinte años después de la apocalíptica Guerra de las Espadas, una nueva amenaza ensombrece los reinos del mundo de Tierra Leyenda.

Esta vez, Elinâ, la hermosa bruja del Reino Oscuro bendecida por los mismísimos Señores del Edén, seguidora de la diosa Edïona, la Señora de la Tierra, se sumergirá en una auténtica aventura épica junto con su protector el lobo negro Cannean y los mejores guerreros y magos designados por el poderoso Guardián del Cosmos Tag.

Los Elegidos deberán recuperar la Bola Orbe, una bola de cristal de poder infinito, y evitar que el Enemigo la transporte al Averno. Si no consiguen su objetivo, no solo Tierra Leyenda estará en peligro, sino muchísimos mundos del multiuniverso que giran paralelos en tiempos y épocas diferentes.

La novela Elinâ está inspirada en la canción Tierras de Leyenda de la banda española de música rock Tierra Santa.



{Quiero aclarar una cosa: esto no será una reseña. Podría hacerlo, pero estoy un 70% convencido de que no soy capaz de hacerlo... bien. Sólo será mis impresiones, que quizás no sirvan de mucho o tal vez sí, digo, quién sabe, ¿no? ¿Sí? ¿No? Sí, sí... No, no. Seeeeeee... Noooooo... (Lo siento, ya sé que no debo beber sidra después de la fecha de vencimiento...)}

"Elinâ" es el título de la segunda novela de Miguel Costa, que comenzó con "Valesïa". (Yo estaba muy traumado porque no sabía ponerle ese acento peculiar a "Elinâ", ¡pero lo conseguí! ¡Je, je, je! ¡¿Dónde está mi galleta?!) La historia continúa veinte años después de los sucesos de la primer novela... aunque no sé por qué digo esto si la sinopsis ya está expuesto (pedazo de b...)

A grandes rasgos, esta novela puede ser considerada una de transición. Cuidado con esto último, esto no quiere decir que no pase nada interesante. (Lo tengo que aclarar porque hay gente que considera que cuando algo es de "transición" piensa que es aburrido y una pérdida de tiempo. Hay que explicarles despacito a esa gente antes de que a uno lo saquen de quicio)

Además de encontrarnos con viejos personajes de la primera novela, que por suerte el autor le refresca la memoria a los lectores con un breve repaso de su historia, nos hallaremos, obviamente, con personajes nuevos, aparte de nuevas y peligrosas aventuras.

Como dije antes, al ser una novela de transición habrá que tener en cuenta los eventos que suceden para comprender aún más los que vendrán en la siguiente, que estoy seguro que será... (cómo decirlo sin parecer vulgar... ¡al diablo!) jodidamente épica. (Y es que el autor está prácticamente obligado a crearla así. Ji, ji, ji.)

También hay que destacar que pese a que no hay grandes conflictos, si hay un ambiente muy tenso. Una suerte de calma tensa que precede a la furiosa tormenta. El autor ha asegurado que "Valesïa" iba a ser una novela única y dado a que se iban creando más historias en su mente decidió continuarla. Hasta ahora ha dado el clavo porque no parece ser una novela que no parezca ser una continuidad, más allá que su protagonista no sea la misma. Sin embargo, si logra escribir una tercera parte bien épica, sería un trabajo estupendo; casi como si tuviera la estructura básica de un concierto o una sinfonía: primer movimiento rápido, segundo lento y tercero rápido o más rápido. (Aunque es verdad que con el tiempo ha cambiado el orden y se le han agregado más partes, pero bueno, es la primera comparación que se me vino a la cabeza; fue bastante culta, ¡no lo pueden negar!)

Para concluir, sólo queda decir que este libro te deja en ascuas, mucho más que la primera. Ahora queda a esperar y descubrir cómo sigue durante la siguiente (si hay sangre, muerte, destrucción, juegos de azar y mujerzuelas será jodidamente genial... aunque las últimas dos cosas las buscaré por otra parte. Je, je, je.)

Les dejo el link del blog del autor para que sepan donde conseguirla (tanto en papel como en formato digital) y donde pueden hallar algunas muestras gratis.




Sin más que decir, les deseo buen comienzo de año y hasta la próxima. Me voy a limpiar todas las cagadas y las meadas que deja el nuevo integrante de la familia. :-S ¡Saludos!





¡Muchas gracias Nahuel!
Miguel Costa

domingo, 27 de diciembre de 2015

Elinâ: ¡LIBRO A LA VENTA EN FORMATO DIGITAL EN GOOGLE PLAY!



Desde el 02 de Diciembre de 2015, está a la venta en la plataforma de comercio electrónico GOOGLE PLAY STORE y GOOGLE PLAY BOOKS la novela de fantasía épica Elinâ, segunda entrega de la saga Los Señores del Edén. Formato eBook.


viernes, 25 de diciembre de 2015

Elinâ: PRIMERA PARTE "LEVIATÁN", CAPÍTULO 1


           Elinâ: Primera Parte "Leviatán", Capítulo 1



1
      El castillo de Lutuám, de la remota comarca de Lutus de la región de Baria del reino de Esión, estaba compuesto por tres torres esquineras y un enorme torreón tan alto que acariciaba las mismas nubes blancas del cielo infinito, y por otras numerosas torres descubiertas; unidas por un gran muro oscuro con adarves donde continuamente vigilaban los soldados.
      La barbacana era de uso militar, rectangular, sencilla y gobernada por un capitán, auxiliado por dos sargentos y varios cabos. El foso rodeaba toda la fortaleza, era profundo y estaba plagado de grandes serpientes acuáticas, caimanes y cocodrilos y otras feroces bestias similares.
      En el interior del baluarte, cruzando el puente levadizo que unía la barbacana con el castillo, había un muro a la derecha, con una entrada ojival sin puerta, por la cual se accedía a un patio inmenso y al mismo edificio principal donde residía el cacique Ceo, señor de la región.
      Igualmente, sin cruzar la entrada ojival del muro ya mencionada, a la izquierda, se encontraba el extenso patio de armas —muchísimo más grande que el propio patio principal—, el pozo y la gigantesca torre del homenaje, los establos y el cuartel militar del castillo. Por último, cerca del mismo cuartel, se situaba la ciudadela, masificada y de calles estrechas y laberínticas; y en un lateral el monumental templo sagrado.
      En definitiva, Lutuám, capital de Baria, era un gran baluarte inmenso, infranqueable para sus enemigos del cercano reino de Vacuan, el reino centauro que había más allá de los Montes Urión.


      El día amaneció sin una nube.
      Samí era un mercader procedente de la lejana ciudad de Ut, de mediana edad aparente, con pelo negro y barba larga, ojos castaños, piel morena, bastante alto y vestido con túnica oscura, larga y ancha, que le llegaba hasta los tobillos, y con un turbante en la cabeza.
      El hombre instaló a primera hora de la mañana su puesto en el mercado de la ciudadela, donde vendía hierbas e inciensos de buena calidad.
      —Hoy hará buen día—dijo Qitus, su vecino del puesto inmediato, un comerciante de raza negra de objetos y piezas de plata, mientras sonreía y mostraba unos dientes excesivamente blancos.
      Como Qitus, muchos más mercaderes vendían piezas de plata, oro y otras joyas preciosas.
      El mercado de Baria era grandísimo, y se extendía por buena parte de las calles de la ciudadela.
      Había puestos de todo tipo: vendedores de objetos de cerámica y porcelana, plata y joyas, cuero, escudos heráldicos, madera, cristal, hierbas medicinales, incienso y hasta juguetes artesanales. También bisutería, vendedores de papel, artesanía en forja, decoración, cestería y perfumes y jabones de esencias naturales. Del mismo modo, abundaban los puestos alimenticios, de quesos y embutidos de todo tipo, frutos secos, caramelos, fruterías y pastelerías con una gran variedad de pan, cocas y dulces; cetrería, títeres y otros entretenimientos diversos.
      Un trovador tocaba un arpa vieja y cantaba una hermosa canción, mientras el gentío escuchaba atento.
      —Sí—asintió Samí mirando al cielo, con los ojos medio cerrados.
      Aquella afirmación de Qitus era más que cierta. Por fin había salido el sol, después de las lluvias insistentes de días anteriores.
      Lutuám era la ciudad más meridional de Baria, y de todo el reino de Esión; donde los inviernos eran suaves —excepto en los sistemas montañosos: los Montes Míticos y los propios Montes Urión—, y los veranos muy calurosos, alcanzando temperaturas superiores a los cuarenta grados casi a diario. Además, ya avanzada la inestable primavera, estaba próximo el verano tórrido.
      —¿Te quedarás en Lutuám?—preguntó Qitus.
      —No—dijo Samí.
      —¿A dónde irás?
      —Aún no lo sé—indicó el mercader encogiéndose de hombros, sin revelarle su destino.
      —Siempre estás de andanzas—Qitus volvió a sonreír.
      —Exacto—Samí esforzó una sonrisa.
      —El verano será muy caluroso.
      —Sí.
      —Y al sur más.
      Samí asintió.
      Al instante, llegaron numerosos clientes y comenzó a vender sus productos.
      Más tarde, al mediodía, los mercaderes recogieron los puestos.
      —Suerte, Samí—se despidió Qitus.
      —Suerte, amigo—repitió él.
      Arreó a la yegua y la carreta avanzó despacio.
      Aunque por las ventas debería haber estado contento, el hombre seguía con el semblante serio.
      Metió la mano en el interior de la túnica y tocó el objeto esférico que custodiaba sin descanso desde hacía una semana, y sintió su inmenso poder en las yemas de sus dedos.
      El objeto era muy poderoso, tanto que sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo.
      Sin duda, estaba inquieto.
      ¿Quién no lo estaría?, pensó sobrecogido.



Elinâ
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2015



miércoles, 23 de diciembre de 2015

Gustavo Adolfo Bécquer: LA ROSA DE PASIÓN


Breve y estupendo relato de Gustavo Adolfo Bécquer, poeta y narrador español perteneciente al Romanticismo.



Una tarde de verano, y en un jardín de Toledo, me refirió esta singular historia una muchacha muy buena y muy bonita.
Mientras me explicaba el misterio de su forma especial, besaba las hojas y los pistilos que iba arrancando uno a uno de la flor que da a su nombre esta leyenda.
Si yo la pudiera referir con el suave encanto y la tierna sencillez que tenía en su boca, os conmovería como a mí me conmovió la historia de la infeliz Sara.
Ya que esto no es posible, ahí va lo que de esa tradición se me acuerda en este instante.
I
En una de las callejas más oscuras y tortuosas de la ciudad imperial, empotrada y casi escondida entre la alta torre morisca de una antigua parroquia muzárabe y los sombríos y blasonados muros de una casa solariega, tenía hace muchos años su habitación raquítica, tenebrosa y miserable como su dueño, un judío llamado Daniel Leví.
Era este judío rencoroso y vengativo como todos los de su raza, pero más que ninguno engañador e hipócrita.
Dueño, según los rumores del vulgo, de una inmensa fortuna, veíasele, no obstante, todo el día acurrucado en el sombrío portal de su vivienda, componiendo y aderezando cadenillas de metal, cintos viejos o guarniciones rotas, con las que traía un gran tráfico entre los truhanes del Zocodover las revendedoras del Postigo y los escuderos pobres.
Aborrecedor implacable de los cristianos y de cuanto a ellos pudiera pertenecer, jamás pasó junto a un caballero principal o un canónigo de la primada sin quitarse una y hasta diez veces el mugriento bonetillo que cubría su cabeza calva y amarillenta, ni acogió en su tenducho a uno de sus habituales parroquianos sin agobiarle a fuerza de humildes salutaciones acompañadas de aduladoras sonrisas.
La sonrisa de Daniel había llegado a hacerse proverbial en toda Toledo, y su mansedumbre a prueba de las jugarretas más pesadas y las burlas y rechiflas de sus vecinos, no conocía límites.
Inútilmente los muchachos, para desesperarte, tiraban piedras a su tugurio; en vano los pajecillos y hasta los hombres de armas del próximo palacio pretendían aburrirle con los nombres más injuriosos o las viejas devotas de la feligresía se santiguaban al pasar por el dintel de su puerta como si viesen al mismo Lucifer en persona. Daniel sonreía eternamente con una sonrisa extraña e indescriptible. Sus labios delgados y hundidos se dilataban a la sombra de su nariz desmesurada y corva como el pico de un aguilucho; y aunque de sus ojos pequeños, verdes, redondos y casi ocultos entre las espesas cejas brotaba una chispa de mal reprimida cólera, seguía impasible golpeando con su martillito de hierro el yunque donde aderezaba las mil baratijas mohosas y, al parecer, sin aplicación alguna de que se componía su tráfico.
Sobre la puerta de la casucha del judío y dentro de un marco de azulejos de vivos colores, se abría un ajimez árabe, resto de las antiguas construcciones de los moros toledanos. Alrededor de las caladas franjas del ajimez, y enredándose por la columnilla de mármol que lo partía en dos huecos iguales, subía desde el interior de la vivienda una de esas plantas trepadoras que se mecen verdes y llenas de savia y lozanía sobre los ennegrecidos muros de los edificios ruinosos.
En la parte de la casa que recibía una dudosa luz por los estrechos vanos de aquel ajimez, único abierto en el musgoso y grieteado paredón de la calleja, habitaba Sara, la hija predilecta de Daniel.
Cuando los vecinos del barrio pasaban por delante de la tienda del judío y veían por casualidad a Sara tras de las celosías de su ajimez morisco y a Daniel acurrucado junto a su yunque, exclamaban en alta voz admirados de las perfecciones de la hebrea: -¡Parece mentira que tan ruin tronco haya dado de sí tan hermoso vástago!
Porque, en efecto, Sara era un prodigio de belleza. Tenía los ojos grandes y rodeados de un sombrío cerco de pestañas negras, en cuyo fondo brillaba el punto de luz de su ardiente pupila, como una estrella en el ciclo de una noche oscura. Sus labios, encendidos y rojos, parecían recortados hábilmente de un paño de púrpura por las invisibles manos de una hada. Su tez blanca, pálida y transparente como el alabastro de la estatua de un sepulcro. Contaba apenas diez y seis años, y ya se veía grabada en su rostro esa dulce tristeza de las inteligencias precoces y ya hinchaban su seno y se escapaban de su boca esos suspiros que anuncian el vago despertar del deseo.
Los judíos más poderosos de la ciudad, prendados de su maravillosa hermosura, la habían solicitado para esposa; pero la hebrea, insensible a los homenajes de sus adoradores y a los consejos de su padre, que la instaba para que eligiese un compañero antes de quedar sola en el mundo, se mantenía encerrada en un profundo silencio, sin dar más razón de su extraña conducta que el capricho de permanecer libre. Al fin un día, cansado de sufrir los desdenes de Sara y sospechando que su eterna tristeza era indicio cierto de que su corazón abrigaba algún secreto importante, uno de sus adoradores se acercó a Daniel y le dijo:
-¿Sabes, Daniel, que entre nuestros hermanos se murmura de tu hija?
El judío levantó un instante los ojos de su yunque, suspendió su continuo martilleo y, sin mostrar la menor emoción, preguntó a su interpelante:
-¿Y qué dicen de ella?
-Dicen -prosiguió su interlocutor-, dicen... qué sé yo... muchas cosas... Entre otras, que tu hija está enamorada de un cristiano...-Al llegar a este punto, el desdeñado amante de Sara se detuvo para ver el efecto que sus palabras hacían en Daniel.
Daniel levantó de nuevo sus ojos, le miró un rato fijamente sin decir palabra, y bajando otra vez la vista para seguir su interrumpida tarea, exclamó:
-¿Y quien dice que eso no es una calumnia?
-Quien los ha visto conversar más de una vez en esta misma calle, mientras tú asistes al oculto sanedrín de nuestros rabinos -insistió el joven hebreo admirado de que sus sospechas primero y después sus afirmaciones no hiciesen mella en el ánimo de Daniel.
éste, sin abandonar su ocupación, fija la mirada en el yunque, sobre el que después de dejar a un lado el martillo se ocupaba en bruñir el broche de metal de una guarnición con una pequeña lima, comenzó a hablar en voz baja y entrecortada, como si maquinalmente fuese repitiendo su labio las ideas que cruzaban por su mente.
-¡Je! ¡je! ¡je! -decía riéndose de una manera extraña y diabólica-. ¿Conque a mi Sara, al orgullo de la tribu, el báculo en que se apoya mi vejez, piensa arrebatármela un perro cristiano?... ¿Y vosotros creéis que lo hará? ¡Je! ¡je! -continuaba siempre hablando para sí y siempre riéndose, mientras la lima chirriaba cada vez con más fuerza, mordiendo el metal con sus dientes de acero-. ¡Je! ¡Je! Pobre Daniel, dirán los míos, ¡ya chochea! ¿Para qué quiere ese viejo moribundo y decrépito esa hija tan hermosa y tan joven, si no sabe guardarla de los codiciosos ojos de nuestros enemigos?... ¡Je! ¡je! ¡je! ¿Crees tú por ventura que Daniel duerme? ¿Crees tú por ventura que si mi hija tiene un amante... que bien puede ser, y ese amante es cristiano y procura seducirla, y la seduce, que todo es posible, y proyecta huir con ella, que también es fácil, y huye mañana, por ejemplo, lo cual cabe dentro de lo humano, crees tú que Daniel se dejará así arrebatar su tesoro, crees tú que no sabrá vengarse?
-Pero -exclamó interrumpiéndole el joven-, ¿sabéis acaso?...
-Sé -dijo Daniel levantándose y dándole un golpecito en la espalda-, sé más que tú, que nada sabes ni nada sabrías si no hubiese llegado la hora de decirlo todo... Adiós; avisa a nuestros hermanos para que cuanto antes se reúnan. Esta noche, dentro de una o dos horas, yo estaré con ellos. ¡Adiós!
Y esto diciendo, Daniel empujó suavemente a su interlocutor hacia la calle, recogió sus trabajos muy despacio y comenzó a cerrar con dobles cerrojos y aldabas la puerta de la tiendecilla.
El ruido que produjo ésta al encajarse rechinando sobre sus premiosos goznes, impidió al que se alejaba oír el rumor de las celosías del ajimez que en aquel punto cayeron de golpe, como si la judía acabara de retirarse de su alféizar.
II
Era noche de Viernes Santo, y los habitantes de Toledo, después de haber asistido a las tinieblas en su magnífica catedral, acababan de entregarse al sueño, o referían al amor de la lumbre consejas parecidas a la del Cristo de la Luz, que robado por unos judíos, dejó un rastro de sangre por el cual se descubrió el crimen, o la historia del Santo Niño de la Guarda, en quien los implacables enemigos de nuestra fe renovaron la cruel Pasión de Jesús. Reinaba en la ciudad un silencio profundo: interrumpido a intervalos, ya por las lejanas voces de los guardias nocturnos que en aquella época velaban en derredor del alcázar, ya por los gemidos del viento que hacía girar las veletas de las torres o zumbaba entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el dueño de un barquichuelo que se mecía amarrado a un poste cerca de los molinos, que parecen como incrustados al pie de las rocas que baña el Tajo y sobre las que se asienta la ciudad, vio aproximarse a la orilla, bajando trabajosamente por uno de los estrechos senderos que desde lo alto de los muros conducen al río, a una persona a quien al parecer aguardaba con impaciencia.
-¡Ella es! -murmuró entre dientes el barquero-. ¡No parece sino que esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos!... ¿Dónde diantres se tendrán dada cita con Satanás, qué todos acuden a mi barca teniendo tan cerca el puente?... No, no irán a nada bueno, cuando así evitan toparse de manos a boca con los hombres de armas de San Servando...; pero, en fin, ello es que me dan buenos dineros a ganar, y a su alma su palma, que yo en nada entro ni salgo.
Esto diciendo el buen hombre, sentándose en su barca aparejó los remos, y cuando Sara, que no era otra la persona a quien al parecer había aguardado hasta entonces, hubo saltado al barquichuelo, soltó la amarra que lo sujetaba y comenzó a bogar en dirección a la orilla opuesta.
-¿Cuántos han pasado esta noche? -preguntó Sara al barquero apenas se hubieron alejado de los molinos y como refiriéndose a algo de que ya habían tratado anteriormente.
-Ni los he podido contar -respondió el interpelado-; ¡un enjambre! Parece que esta noche será la última que se reúnen.
-¿Y sabes de qué tratan y con qué objeto abandonan la ciudad a estas horas?
-Lo ignoro...; pero ello es que aguardan a alguien que debe de llegar esta noche... Yo no sé para qué le aguardarán, aunque presumo que para nada bueno.
Después de este breve diálogo, Sara se mantuvo algunos instantes sumida en un profundo silencio y como tratando de coordinar sus ideas. -No hay duda -pensaba entre sí-; mi padre ha sorprendido nuestro amor y prepara alguna venganza horrible. Es preciso que yo sepa adónde van, qué hacen, qué intentan. Un momento de vacilación podría perderle.
Cuando Sara se puso un instante de pie, y como para alejar las horribles dudas que la preocupaban se pasó la mano por la frente, que la angustia había cubierto de un sudor glacial, la barca tocaba a la orilla opuesta.
-Buen hombre -exclamó la hermosa hebrea arrojando algunas monedas a su conductor y señalando un camino estrecho y tortuoso que subía serpenteando por entre las rocas-, ¿es ese el camino que siguen?
-Ese es, y cuando llegan a la Cabeza del Moro desaparecen por la izquierda. Después el diablo y ellos sabrán adónde se dirigen -respondió el barquero.
Sara se alejó en la dirección que éste le había indicado. Durante algunos minutos se le vio aparecer y desaparecer alternativamente entre aquel oscuro laberinto de rocas oscuras y cortadas a pico: después, y cuando hubo llegado a la cima llamada la Cabeza del Moro, su negra silueta se dibujó un instante sobre el fondo azul del cielo, y por último desapareció entre las sombras de la noche.
III
Siguiendo el camino donde hoy se encuentra la pintoresca ermita de la Virgen del Valle, y como a dos tiros de ballesta del picacho que el vulgo conoce en Toledo por la Cabeza del Moro, existían, aún en aquella época los ruinosos restos de una iglesia bizantina, anterior a la conquista de los árabes.
En el atrio que dibujaban algunos pedruscos diseminados por el suelo, crecían zarzales y hierbas parásitas, entre los que yacían medio ocultos, ya el destrozado capitel de una columna, ya un sillar groseramente esculpido con hojas entrelazadas, endriagos horribles y grotescos, e informes figuras humanas. Del templo sólo quedaban en pie los muros laterales y algunos arcos rotos y cubiertos de hiedra.
Sara, a quien parecía guiar un sobrenatural presentimiento, al llegar al punto que le había señalado su conductor, vaciló algunos instantes, indecisa acerca del camino que debía seguir; pero, por último, se dirigió con paso firme y resuelto hacia las abandonadas ruinas de la iglesia.
En efecto, su instinto no la había engañado. Daniel, que ya no sonreía. Daniel, que no era ya el viejo débil y humilde, sino que antes bien, despidiendo cólera de sus pequeños y redondos ojos, parecía animado del espíritu de la venganza, rodeado de una multitud como él, ávida de saciar su sed de odio en uno de los enemigos de su religión, estaba allí y parecía multiplicarse dando órdenes a los unos, animando en el trabajo a los otros, disponiendo, en fin, con una horrible solicitud los aprestos necesarios para la consumación de la espantosa obra que había estado meditando días y días mientras golpeaba impasible el yunque en su covacha de Toledo.
Sara, que a favor de la oscuridad había logrado llegar hasta el atrio de la iglesia, tuvo que hacer un esfuerzo para no arrojar un grito de horror al penetrar en su interior con la mirada. Al rojizo resplandor de una fogata que proyectaba la forma de aquel círculo infernal en los muros del templo, había creído ver que algunos hacían esfuerzos por levantar en alto una pesada cruz, mientras otros tejían una corona con las ramas de los zarzales o aplastaban sobre una piedra las puntas de los enormes clavos de hierro. Una idea espantosa cruzó por su mente; recordó que a los de su raza los habían acusado más de una vez de misteriosos crímenes; recordó vagamente la aterradora historia del Niño Crucificado, que ella hasta entonces había creído una grosera calumnia, inventada por el vulgo para apostrofar y zaherir a los hebreos.
Pero ya no le cabía duda alguna; allí, delante de sus ojos, estaban aquellos horribles instrumentos de martirio, y los feroces verdugos sólo aguardaban la víctima.
Sara, llena de una santa indignación, rebosando en generosa ira y animada de esa fe inquebrantable en el verdadero Dios que su amante le había revelado, no pudo contenerse a la vista de aquel espectáculo, y rompiendo por entre la maleza que la ocultaba, presentose de improviso en el dintel del templo.
Al verla aparecer, los judíos arrojaron un grito de sorpresa; y Daniel, dando un paso hacia su hija en ademán amenazante, le preguntó con voz ronca: -¿Qué buscas aquí, desdichada?
-Vengo a arrojar sobre vuestras frentes -dijo Sara con voz firme y resuelta- todo el baldón de vuestra infame obra, y vengo a deciros que en vano esperáis la víctima para el sacrificio, si ya no es que intentáis cebar en mí vuestra sed de sangre; porque el cristiano a quien aguardáis no vendrá, porque yo le he prevenido de vuestras asechanzas.
-¡Sara! -exclamó el judío rugiendo de cólera-, Sara, eso no es verdad; tú no puedes habernos hecho traición hasta el punto de revelar nuestros misteriosos ritos; y si es verdad que los has revelado, tú no eres mi hija...
-No; ya no lo soy: he encontrado otro padre, un padre todo amor para los suyos, un padre a quien vosotros enclavasteis en una afrentosa cruz, y que murió en ella por redimirnos, abriéndonos para una eternidad las puertas del cielo. No; ya no soy vuestra hija, porque soy cristiana y me avergüenzo de mi origen.
Al oír estas palabras, pronunciadas con esa enérgica entereza que sólo pone el cielo en boca de los mártires, Daniel, ciego de furor, se arrojó sobre la hermosa hebrea, y derribándola en tierra y asiéndola por los cabellos, la arrastró como poseído de un espíritu infernal hasta el pie de la Cruz, que parecía abrir sus descarnados brazos para recibirla, exclamando al dirigirse a los que les rodeaban:
-Ahí os la entrego; haced vosotros justicia de esa infame, que ha vendido su honra, su religión y a sus hermanos.
IV
Al día siguiente, cuando las campanas de la catedral atronaban los aires tocando a gloria, y los honrados vecinos de Toledo se entretenían en tirar ballestazos a los judas de paja, ni más ni menos que como todavía lo hacen en algunas de nuestras poblaciones, Daniel abrió la puerta de su tenducho, como tenía de costumbre, y con su eterna sonrisa en los labios comenzó a saludar a los que pasaban, sin dejar por eso de golpear en el yunque con su martillito de hierro; pero las celosías del morisco ajimez de Sara no volvieron a abrirse, ni nadie vio más a la hermosa hebrea recostada en su alféizar de azulejos de colores.
Cuentan que algunos años después un pastor trajo al arzobispo una flor hasta entonces nunca vista, en la cual se veían figurados todos los atributos del martirio del Salvador; flor extraña y misteriosa que había crecido y enredado sus tallos por entre los ruinosos muros de la derruida iglesia.
Cavando en aquel lugar y tratando de inquirir el origen de aquella maravilla, añaden que se hallo el esqueleto de una mujer, y enterrados con ella otros tantos atributos divinos como la flor tenía.
El cadáver, aunque nunca se pudo averiguar de quién era, se conservó por largos años con veneración especial en la ermita de San Pedro el Verde, y la flor, que hoy se ha hecho bastante común, se llama Rosa de Pasión.


Gustavo Adolfo Bécquer

domingo, 20 de diciembre de 2015

Elinâ: ¡LIBRO A LA VENTA EN FORMATO DIGITAL EN AMAZON!




Desde el 02 de Diciembre de 2015, está a la venta en la plataforma de comercio electrónico AMAZON la novela de fantasía épica Elinâ, segunda entrega de la saga Los Señores del Edén. Formato eBook (versión Kindle).


jueves, 17 de diciembre de 2015

Elinâ: PRÓLOGO


           Elinâ es una novela que consta de un prólogo, tres partes y un epílogo. Las partes son: Primera "Leviatán"; Segunda "Sombras"; y Tercera "Diabólica". Es la segunda entrega de la saga Los Señores del Edén.



PRÓLOGO
      De repente, Asërion, el Dios Supremo de todos los mundos, abrió los ojos y, pasmosamente, apareció en el portentoso Edén.
      Entonces comenzó la Vida.
      Luego sintió el don de la creación en su mente, el poder insuperable de la inmortalidad eterna, y escuchó, como nadie escucharía jamás, cantos celestiales, divinos, que recorrieron su interior vertiginosos, y creó a su esposa Arënia, aquella cuya belleza no es comparable con nada, ni siquiera con la misma luz imperecedera de donde Él mismo había nacido.
      Después erigió a sus vástagos, las deidades del paraíso, los dioses del cielo, los Señores del Edén; cuando aún las sombras cubrían la Existencia, y el vacío reinaba en el inmenso universo infinito; cuando el silencio se extendía sin fin por cada rincón del cosmos, como la misma muerte triste y lóbrega, tenebrosa y macilenta; cuando aún no existía el tiempo, y los segundos eran siglos y los años milenios.
      En ese principio insólito Asërion fecundó a Arënia, y la diosa concibió a los Once Dioses Inmemorables, sus primeros hijos carnales: Usïon y Aresïa, los gemelos primogénitos que gobiernan los grandes mundos, Eserïon, Amïa, Elenïon, Ebenïa, Udon, Seyka, Amïon, Urô, y por último Elanïa, la más hermosa deidad de la segunda generación, tan bella como la Luz del Inicio. Seguidamente, Asërion, auxiliado por Arënia, erigió del interior de la luz imperecedera a los Once Dioses de las Estrellas, sus primeros hijos no carnales, si bien del mismo modo divinos y poderosos, llamados: Ada, Emûn, Elïa, Nïon, Madia, Cron, Abia, Sen, Naidïa, Ama y Enïdon; y al final los unió entre sí, los Once Dioses Inmemorables con los Once Dioses de las Estrellas, y prohibió la unión de los hermanos de sangre bajo pena de muerte y formó una familia tan numerosa como astros crearía en el inmenso universo.
      Los dioses se unieron en matrimonio: Usïon con Ada, Aresïa con Emûn, Eserïon con Elïa, Amïa con Nïon, Elenïon con Madia, Ebenïa con Cron, Udon con Abia, Seyka con Sen, Amïon con Naidïa, Urô con Ama y Elanïa con Enïdon; y cada pareja procreó alrededor de veinte hijos, y formadas nuevas parejas, cada una procreó a su vez a otra veintena de vástagos, poco más o menos, y así se multiplicaron con rápidez
De la unión de Usïon con Ada y de Aresïa con Emûn nacieron los Herederos, los dioses más fuertes y valientes de todos; de Eserïon con Elïa los Magos; de Amïa con Nïon los Poderosos; de Elenïon con Madia los Cazadores; de Ebenïa con Cron los Magníficos; de Udon con Abia los Gobernantes; de Seyka con Sen los Perpetuos; de Amïon con Naidïa los Celestiales; de Urô con Ama los Armoniosos; y de Elanïa con Enïdon los Serafines.
      Tanto los Herederos, como los Magos, los Poderosos, los Cazadores, los Magníficos, los Gobernantes, los Perpetuos, los Celestiales, los Armoniosos y los Serafines, vivieron —y viven— con sus padres y abuelos en el Edén imperecedero, gobernando cada uno de los universos infinitos y afines de la Existencia, donde existen millones de galaxias en cada uno de ellos, y giran sin cesar paralelos en tiempos y épocas diferentes.
      Surgieron conflictos entre los dioses, y Asërion dio autoridad a sus hijos, tanto carnales como no carnales, para que castigaran con rigor a sus vástagos, siempre con justicia y equidad, y valorando el delito cometido; y así dictó la Primera Ley Celestial, que persistirá hasta el fin del mundo, hasta el fin de los tiempos, cuando el Demonio arrase el cosmos sembrando la muerte y el desaliento. Y los Dioses Jueces fueron bendecidos por Su Padre para despojar los espíritus inmortales de sus propios descendientes condenados, y arrojarlos como simples almas al Lugar Divino del Mundo de los Espíritus, que se encuentra dentro del mismo Edén.
      El primer gran juicio surgió cuando Nerïon, Señor del planeta Tierra Lunar, un mundo que tenía dos satélites plateados y donde las tierras emergidas se extendían por casi toda su superficie, y el agua era más valiosa que el mismo oro que se hallaba oculto en las minas subterráneas; hijo de Amön y Viana, nieto de Erïn y Eleda, bisnieto de Tro y Ata, tataranieto de Elemïon y Galea, y cuadrinieto de Elenïon y Madia; arremetió armado con una daga y cegado por la envidia, a traición, con alevosía y ensañamiento, contra su propio hermano mayor y heredero de su familia Enïon, un dios ejemplar en todos los sentidos, arrebatándole vilmente la vida.
      Nerïon fue apresado, encadenado y llevado ante Elenïon y Madia, y fue enjuiciado y condenado a muerte mediante decapitación. Después de cumplido el fallo fue descuartizado y su cuerpo lo echaron al fuego divino, donde se consumió durante dos días seguidos.
      Su espectro, apenado y atormentado, llegó al Mundo de los Espíritus, donde ya se encontraba el alma del mismo Enïon; y allí, aún hoy, vaga arrepentido de sus actos, martirizado por el remordimiento. Sin embargo, en su eterno desconsuelo, nunca obtuvo el perdón de su familia, porque éste hecho, sin duda, fue el comienzo de algo insólito hasta entonces: la aparición de la Muerte.


      Entonces Asërion formó en el firmamento las estrellas con fuego divino, y alrededor de cada una de ellas colocó, girando a su alrededor incansablemente y durante toda la eternidad, a los planetas, los mundos materiales donde millones y millones de milenios después aparecería la vida en minúsculos organismos unicelulares que Él mismo y los demás dioses harían evolucionar hasta convertirse en seres racionales o, por el contrario, irracionales, según su complacencia y la de las demás divinidades. También proporcionó a cada dios, por norma general, la propiedad de una o varias estirpes de seres que fueran creadas. No obstante, algunos dioses, los más poderosos, se atribuyeron a cientos de éstas estirpes y se hicieron auténticos Señores, superiores a todo, en muchos mundos materiales, planetas que giraban sin descanso en un universo inmenso y antiguo como su mismo Creador.
      Los organismos arcaicos se hicieron más complejos, y aparecieron las primeras plantas de la Existencia, primitivas y algunas dotadas de inteligencia, que los dioses asentaron en tierra fértil y fecunda; después, otros de esos seres microscópicos evolucionaron en diminutos animales, insignificantes insectos que con el paso rápido de los años llegaron a convertirse en grandes mamíferos perspicaces y, en muchas ocasiones, muy diferentes unos de otros como los cosmos existentes.
      Y tras el paso de los milenios, aparecieron en varios mundos afines, pero separados por los dioses en universos desiguales, aislados unos de otros por el tiempo, el espacio y la magia, los Vetus.
      Los vetus eran simples mortales, y fueron creados a semejanza de los dioses, sus creadores del Edén. Perspicaces e inteligentes y sagaces en la guerra, se extendieron rápidos y conquistaron muchos mundos, que gobernaron con justicia, paz y armonía, como ocurriría más tarde con otra estirpe de noble e ilustre linaje muy parecida a ellos física y mentalmente: los Auris.
      Pero los vetus casi se extinguieron, y los pocos que subsistieron apostaron sus moradas en el interior de los árboles gigantes de los bosques milenarios, como también harían después las bondadosas brujas blancas de los bosques, conocidas como eshïas. En aquel tiempo, muchísimos millones de años después de la Creación, Arënia, la diosa más bella que siempre existiría, quedaría otra vez encinta de su esposo Asërion, el Dios Supremo, el Creador del universo infinito, y daría a luz a gemelos, que se convertirían en dos deidades de inmenso poder: Enesïon y Nedesïon.


      Enesïon y Nedesïon no eran simples dioses, sino los mismísimos hijos de Asërion, el Dios Supremo de todos los mundos, el Creador del universo, el Padre de todos los Padres y el Perfecto entre los Perfectos. Fueron bendecidos con agua consagrada de la Fuente Divina del Edén, y apadrinados por su propio hermano carnal Usïon, y por su hermana no carnal y esposa de Usïon, Ada; por ende, sus padrinos eran los dioses más poderosos, junto con Aresïa y Emûn, de la segunda generación.
      Los hermanos crecieron juntos, amándose mutuamente hasta lo impensable, y cuando llegaron a la edad adulta para las deidades, de pronto nació una estrella en el horizonte. Un nuevo sol se instaló en la galaxia llamada Lucem, que giraba paralela a cientos de mundos similares y disímiles.
      Alrededor del sol se formaron nueve planetas, y alrededor de éstos decenas de satélites, lunas de belleza imperiosa; pero en sólo uno de aquellos astros surgiría la vida: Tierra Leyenda.


      Nedesïon contrajo matrimonio con Area, una diosa importante, y Enesïon con Leyna, una deidad de belleza insuperable, pero de menor entidad que Area; sin embargo, Nedesïon se enamoró de Leyna y sintió envidia y rencor hacia su hermano, que ocultó en el fondo de su corazón.
      Un día Nedesïon, como no podía poseer a Leyna, la hechizó con su magia e hizo que se acostara en su propio lecho con Edo, un dios joven que también había enajenado. Le dijo a Enesïon que Leyna le estaba engañando con Edo, pero Enesïon no quiso creerlo.
      —¡Sígueme!—bramó Nedesïon con decisión, sonriendo maliciosamente—: ¡Te lo mostraré!
      Poco después, los dioses, descubrieron a los amantes embrujados, y Enesïon, furibundo, los asesinó a ambos con su espada mágica cuando dormían juntos.
      Pero al final la Verdad siempre es descubierta. Enesïon fue condenado a prisión por mil años, por actuar colérico sin ajustarse a la Ley Celestial de Asërion, su mismo padre, aunque fue justificado por actuar bajo incapacidad temporal de locura, algo que por supuesto era cierto. En cambio Nedesïon, un dios que había poseído indulgencia y justicia, pero que la avaricia y envidia lo había convertido en leviatán, fue repudiado por las demás deidades y condenado por Asërion a residir por toda la eternidad en la oscuridad del Averno.
      Pasados los mil años, Enesïon volvió a su trono imperecedero y se convirtió en el Señor de la Luz, una deidad inigualable; Nedesïon, su hermano gemelo, se autoproclamó el Señor de las Tinieblas y extendió su imperio de horror por los mundos materiales. El leviatán erigió a muchas estirpes mortales, como los dragones negros conocidos como Lûctos, los Gigantes, los Minotauros, los monstruos Tarkos, que tenían caras porcinas y ojos amarillos, y los Dîrus o brujos negros, su mayor creación, entre otros. Los dîrus eran criaturas hermosas, pero más malvadas aún que los propios tarkos; tenían ojos de serpiente, orejas puntiagudas y colmillos de vampiro.
      Otro hecho importante era que, los dos dioses inmortales que tanto se habían amado, aunque interiormente fueran muy diferentes, físicamente eran tan parecidos como dos gotas de agua.


      Y por los hechos ya descritos antes, comenzó la guerra entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas, el Edén y el Averno, la Vida y la Muerte. Esa contienda permanente, cruel y feroz que no tendría fin. Por tanto, Asërion, el Dios Supremo, y los dioses más poderosos, crearon de la luz imperecedera, de la divinidad del paraíso, a los Semidioses: los Guardianes del Cosmos nacidos en el mágico Edén.
      Los Guardianes no podían interferir en las grandes decisiones que ocurrían en los mundos, y tenían como misión recorrer los planetas habitados en busca de enemigos, e investigar los hechos importantes para ponerlos en conocimiento de los dioses del Edén.
      Los semidioses eran inmortales, y algunos más poderosos aún que muchas divinas deidades.
      Transformaban su aspecto a semejanza de los seres mortales de los planetas, y nunca podían revelar su verdadera identidad, porque si no pondrían en grave peligro la misión que llevaran a cabo.
      Para localizarlos, Nedesïon había creado a los Semidioses del Averno, unos seres diabólicos también llamados Daemons, que se camuflaban como sus eternos enemigos.
      Jerárquicamente, por debajo de los Guardianes del Cosmos, se encontraban los Xanïas, que eran los ángeles del Edén, los protectores permanentes de los dioses, también creados por el Dios Supremo y sus hijos en luz divina; y, en el lado oscuro, por debajo de los Daemons, los Enâis, los ángeles del infierno, protectores de los Señores demoníacos del Averno, creados por Nedesïon a semejanza de los ángeles del cielo.
      Los xanïas y los enâis también podían morar en los mundos materiales, aunque transitoriamente.


      Enesïon, el Señor de la Luz, creó a los ya citados auris, que eran altos, de cabellos largos y tez blanca, rostros de rasgos elegantes y finos, ojos de gato y grandes orejas que terminaban en punta.
      Los auris vestían extraordinarias ropas mágicas, y no solo eran bardos, artistas o comerciantes, sino también grandiosos guerreros diestros en el arte de la lucha, y conocían mejor que nadie la pericia de la magia. Eso sí, ante todo eran un pueblo pacífico.
      Enesïon los erigió a semejanza de los mismos dioses, los Señores del Edén, y por eso eran casi idénticos a los vetus, sus antepasados casi extinguidos, creados por Usïon, su hermano mayor y heredero al Trono Divino. No obstante, existía una diferencia significativa entre ambas estirpes: los auris tenían ojos de gato y los vetus ojos de halcón.
      Pero el Mal se extendía por todos los mundos, y para proteger a los auris, Enesïon, el Señor de la Luz, consiguió el apoyo de sus colaboradores y subordinados más cercanos, y cada uno de ellos creó un animal mágico para cumplir el deseo de su deidad, el hijo del Dios Supremo Asërion.
      Esos colaboradores fueron Aquesïon, el Señor del Cielo, que erigió a las gigantescas Águilas Pardas; Droun, el Señor del Fuego, que erigió a los bravos Dragones Blancos; Berënion, el Señor del Bosque, que erigió a los ágiles y grandes gatos con punta en las orejas en forma de astas, llamados Linces; Edïona, la Señora de la Tierra, que erigió a los fuertes Lobos Negros; Aquium, el Señor del Mar, que erigió a las inteligentes y salvajes Orcas; y Sienus, el Señor del Hielo, que erigió a los fieros Osos Blancos.
      Y pasaron los años, los siglos, y el mundo fue cambiando por hechos importantes que sucedieron o simplemente por el paso del tiempo.
      Acaecieron grandes guerras, disputas interminables entre los dos bandos; lacras de muerte y maldad, epidemias y enfermedades. Hasta que sucedió un hecho único que hizo temblar los cimientos de la Existencia, y el mismísimo Señor de las Tinieblas se removió inquieto en su trono lúgubre del Averno.
      Un hecho que agitó el universo entero.
      Comenzó a tronar y el cielo resplandeció, y todos los seres mortales miraron temerosos al firmamento. Enesïon, el Señor de la Luz, reunió a los demás dioses y les comunicó lo que acababa de ocurrir en el bosque de Mür del planeta Tierra Leyenda: una joven bruja, una dîrus del Reino Oscuro, seguidora de su hermano gemelo Nedesïon, había renunciado a sus dioses del Averno en un templo sagrado del bosque, ante los humanos, y posteriormente había aceptado a sus nuevas deidades.
      —Has renunciado a los enemigos de Asërion y de los hombres, ¿aceptas ahora iniciar una nueva vida en defensa de la justicia y la verdad?—le preguntó el sacerdote del templo.
      —Sí, padre—dijo la joven—: Acepto.
      —¿Aceptas a Asërion como dios supremo de todos los mundos?
      —Sí, acepto.
      —¿Aceptas a Enesïon como el hijo del dios padre?
      —Sí, acepto.
      —¿Aceptas como dioses únicos y verdaderos a los Señores del Edén?
      —Sí, acepto.
      —¿Aceptas al padre Emo, como Patriarca Mayor de la Iglesia de la Luz?
      —Sí, acepto.
      —¿Aceptas a Rodrian como Rey de Castrum?
      —Sí, acepto.
      —Acabas de aceptar no solo delante de los hombres—el sacerdote miró atrás, donde se encontraban las figuras divinas de las deidades del paraíso—. Sino también delante de los Señores del Edén, tus nuevos dioses.
      Entonces, todas las deidades rezaron por el espíritu misericordioso de aquella bruja. Enesïon estaba satisfecho.
      —¿A quién de ellos oraras hasta el día de tu muerte?—preguntó otra vez el sacerdote.
      —A Edïona, la Señora de la Tierra—dijo la dîrus, y alargó la mano hacia Cannean, su lobo protector, que se hallaba a su lado, acariciándole su enorme cuello.
      Ahora somos inseparables, le dijo mentalmente al cánido: Rezamos a la misma diosa.
      Hasta el día de nuestra muerte, dijo el lobo.
      Ella sola, una simple dîrus del Reino Oscuro, había conseguido agitar los mismísimos cimientos del universo.
      Su nombre era Elinâ, Luz de Luna.


Elinâ
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