viernes, 8 de abril de 2016

Gustavo Adolfo Bécquer: LA PROMESA


Relato de Gustavo Adolfo Bécquer, poeta y narrador español perteneciente al Romanticismo.


I

     Margarita lloraba con el rostro oculto entre las manos; lloraba sin gemir, pero las lágrimas corrían silenciosas a lo largo de sus mejillas, deslizándose por entre sus dedos para caer en la tierra hacia la que había doblado su frente.

     Junto a Margarita estaba Pedro, quien levantaba de cuando en cuando los ojos para mirarla, y viéndola llorar tornaba a bajarlos, guardando a su vez un silencio profundo.

     Y todo callaba alrededor y parecía respetar su pena. Los rumores del campo se apagaban; el viento de la tarde dormía, y las sombras comenzaban a envolver los espesos árboles del soto.

     Así transcurrieron algunos minutos, durante los cuales se acabó de borrar el rastro de luz que el sol había dejado al morir en el horizonte; la luna comenzó a dibujarse vagamente sobre el fondo violado del cielo del crepúsculo, y unas tras otras fueron apareciendo las mayores estrellas.

     Pedro rompió al fin aquel silencio angustioso, exclamando con voz sorda y entrecortada y como si hablase consigo mismo:

     -¡Es imposible... imposible!

     Después, acercándose a la desconsolada niña y tomando una de sus manos, prosiguió con acento más cariñoso y suave:

     -Margarita, para ti el amor es todo, y tú no ves nada más allá del amor. No obstante, hay algo tan respetable como nuestro cariño, y es mi deber. Nuestro señor el conde de Gómara parte mañana de su castillo para reunir su hueste a las del rey Don Fernando, que va a sacar a Sevilla del poder de los infieles, y yo debo partir con el conde. Huérfano oscuro, sin nombre y sin familia, a él le debo cuanto soy. Yo le he servido en el ocio de las paces, he dormido bajo su techo, me he calentado en su hogar y he comido el pan a su mesa. Si hoy le abandono, mañana sus hombres de armas, al salir en tropel por las poternas de su castillo, preguntarán maravillados de no verme: -¿Dónde está el escudero favorito del conde de Gómara? Y mi señor callará con vergüenza, y sus pajes y sus bufones dirán en son de mofa: -El escudero del conde no es más que un galán de justes, un lidiador de cortesía.

     Al llegar a este punto, Margarita levantó sus ojos llenos de lágrimas para fijarlos en los de su amante, y removió los labios como para dirigirle la palabra; pero su voz se ahogó en un sollozo.

     Pedro, con acento aún más dulce y persuasivo, prosiguió así:

     -No llores, por Dios, Margarita; no llores, porque tus lágrimas me hacen daño. Voy a alejarme de ti; mas yo volveré después de haber conseguido un poco de gloria para mi nombre oscuro...

     El cielo nos ayudará en la santa empresa; conquistaremos a Sevilla, y el rey nos dará feudos en las riberas del Guadalquivir a los conquistadores. Entonces volveré en tu busca y nos iremos juntos a habitar en aquel paraíso de los árabes, donde dicen que hasta el cielo es más limpio y más azul que el de Castilla.

     Volveré, te lo juro; volveré a cumplir la palabra solemnemente empeñada el día en que puse en tus manos ese anillo, símbolo de una promesa.

     -¡Pedro! -exclamó entonces Margarita dominando su emoción y con voz resuelta y firme-. Ve, ve a mantener tu honra; -y al pronunciar estas palabras, se arrojó por última vez en brazos de su amante. Después añadió con acento más sordo y conmovido:- Ve a mantener tu honra pero vuelve..., vuelve a traerme la mía.

     Pedro besó la frente de Margarita, desató su caballo, que estaba sujeto a uno de los árboles del soto, y se alejó al galope por el fondo de la alameda.

     Margarita siguió a Pedro con los ojos hasta que su sombra se confundió entre la niebla de la noche; y cuando ya no pudo distinguirle, se volvió lentamente al lugar, donde la aguardaban sus hermanos.

     -Ponte tus vestidos de gala -le dijo uno de ellos al entrar-, que mañana vamos a Gómara con todos los vecinos del pueblo para ver al conde que se marcha a Andalucía.

     -A mí más me entristece que me alegra ver irse a los que acaso no han de volver -respondió Margarita con un suspiro.

     -Sin embargo -insistió el otro hermano-, has de venir con nosotros y has de venir compuesta y alegre: así no dirán las gentes murmuradoras que tienes amores en el castillo y que tus amores se van a la guerra.


II

     Apenas rayaba en el cielo la primera luz del alba, cuando empezó a oírse por todo el campo de Gómara la aguda trompetería de los soldados del conde, y los campesinos que llegaban en numerosos grupos de los lugares cercanos vieron desplegarse al viento el pendón señorial en la torre más alta de la fortaleza.

     Unos sentados al borde de los fosos, otros subidos en las copas de los árboles, éstos vagando por la llanura; aquéllos coronando las cumbres de las colinas, los de más allá formando un cordón a lo largo de la calzada, ya haría cerca de una hora que los curiosos esperaban el espectáculo, no sin que algunos comenzaran a impacientarse, cuando volvió a sonar de nuevo el toque de los clarines, rechinaron las cadenas del puente, que cayó con pausa sobre el foso, y se levantaron los rastrillos, mientras se abrían de par en par y gimiendo sobre sus goznes las pesadas puertas del arco que conducía al patio de armas.

     La multitud corrió a agolparse en los ribazos del camino para ver más a su sabor las brillantes armaduras y los lujosos arreos del séquito del conde de Gómara, célebre en toda la comarca por su esplendidez y sus riquezas.

     Rompieron la marcha los farautes que deteniéndose de trecho en trecho, pregonaban en voz alta y a son de caja las cédulas del rey llamando a sus feudatarios a la guerra de moros, y requiriendo a las villas y lugares libres para que diesen paso y ayuda a sus huestes.

     A los farautes siguieron los heraldos de corte, ufanos con sus casullas de seda, sus escudos bordados de oro y colores y sus birretes guarnecidos de plumas vistosas.

     Después vino el escudero mayor de la casa, armado de punta en blanco, caballero sobre un potro morcillo, llevando en sus manos el pendón de rico-hombre con sus motes y sus calderas, y al estribo izquierdo el ejecutor de las justicias del señorío, vestido de negro y rojo.

     Precedían al escudero mayor hasta una veintena de aquellos famosos trompeteros de la tierra llana, célebres en las crónicas de nuestros reyes por la increíble fuerza de sus pulmones.

     Cuando dejó de herir el viento el agudo clamor de la formidable trompetería, comenzó a oírse un rumor sordo, acompasado y uniforme. Eran los peones de la mesnada, armados de largas picas y provistos de sendas adargas de cuero. Tras éstos no tardaron en aparecer los aparejadores de las máquinas, con sus herramientas y sus torres de palo, las cuadrillas de escaladores y la gente menuda del servicio de las acémilas.

     Luego, envueltos en la nube de polvo que levantaba el casco de sus caballos, y lanzando chispas de luz de sus petos de hierro, pasaron los hombres de armas del castillo formados en gruesos pelotones, que semejaban a lo lejos un bosque de lanzas.

     Por último, precedido de los timbaleros, que montaban poderosas mulas con gualdrapas y penachos, rodeado de sus pajes, que vestían ricos trajes de seda y oro, y seguido de los escuderos de su casa, apareció el conde.

     Al verle, la multitud levantó un clamor inmenso para saludarle, y entre la confusa vocería se ahogó el grito de una mujer, que en aquel momento cayó desmayada y como herida de un rayo en los brazos de algunas personas que acudieron a socorrerla. Era Margarita, Margarita que había conocido a su misterioso amante en el muy alto y muy temido señor conde de Gómara, uno de los más nobles y poderosos feudatarios de la corona de Castilla.


III

     El ejército de Don Fernando, después de salir de Córdoba, había venido por sus jornadas hasta Sevilla, no sin haber luchado antes en Écija, Carmona y Alcalá del Río de Guadaira, donde, una vez expugnado el famoso castillo, puso los reales a la vista de la ciudad de los infieles.

     El conde de Gómara estaba en la tienda sentado en un escaño de alerce, inmóvil, pálido, terrible, las manos cruzadas sobre la empuñadura del montante y los ojos fijos en el espacio, con esa vaguedad del que parece mirar un objeto y, sin embargo, no ve nada de cuanto hay a su alrededor.

     A un lado y de pie, le hablaba el más antiguo de los escuderos de su casa, el único que en aquellas horas de negra melancolía hubiera osado interrumpirle sin atraer sobre su cabeza la explosión de su cólera. -¿Qué tenéis, señor? -le decía-. ¿Qué mal os aqueja y consume? Triste vais al combate y triste volvéis, aun tornando con la victoria. Cuando todos los guerreros duermen rendidos a la fatiga del día, os oigo suspirar angustiado; y si corro a vuestro lecho, os miro allí luchar con algo invisible que os atormenta. Abrís los ojos, y vuestro terror no se desvanece. ¿Qué os pasa, señor? Decídmelo. Si es un secreto, yo sabré guardarlo en el fondo de mi memoria como en un sepulcro.

     El conde parecía no oír al escudero; no obstante, después de un largo espacio, y como si las palabras hubiesen tardado todo aquel tiempo en llegar desde sus oídos a su inteligencia, salió poco a poco de su inmovilidad y, atrayéndole hacia sí cariñosamente, le dijo con voz grave y reposada:

     -He sufrido mucho en silencio. Creyéndome juguete de una vana fantasía, hasta ahora he callado por vergüenza; pero no, no es ilusión lo que me sucede.

     Yo debo de hallarme bajo la influencia de alguna maldición terrible. El cielo o el infierno deben de querer algo de mí, y lo avisan con hechos sobrenaturales.

     ¿Te acuerdas del día de nuestro encuentro con los moros de Nebrija en el aljarafe de Triana? Éramos pocos; la pelea fue dura y yo estuve a punto de perecer. Tú lo viste: en lo más reñido del combate, mi caballo herido y ciego de furor se precipitó hacia el grueso de la hueste mora. Yo pugnaba en balde por contenerle; las riendas se habían escapado de mis manos, y el fogoso animal corría llevándome a una muerte segura.

     Ya los moros, cerrando sus escuadrones, apoyaban en tierra el cuento de sus largas picas para recibirme en ellas; una nube de saetas silbaba en mis oídos: el caballo estaba a algunos pies de distancia del muro de hierro en que íbamos a estrellarnos, cuando..., créeme, no fue una ilusión, vi una mano que agarrándole de la brida lo detuvo con una fuerza sobrenatural, y volviéndole en dirección a las filas de mis soldados, me salvó milagrosamente.

     En vano pregunté a unos y otros por mi salvador; nadie le conocía, nadie le había visto.

     -Cuando volabais a estrellaros en la muralla de picas -me dijeron-, ibais solo, completamente solo; por eso nos maravillamos al veros tornar, sabiendo que ya el corcel no obedecía al jinete.

     -Aquella noche entré preocupado en mi tienda; quería en vano arrancarme de la imaginación el recuerdo de la extraña aventura; mas al dirigirme al lecho, torné a ver la misma mano, una mano hermosa, blanca hasta la palidez, que descorrió las cortinas, desapareciendo después de descorrerlas. Desde entonces, a todas horas, en todas partes, estoy viendo esa mano misteriosa que previene mis deseos y se adelanta a mis acciones. La he visto, al expugnar el castillo de Triana, coger entre sus dedos y partir en el aire una saeta que venía a herirme; la he visto, en los banquetes donde procuraba ahogar mi pena entre la confusión y el tumulto, escanciar el vino en mi copa, y siempre se halla delante de mis ojos, y por donde voy me sigue: en la tienda, en el combate, de día, de noche.... ahora mismo, mírala, mírala aquí apoyada suavemente en mis hombros.

     Al pronunciar estas últimas palabras, el conde se puso de pie y dio algunos pasos como fuera de sí y embargado de un terror profundo.

     El escudero se enjugó una lágrima que corría por sus mejillas. Creyendo loco a su señor, no insistió, sin embargo, en contrariar sus ideas, y se limitó a decirle con voz profundamente conmovida:

     -Venid..., salgamos un momento de la tienda; acaso la brisa de la tarde refrescará vuestras sienes, calmando ese incomprensible dolor, para el que yo no hallo palabras de consuelo.


IV

     El real de los cristianos se extendía por todo el campo de Guadaira, hasta tocar en la margen izquierda del Guadalquivir. Enfrente del real y destacándose sobre el luminoso horizonte, se alzaban los muros de Sevilla flanqueados de torres almenadas y fuertes. Por encima de la corona de almenas rebosaba la verdura de los mil jardines de la morisca ciudad, y entre las oscuras manchas del follaje lucían los miradores blancos como la nieve, los minaretes de las mezquitas y la gigantesca atalaya, sobre cuyo aéreo pretil lanzaban chispas de luz, heridas por el sol, las cuatro grandes bolas de oro, que desde el campo de los cristianos parecían cuatro llamas.

     La empresa de Don Fernando, una de las más heroicas y atrevidas de aquella época, había traído a su alrededor a los más célebres guerreros de los diferentes reinos de la Península, no faltando algunos que de países extraños y distantes vinieran también; llamados por la fama, a unir sus esfuerzos a los del santo rey.

     Tendidas a lo largo de la llanura, mirábanse, pues, tiendas de campaña de todas formas y colores, sobre el remate de las cuales ondeaban al viento distintas enseñas con escudos partidos, astros, grifos, leones, cadenas, barras y calderas, y otras cien y cien figuras o símbolos heráldicos que pregonaban el nombre y la calidad de sus dueños. Por entre las calles de aquella improvisada ciudad circulaban en todas direcciones multitud de soldados que hablando dialectos diversos, y vestidos cada cual al uso de su país y cada cual armado a su guisa, formaban un extraño y pintoresco contraste.

     Aquí descansaban algunos señores de las fatigas del combate sentados en escaños de alerce a la puerta de sus tiendas y jugando a las tablas, en tanto que sus pajes les escanciaban el vino en copas de metal; allí algunos peones aprovechaban un momento de ocio para aderezar y componer sus armas, rotas en la última refriega; más allá cubrían de saetas un blanco los más expertos ballesteros de la hueste entre las aclamaciones de la multitud, pasmada de su destreza; y el rumor de los atambores, el clamor de las trompetas, las voces de los mercaderes ambulantes, el golpear del hierro contra el hierro, los cánticos de los juglares que entretenían a sus oyentes con la relación de hazañas portentosas, y los gritos de los farautes que publicaban las ordenanzas de los maestres de campo, llenando los aires de mil y mil ruidos discordes, prestaban a aquel cuadro de costumbres guerreras una vida y una animación imposibles de pintar con palabras.

     El conde de Gómara, acompañado de su fiel escudero, atravesó por entre los animados grupos sin levantar los ojos de la tierra, silencioso, triste, como si ningún objeto hiriese su vista ni llegase a su oído el rumor más leve. Andaba maquinalmente, a la manera que un sonámbulo, cuyo espíritu se agita en el mundo de los sueños, se mueve y marcha sin la conciencia de sus acciones y como arrastrado por una voluntad ajena a la suya.

     Próximo a la tienda del rey y en medio de un corro de soldados, pajecillos y gente menuda que le escuchaban con la boca abierta, apresurándose a comprarle algunas de las baratijas que anunciaba a voces y con hiperbólicos encomios, había un extraño personaje, mitad romero, mitad juglar, que ora recitando una especie de letanía en latín bárbaro, ora diciendo una bufonada o una chocarrería, mezclaba en su interminable relación chistes capaces de poner colorado a un ballestero con oraciones devotas, historias de amores picarescos con leyendas de santos. En las inmensas alforjas que colgaban de sus hombros se hallaban revueltos y confundidos mil objetos diferentes: cintas tocadas en el sepulcro de Santiago; cédulas con palabras que él decía ser hebraicas, las mismas que dijo el rey Salomón cuando fundaba el templo, y las únicas para libertarse de toda clase de enfermedades contagiosas; bálsamos maravillosos para pegar a hombres partidos por la mitad; Evangelios cosidos en bolsitas de brocatel; secretos para hacerse amar de todas las mujeres; reliquias de los santos patronos de todos los lugares de España: joyuelas, cadenillas, cinturones, medallas y otras muchas baratijas de alquimia de vidrio y de plomo.

     Cuando el conde llegó cerca del grupo que formaban el romero y sus admiradores, comenzaba éste a templar una especie de bandolín o guzla árabe con que se acompaña en la relación de sus romances. Después que hubo estirado bien las cuerdas unas tras otras y con mucha calma, mientras su acompañante daba la vuelta al corro sacando los últimos cornados de la flaca escarcela de los oyentes, el romero empezó a cantar con voz gangosa y con un aire monótono y plañidero un romance que siempre terminaba con el mismo estribillo.

     El conde se acercó al grupo y prestó atención. Por una coincidencia, al parecer extraña, el título de aquella historia respondía en un todo a los lúgubres pensamientos que embargaban su ánimo. Según había anunciado el cantor antes de comenzar, el romance se titulaba el Romance de la mano muerta.

     Al oír el escudero tan extraño anuncio, pugnó por arrancar a su señor de aquel sitio, pero el conde, con los ojos fijos en el juglar, permaneció inmóvil, escuchando esta cantiga: 



I

La niña tiene un amante 

que escudero se decía;

el escudero le anuncia

que a la guerra se partía.

-Te vas y acaso no tornes.

-Tornaré por vida mía.

Mientras el amante jura,

diz que el viento repetía:


II

¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!

El conde con la mesnada

de su castillo salía:

ella, que le ha conocido,

con gran aflicción gemía:

-¡Ay de mí, que se va el conde

y se lleva la honra mía!

Mientras la cuitada llora,

diz que el viento repetía:

¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!


III     

Su hermano, que estaba allí,

éstas palabras oía:

-Nos has deshonrado, dice.

-Me juró que tornaría.

-No te encontrará, si torna,

donde encontrarte solía.

Mientras la infelice muere,

diz que el viento repetía:

¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!


IV

Muerta la llevan al soto,

la han enterrado en la umbría;

por más tierra que la echaban,

la mano no se cubría:

la mano donde un anillo

que le dio el conde tenía.

De noche, sobre la tumba,

diz que el viento repetía:

¡Mal haya quien en promesas de hombre fía!

     Apenas el cantor había terminado la última estrofa, cuando rompiendo el muro de curiosos, que se apartaban con respeto al reconocerle, el conde llegó adonde se encontraba el romero, y cogiéndole con fuerza del brazo, le preguntó en voz baja y convulsa:

     -¿De qué tierra eres?

     -De tierra de Soria -le respondió éste sin alterarse.

     -¿Y dónde has aprendido ese romance? ¿A quién se refiere la historia que cuentas? -volvió a exclamar su interlocutor, cada vez con muestras de emoción más profunda.

     -Señor -dijo el romero clavando sus ojos en los del conde con una fijeza imperturbable-, esta cantiga la repiten de unos en otros los aldeanos del campo de Gómara y se refiere a una desdichada cruelmente ofendida por un poderoso. Altos juicios de Dios han permitido que al enterrarla quedase siempre fuera de la sepultura la mano en que su amante le puso un anillo al hacerle una promesa. Vos sabréis quizá a quién toca cumplirla.


V

     En un lugarejo miserable y que se encuentra a un lado del camino que conduce a Gómara, he visto no hace mucho el sitio en donde se asegura tuvo lugar la extraña ceremonia del casamiento del conde.

     Después que éste, arrodillado sobre la humilde fosa, estrechó en la suya la mano de Margarita, y un sacerdote autorizado por el Papa bendijo la lúgubre unión, es fama que cesó el prodigio, y la mano muerta se hundió para siempre.

     Al pie de unos árboles añosos y corpulentos hay un pedacito de prado, que al llegar la primavera se cubre espontáneamente de flores.

     La gente del país dice que allí está enterrada Margarita.



miércoles, 6 de abril de 2016

EXPOSICIÓN DE LA NOVELA DE FANTASÍA ÉPICA ELINÂ (SAGA LOS SEÑORES DEL EDÉN) (VOL. 2)


La novela Elinâ es la segunda entrega de la serie Los Señores del Edén. Aquí encontraréis numerosos datos interesantes.





  • En primer lugar quiero dar las gracias a todos los que leáis esta exposición.


  • Mi nombre es Miguel Costa, y soy el autor de la novela de fantasía épica Elinâ, segundo volumen de la saga Los Señores del Edén.


  • Elinâ es mi segunda novela escrita y publicada, y editada a través de la plataforma de internet CreateSpace, perteneciente a la compañía de comercio electrónico Amazon. Y está disponible tanto en formato digital como en papel.


  • Tardé seis meses en escribir el manuscrito, y después realicé varias revisiones hasta dejar el texto definitivo.


  • Las ilustraciones, portada y contraportada, son obra de mi amigo Fran Lozano, que también es el creador de mi página web y este blog llamado Los Señores del Edén.


  • Como ya he anunciado antes, Elinâ es una novela que pertenece a la fantasía épica, es decir, pertenece a un subgénero del mismo género fantástico. Éste género fantástico pertenece a uno de los tres grandes géneros de la ficción: la fantasía, la ciencia ficción y el terror.


La fantasía épica está muy presente en la literatura, en el cine y en los juegos de rol. Se caracteriza por la aparición de seres mitológicos o fantásticos y se desarrolla en escenarios principalmente medievales, antiguos o en general en sociedades con metodologías atrasadas y donde predomina “lo mágico y lo épico”.


    La cualidad común de las obras de fantasía épica es que los protagonistas llevan una vida convencional, hasta que de pronto una anomalía cambia sus vidas por completo, se convierten en héroes y luchan contra todo tipo de peligros.


      • La novela en sí consta de un Prólogo, tres partes llamadas Leviatán, Sombras y Diabólica, y un Epílogo. Igualmente, termina con un Apéndice donde describo minuciosamente los personajes y objetos importantes, las estirpes (o razas), y los dioses.


      • El libro se desarrolla en un universo denominado La Existencia, y, concretamente, en el planeta Tierra Leyenda.


      En ese universo hay infinitos mundos (planetas) que giran paralelos en tiempos y épocas diferentes. En definitiva, se puede decir que existe un multiuniverso.


      • El planeta Tierra Leyenda se divide en reinos, como Castrum (antigua Enesïa, que significa Tierra de la Luz), el reino de los hombres y de los animales mágicos; Enïûn, el reino subterráneo de los securis; Elïnor, el reino del bosque de los auris; Reino Oscuro, el reino de los monstruos tarkos y de los brujos dîrus; Krön y Esión, los reinos del sur de los humanos y animales mágicos; Vacuan, el reino estepario de los centauros; Tetrum, el mundo subterráneo de los fidus, trols, gonis, etcétera; Eneîrok, el reino subterráneo del sur de los securis; etcétera.


      • Las estirpes más importantes son los humanos, y los mencionados auris, securis y las diferentes razas que residen en el Reino Oscuro.


      -Los humanos: Se dedican a muy diferentes oficios. En el norte los ejércitos están compuestos por fuertes soldados, y en el sur por expertos legionarios. Destacan los magos y los monjes guerreros de la llamada Orden del Têlum (Orden religiosa-militar).

      -Los auris: Son seres mágicos. Son altos como los hombres. Tienen rostros elegantes, ojos de gato y orejas grandes y terminadas en punta. Son grandes artistas, bardos, comerciantes y, sobre todo, extraordinarios guerreros.

      -Los securis: Son seres pequeños, de un metro veinte de altura, aproximadamente. Tienen grandes narices, y barbas largas. Son seres nobles, pero huraños con otras estirpes. Asimismo, son guerreros o mineros principalmente.

      -Los dîrus: Son poderosos brujos. Tienen rostros elegantes, orejas terminadas en punta, ojos de serpiente y, en general, son semejantes a los propios auris, pero son sus enemigos.

      -Los fidus: Son seres mágicos de pequeña envergadura como los securis. Tienen rostros de rasgos elegantes, orejas grandísimas terminadas en punta y ojos de gato como los auris.

      -Los monstruos: Hay varias estirpes:
      Los tarkos: Son seres guerreros, con caras porcinas.
      Los minotauros: Son seres mitad hombre y mitad toro.
      Los lûctos: Son dragones negros.
      igualmente, existen otros monstruos como los gigantes, los taen, los gonis, los centauros, los trols, etcétera.

      -Otras estirpes de los bosques:
      Los moiks: Son magos.
      Las alias: Son hadas.
      Los dems: Son hombres-árboles.
      Las eshïas: Son brujas.
      Los suiks: Son una especie de securis del bosque.
      Los thins: Son seres inteligentes parecidos a primates.



      • Por otro lado, dentro de las estirpes, también se encuentran los animales mágicos, que son seres superiores, de tamaño enorme, y se pueden trasmitir por la mente (telepáticamente). Son las Águilas, los Linces, los Lobos, los Osos, las Orcas, y los Dragones; también los iguánidos. Luchan a favor de los humanos, excepto los iguánidos (aliados de los dîrus del sur).


      • Asimismo, Tierra Leyenda y toda la Existencia se rigen por unas normas celestiales, y esas normas son las que imponen los Dioses del Edén y del Averno.



      El Edén y el Averno son los mundos inmateriales e inmortales donde moran tanto los Dioses como los Semidioses y los Ángeles, dependiendo de su naturaleza. Dentro de ambos se encuentra el Mundo de los espíritus del cielo y el Mundo de los espíritus del infierno, que son los mundos de los muertos.

      Algunos Dioses principales son:
      -Asërion, el Dios Supremo
      -Arënia, esposa de Asërion
      -Enesïon, el Señor de la Luz, hijo de Asërion (creador de hombres y auris)
      -Nedesïon, el Señor de las Tinieblas, hijo de Asërion (creador brujos y monstruos)
      -Berënion, el Señor del Bosque (creador de los linces)
      -Aquesïon, el Señor del Cielo (creador de las águilas)
      -Edïona, la Señora de la Tierra (creadora de los lobos)
      -Droun, el Señor del Fuego (creador de los dragones)
      -Zhohor, el Señor de la Montaña (creador de los securis)
      -Aquium, el Señor del Mar (creador de las orcas)
      -Sienus, el Señor del Hielo (creador de los osos)
      -Duêlia, la Señora de la Muerte (creadora de los gonis)
      -Bêssut, el Señor del Caos, emisario del Señor de las Tinieblas
      -Prûk, el Señor del Silencio (creador de los “hombres serpiente” llamados culiêns)
      -Usïon, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales, creador de los vetus
      -Aresïa, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales
      -Eserïon, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales
      -Amïa, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales
      -Elenïon, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales
      -Ebenïa, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales
      -Udon, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales
      -Seyka, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales
      -Amïon, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales
      -Urô, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales
      -Elanïa, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses Inmemoriales
      -Ada, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Emûn, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Elïa, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Nïon, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Madia, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Cron, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Abia, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Sen, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Naidïa, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Ama, hija de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Enïdon, hijo de Asërion, miembro de los Once Dioses de las Estrellas
      -Area, primera esposa de Nedesïon
      -Leyna, primera esposa de Enesïon
      -Edo, amante de Leyna



      Los semidioses del Edén son los Guardianes del Cosmos, y los semidioses del Averno los Daemons.

      Los ángeles del Edén son los Ángeles del cielo o Xanïas, y los ángeles del Averno los Ángeles del infierno o Enâis.


      • Para finalizar, Elinâ es una novela llena de imaginación y magia, ambientada en un mundo pseudo-medieval, donde se mezcla la fantasía y el suspense.


      Es la segunda entrega de la saga Los Señores del Edén. Aunque en un principio escribí la primera parte, Valesïa, como novela única, poco después el mundo de Tierra Leyenda me atrapó y en mi mente se formaron más historias que debía, obviamente, plasmar en una saga.

      Si con Valesïa comenzaba la aventura con la apocalíptica Guerra de las Espadas, ahora con Elinâ los auris volverán a recorrer los bosques mágicos y grandiosos de Tierra Leyenda para proteger la inigualable Bola de Cristal.


      Muchas gracias
      Miguel Costa


      ***


      Nota de prensa publicada en varias páginas webs de Internet:


      Publicación del libro de fantasía Elinâ (Vol. 2 saga Los Señores del Edén)

      El día 01 de diciembre de 2015 se publicó, en formato papel, en la plataforma de Internet Amazon, la novela de fantasía épica Elinâ, perteneciente a la segunda entrega de la saga Los Señores del Edén.
      Dicha novela también está disponible, en formato eBook, en varias plataformas de comercio electrónico como Amazon, Google Play, La Casa del Libro y Bubok.


      Sobre el autor:

      Miguel Costa nació en Murcia (España) en 1975. Es amante de la Historia y desde muy joven aficionado a la lectura, sobre todo a la literatura fantástica, de terror y policíaca. Es seguidor empedernido de escritores como Stephen King, R.A. Salvatore, J.R.R. Tolkien o Edgar Allan Poe, entre otros.
      Es autor de la novela de fantasía épica Valesïa, perteneciente a la saga Los Señores del Edén, su primera obra publicada; Senderos Oscuros, un libro de versos considerado un Apéndice de Valesïa; y El Pasaje del Diablo, un libro compuesto por diez relatos cortos de terror. Elinâ es la segunda entrega de la saga Los Señores del Edén.



      Sinopsis de la novela:

      Veinte años después de la apocalíptica Guerra de las Espadas, una nueva amenaza ensombrece los reinos del mundo de Tierra Leyenda.
      Esta vez, Elinâ, la hermosa bruja del Reino Oscuro bendecida por los mismísimos Señores del Edén, seguidora de la diosa Edïona, la Señora de la Tierra, se sumergirá en una auténtica aventura épica junto con su protector el lobo negro Cannean y los mejores guerreros y magos designados por el poderoso Guardián del Cosmos Tag.
      Los Elegidos deberán recuperar la Bola Orbe, una bola de cristal de poder infinito, y evitar que el Enemigo la transporte al Averno. Si no consiguen su objetivo, no solo Tierra Leyenda estará en peligro, sino muchísimos mundos del multiuniverso que giran paralelos en tiempos y épocas diferentes.
      La novela Elinâ está inspirada en la canción Tierras de Leyenda de la banda española de música rock Tierra Santa.
      Segunda novela de la trilogía Los Señores del Edén.


      Información de la novela:

      • Título: Elinâ (Vol. 2 saga Los Señores del Edén)
      • Autor: Miguel Costa
      • Los Señores del Edén:
      http://www.miguelcostablog.com
        http://www.miguelcostaweb.com
        • Ilustrador: Fran Lozano
        http://www.franlozanowebart.es
        • Editorial: CreateSpace
        • Primera edición: Diciembre, 2015
        • Formato: Papel
        • Páginas: 224
        • Idioma: Español/Castellano
        • ISBN-13: 978-1519517081
        • ISBN-10: 1519517084
        • Venta en la plataforma de internet Amazon:
        http://www.amazon.es/Elinâ-Los-Señores-del-Edén/dp/1519517084



          Formulario de contacto:

          lunes, 4 de abril de 2016

          Elinâ: EL MERCADO




          El mercado de Baria era grandísimo y se extendía por buena parte de las calles de la ciudadela.

          Había puestos de venta de todo tipo: vendedores de objetos de cerámica y porcelana, plata y joyas, cuero, escudos heráldicos, madera, cristal, hierbas medicinales, incienso y hasta juguetes artesanales. También bisutería, vendedores de papel, artesanía en forja, decoración, cestería, perfumes y jabones de esencias naturales. Del mismo modo, abundaban los puestos en los que se vendían al menudeo artículos alimentarios de quesos y embutidos de todo tipo, frutos secos, caramelos, fruterías y pastelerías con una gran variedad de pan, cocas y dulces; cetrería, títeres y otros entretenimientos diversos.

          Un trovador tocaba un arpa vieja y cantaba una hermosa canción, mientras el gentío escuchaba atento.




          Capítulo 1 de la Primera Parte (Leviatán)


          Valesïa
          Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2015


          sábado, 2 de abril de 2016

          Elinâ: PRIMERA PARTE "LEVIATÁN", CAPÍTULO 6


                     Elinâ: Primera Parte "Leviatán", Capítulo 6



          6
          Thear, el Gran Maestre de la Orden del Têlum del reino de Castrum, sucesor de Moïn, el héroe mártir de la Guerra de las Espadas, portador de la espada mágica Cortadora, heredada desde tiempos inmemoriales por los jerarcas de la Orden, ostentaba tratamiento eclesiástico de obispo o patriarca, y militar de comandante, equiparado a general superior del ejército ordinario. Además, entre los otros empleos castrenses existentes de la Institución, se había creado recientemente la figura del Senescal, principal ayudante del propio Gran Maestre.

          En consecuencia, la Orden era una organización religioso-militar, compuesta por los conocidos y temidos monjes guerreros llamados caballeros têlmarios. Têlum en la lengua común significaba «Arma».

          Su estandarte era un sol atravesado por cinco rayos, su lema «Te seguimos a Ti, Señor, en la vida y en la muerte», y su patrón San Lorem de Baren.

          La Orden no dependía ni del ejército ni de la iglesia, aunque en realidad era una mezcla de ambas organizaciones, y sus miembros contaban con la bendición de los religiosos y oraban en los templos, y por supuesto también combatían codo con codo con los militares. Era un cuerpo privilegiado y gran parte de sus hombres habían luchado antaño en la castigada ciudad de Bastión contra los monstruos y dîrus del Reino Oscuro.

          Su doctrina, similar a la de la Iglesia de la Luz y otras iglesias afines extendidas por Tierra Leyenda, consistía en una serie de normas y leyes canonizadas —oraciones, evangelios y textos recogidos en el libro sagrado del Edïon— transmitidas por el dios Enesïon, el Señor de la Luz, y sus inferiores a los hombres a través de los santos y, sobre todo, de los xanïas, los propios ángeles del cielo que eventualmente se trasladaban a los mundos materiales de la Existencia para instruir —y en ocasiones ayudar— a los simples mortales.

          La oración principal del Edïon era el Voto Santo, que los têlmarios imploraban a diario, y que decía así:

          «Dios Enesïon, hijo del Padre Único; vástago del Dios Regio. Dios Enesïon, Señor del Edén, creador de los hombres y del universo. Dios Enesïon, Señor inmortal, de poder perpetuo: acógenos en tu Reino. Por eso te bendecimos y adoramos, te suplicamos tanto en la tierra como en el cielo. Por tu gloria vivimos, por tu gloria moriremos».

          Asimismo, el Edïon estaba compuesto por nueve evangelios y dieciocho libros, escritos por los primeros monjes que surgieron en la Antigüedad.

          Los têlmarios, además de acatar el dogma de la Iglesia, debían obediencia a los reyes, gobernadores, caciques y jefes del ejército, siempre dentro de la legalidad y justicia, obviamente.

          Los monjes guerreros no poseían un forzoso celibato, como otras órdenes o congregaciones eclesiásticas dedicadas por completo a la oración y vida de clausura en sus templos; sin embargo, debido a su singular modo de vida errante, muchos de ellos lo aceptaban con gusto tras un juramento. También tenían a menudo relaciones carnales con mujeres sin estar oficialmente casados, algo no bien visto por los demás religiosos ajenos a la Orden, aunque aceptado por los jefes têlmarios.

          En cuanto a su atuendo, los altos y fornidos monjes guerreros portaban grandes espadas de acero y resistentes armaduras y yelmos, e iban envueltos en ropajes marrones, con un sol rojo bordado en el pecho, símbolo de la libertad que representaba su fe hacía el dios Enesïon. Conjuntamente, todos llevaban la cabeza afeitada, una enorme perilla sin bigote y uno o varios pendientes de plata en forma de aro en los lóbulos de las orejas.

          Como grandes guerreros que eran, los caballeros têlmarios no tenían miedo a nada, ni siquiera a la propia muerte.



          Thear contrajo matrimonio años atrás con Iria, una hermosa doncella de la Corte; sin embargo, poco después enviudaría al perecer la joven al dar a luz a su única hija Lenia, con el tiempo convertida en excelente capitana del ejército de Tolen. Iria sería su único amor.

          El monje guerrero caminó rápido, seguido de tres subordinados, por el pasillo del Castillo del Sol de Tolen, y llegó a una sala pequeña, pero bien decorada. Allí se encontró con Ibis, el consejero real asesor personal de su majestad el rey Rodrian, que lo esperaba impaciente.

          Los hombres se dieron la mano y se saludaron.

          —¿Cómo está Su Majestad? —preguntó el comandante.

          El rey se encontraba enfermo. Ya no podía ingerir líquidos ni alimentos, y se esperaba su inminente fallecimiento. El monarca cruzaría pronto el pasillo de luz y se encontraría en la otra vida con su amada esposa la reina Daria, fallecida un año atrás. Cuando muriera, su hijo Alean se convertiría en el nuevo rey de Castrum.

          —Peor —respondió el consejero con el rostro ensombrecido.

          El monje guerrero apretó los dientes.

          —Los médicos y los magos ya no pueden hacer nada por su vida —continuó diciendo Ibis.

          —Tristes noticias —dijo Thear.

          —Por supuesto —indicó el consejero real, mirándolo fijamente—. Antes de morir, os quiere ver.

          El comandante asintió.

          —Vamos —dijo.

          Al momento, se pusieron en marcha.




          Elinâ
          Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2015



           

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