lunes, 5 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 7



Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 7

7


Del sur llegaron noticias aciagas, y Rodrian tomó al fin decisiones irreversibles.
De Tolen salieron nueve halcones. El mensaje que portaban era el mismo para todos los gobernantes.

La rapaz primera llegó a Coren, la segunda a Sagur, y luego a Puerto del Este, Baren, Puerto Grande, Galiun, Zurión y Puerto Frío, respectivamente, y la última a la ciudad milenaria de Mür.

Los halcones eran animales que gozaban de gran inteligencia, pero no podían transmitirse con la mente, así que portaban una carta atada a sus patas.

—¿Señor? —reclamó el mayordomo, llamando a la puerta.

—Pasa, Actéo —ordenó Cícleo. 

El hombre se encontraba en el escritorio de su habitación, donde repasaba varias cuentas de gastos en víveres que le había llevado Zino, el contable del castillo.

—Ha llegado un halcón de la Corte. Traía esto —le entregó un tubo fino y alargado. En su interior estaba la carta, enrollada.

Arrancó el sello de cera grandísimo que cerraba el sobre, con la forma de un castillo con dos torreones laterales y uno más grande en el centro. En el torreón grande había dos ventanas y en los otros, una. 

En la parte inferior del castillo había dibujada una puerta; encima de ésta, otros dos ventanucos y, en medio de ambos, un sol atravesado por cinco rayos, aunque parecía que salían diez rayos del astro. Sobre el castillo yacía una corona real.

Sacó el pergamino de dentro. En su parte superior estaba dibujado el emblema de Castrum, un castillo coronado igual al del sello, pero con la puerta de color azul y el sol y los rayos, rojos. Lo desenrolló y leyó para sí mismo:

«EDICTO REAL»

Ponía en letra elegante.

«Grandes señores del Reino.
Descendientes de Nortreum, Rotrum y otros países lejanos. Nuestras patrias que abandonamos en la Antigüedad para asentarnos en esta tierra de poderosos animales, seres superiores, y, en tiempos pasados, auris. En esta tierra de luz…».

La carta no se extendía mucho, pero Cícleo, atónito, tuvo que leerla otra vez. No podía creer lo que decía: el rey informaba que las guerras del sur se daban por concluidas. Bastión había sido prácticamente derrotado, y su población se preparaba para iniciar un éxodo masivo hacia el lejano norte.

Rodrian también comunicaba que numerosas orcas llegaron días atrás a la ciudad costera de Puerto Grande, en el mar del Oeste, e informaron de las matanzas de los cetáceos por los crasens, y de los batallones interminables de monstruos que avanzaban sin descanso por el litoral oeste del Reino Oscuro hasta Sombra.

Por último, aconsejaba el éxodo de todos los habitantes del reino hacia el norte y la forma de realizar dicho éxodo: se ejecutaría de forma escalonada y, dependiendo de la ciudad que se tratase, sus poblaciones tendrían que dirigirse a un lugar concreto. Los habitantes de Puerto del Este y Sagur partirían hacia Baren; los habitantes de Puerto Grande hacia Puerto Frío; los habitantes de Coren, Tolen y Bastión hacia Galiun; y los habitantes de Zurion, primero hacia Puerto Grande y, después, a Puerto Frío. Finalmente, las gentes de Mür marcharían hacia Puerto del Este y después hacia Baren.

El final del edicto decía simplemente:

Que los dioses nos protejan.

Tolen, 20 de agosto del año 1.104 de la Edad Nueva.
Rodrian Assis VI, Rey de Castrum.

Más abajo de las últimas palabras aparecía el sello real y la rúbrica del rey.
Cícleo levantó la vista y miró al mayordomo.

—Convoca al Consejo —dijo—. Dentro de una hora, todos en la sala.

Actéo asintió.

—Como ordene, mi señor —dijo el hombre.

—Y que vayan varios escribanos…, como mínimo diez; hay que difundir el edicto del rey a todas las comarcas.

El mayordomo, apresurado, salió de la alcoba tan rápido que no pudo ver la cara de preocupación de su señor.





Valesïa
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domingo, 4 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 6



Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 6

6

Un legionario corpulento, uniformado con ropajes marrones y protegido con una armadura de acero, atacó por la derecha con su espada larga y pesada. Fue una estocada rápida, dirigida al costado de su adversario. Pero el otro, más ágil, desvió la embestida con un salto lateral que dejó sorprendidos a los concurrentes, que no paraban de gritar y animar. El salto fue asombroso.

Llevaban ya veinte minutos, poco más o menos, combatiendo, y el cansancio hizo mella en ambos. Además, era medio día y el sol de verano abrasaba la tierra.

Los dos guerreros iban protegidos con yelmos y armaduras. El más corpulento lucía en el centro de su armadura un gran sol atravesado por varios rayos rojos, y su enemigo, unos pantalones ceñidos y oscuros y una ligera cota de malla, pero igual de resistente que la armadura del otro.

De repente, la lucha se avivó y los duros golpes se sucedieron como relámpagos. La fuerza y la destreza de uno contra la agilidad y la pericia del otro.

El más ágil cayó al suelo y, cuando su oponente se disponía a rematar la liza con un golpe certero, giró a su izquierda a una velocidad de vértigo, se levantó, dio una arriesgada voltereta hacia adelante y, abalanzándose violentamente, situó su espada en el cuello de su adversario.

—¡Muerto! —exclamó Valesïa. 

Mientras, se quitaba el yelmo, retiraba la espada y la metía en la funda. En su rostro se dibujó una amplia sonrisa.

—¡Demonios! —maldijo Thear, el monje guerrero—. ¿Cómo has hecho eso? —Los espectadores rieron fuertemente. Algunos fueron marchándose y volvieron a sus quehaceres, y otros comenzaron a entrenar en el patio de armas—. ¿Te lo ha enseñado Tácis?

—No, no… —A la muchacha le faltaba la respiración—. De eso nada.

—Eres más ágil que una pantera —dijo el monje guerrero mientras se pasaba una mano enguantada por su cabeza rapada, llena de sudor.

Valesïa rio por el cumplido.

—Una gran luchadora —prosiguió el hombre—. La mejor discípula que he tenido nunca.

—¡Discípula! —sonrió Valesïa con malicia—. ¿Cuándo una discípula vence a su maestro?

Thear soltó un gruñido, pero Valesïa, divertida, rio a carcajadas. 

El escudero del monje guerrero ayudó al hombre a despojarse de su pesada armadura, y otro sol rojo apareció dibujado en su hábito, igual que el anterior. Mientras, la muchacha se quitó su cota de malla y se secó el sudor con una toalla. Al final, marcharon hacia la taberna del castillo y Thear pidió al tabernero cerveza para los dos. Cuando el hombre, de estatura baja y piel morena, llevó dos jarras, el corpulento monje guerrero se bebió la suya de un trago y eructó sin miramientos. Luego pidió otra.

—Eres muy buena —dijo, asintiendo y con una sonrisa—. La mejor guerrera que conozco, de eso no me cabe duda.

Valesïa agradeció otra vez el cumplido. Recordó que aquella misma mañana, a primera hora, había visitado a Tag, el mago. Habían hablado de los auris, de los animales mágicos y de los sueños, como era lógico.

—En los sueños hay magia —le había dicho Tag mientras fumaba muy despacio en su pipa—. Y como bien te ha dicho el erudito, los auris les dan mucha importancia. La magia no sólo se aprende, se lleva dentro. Y tú más que nadie, Valesïa. Tu «magia auri» hace que tus sueños sean más reales que los de cualquier hombre corriente. Hazle caso a los sueños según te dicte tu corazón y tu mente. —Se le acabó el tabaco y dejó la pipa sobre la mesa, después de limpiarla, dándole unos suaves golpecillos en un cenicero, donde cayó el tabaco quemado—. Tu físico se parece también al de los auris: ojos rasgados, eres delgada, ágil, y hasta tienes la piel clara, igual que ellos, sí señor, y eres muy buena guerrera, por supuesto. —La habitación estaba llena de humo y la muchacha tosió, aunque en realidad no le desagradaba el olor del tabaco de la pipa, que olía a menta y a hierbabuena—. Y hasta orejas grandes… sólo te faltaría que terminaran en punta, y no descarto que llegues a tenerlas así —dijo, guiñándole un ojo y sonriendo maliciosamente.

Valesïa se quedó boquiabierta y, en un acto reflejo, se tocó las orejas mientras el mago soltaba una carcajada.

—En lo referente a los linces —siguió diciendo el mago— son animales mágicos. Sí, sí, Bêlion también ha acertado al decirte que son la creación de un gran dios… Antaño eran numerosos, pero, eso sí, nunca han salido mucho de sus bosques, su hogar ancestral. Pero al marcharse los auris fueron extinguiéndose poco a poco y hasta hoy en día les cuesta mucho reproducirse. Eran los protectores de los auris que vivían en los bosques. Sus más fieles compañeros…

Thear metió una mano en el bolsillo de su atuendo y sacó una cadena de color rojo, muy llamativa. En ella había una figura con la forma de un corazón, del mismo color. La joya resplandecía como los rayos del sol al amanecer y Valesïa la miró, maravillada.

—Esto es para ti —dijo mientras se la colgaba en el cuello.

—¿Qué es? —preguntó.  

—Un amuleto. Es el Corazón de Enëriel, así se llama.

—Es precioso —murmuró Valesïa—. ¿Enëriel?

—Una antigua reina auri —explicó el monje guerrero—. Vivió hace muchísimos años.

—¿Y qué simboliza? —Acarició el corazón con sus dedos y notó su potente magia en las yemas. Varias imágenes tomaron forma en su cabeza y sin comprender el motivo supo que Enëriel era la dama auri que aparecía en sus sueños, la dama de los largos cabellos rubios. Ahora, además de confusa también estaba intrigada.

—Enëriel fue la esposa de un gran rey auri llamado Eäliadel —continuó Thear—. Ese rey fue asesinado. Si miras bien, verás cómo en el corazón hay tallada una línea fina en el centro. —Valesïa asintió con un movimiento de cabeza—. Un corazón roto. Representa el enorme sufrimiento que sufrió la reina por la muerte de su esposo. Este amuleto es muy poderoso. Con él conseguirás casi todo lo que desees.

—¿De verdad? —preguntó la muchacha, asombrada—. ¿Cómo es posible? —seguía sin apartar la mirada del amuleto, hipnotizada con su magia.

—Busca siempre la justicia —explicó el monje guerrero.

—¿Cómo?

—Ya irás descubriéndolo —dijo el hombre sin dar más explicaciones.

—¿Es antiguo?

—Mucho —informó Thear—. A mí me lo entregó mi antiguo maestro y superior de mi orden, Moïn.

—¿Por qué me lo das? —La muchacha seguía sin comprender. 

—Moïn me lo entregó el día que le vencí en combate —mintió el monje guerrero mientras sonreía fingidamente.

—Cuéntame algo más de Enëriel, Thear —pidió Valesïa.

El monje guerrero asintió.

—De acuerdo —dijo—. Para los auris fue una reina muy querida, y tras su muerte la veneraron casi como a una xanïa.

La muchacha también asintió. Los xanïas eran ángeles del cielo, protectores de los dioses y eternos enemigos de los enâis, los ángeles del infierno.

—Enëriel murió pocos años después que Eäliadel —continuó el monje guerrero— y el misterio rodea su muerte. La auri aún era joven y podría haber vivido cientos de años más.

—¿Qué ocurrió entonces?

—Veneno —dijo Thear en voz más baja. Los clientes abarrotaban el establecimiento y el ruido de risas y voces era ensordecedor—. Los historiadores, eclesiásticos, eruditos y magos cuentan que la mujer auri perdió la cabeza, se volvió loca y optó por llegar así al mundo de los espíritus.

—¡Oh!

—Cubrieron su cuerpo con sus cenizas y con la espada de su esposo, que ella misma había guardado.

El monje guerrero se tocó su larga perilla, sin bigote.

—¿Dónde la enterraron?

El hombre se encogió de hombros.

—También eso es otro misterio —dijo—. Nadie lo sabe. Sólo los auris.

La muchacha recordó la canción que escuchaba en sus sueños. Esa canción decía: «objetos poderosos ocultos en nichos oscuros», y pensó que tal vez un objeto poderoso fuera la misma espada del rey.

—¿Cómo se llamaba la espada? —preguntó mientras miraba el símbolo que llevaba Thear en el pecho de su túnica: el sol rojo atravesado por los rayos.

—Herénia. Una espada digna de un dios.

El monje guerrero pidió su tercera jarra de cerveza y, cuando la trajo el camarero, dio otro gran trago y volvió a eructar otra vez sin miramientos.

—¿Qué significado tiene su nombre?

—Es auri, por supuesto, y significa: «justicia».

Justicia, justicia, aquella palabra retumbó en la cabeza de Valesïa: justicia, justicia.
—Los reyes auris fueron heredando la espada de padres a hijos, generación tras generación, y con ella cumplían con su deber de reyes justos —siguió diciendo el capitán—. La espada no fue forjada en Castrum, los auris la trajeron de otras tierras.

—¿Sabes auri?

Thear negó con la cabeza.

—Ni los más grandes sabios saben auri —explicó—. Es un idioma demasiado complicado para los hombres. Pero sé algunas palabras que me enseñó mi maestro.
Valesïa volvió a acariciar el corazón y sintió su poder extraordinario.

—¿Cómo era la reina Enëriel? —preguntó.

—Ah, eso lo desconozco —dijo, negando otra vez con la cabeza.

«Con cabellos rubios y muy hermosa», pensó la muchacha, pero no dijo nada.

—Cuida bien de él —dijo Thear, señalando al amuleto y haciéndole un guiño con los ojos. Para Valesïa, el monje guerrero era guapo, y lo encontró tremendamente atractivo.

—Por supuesto —prometió la muchacha.

Pero el hombre no le explicó algo muy importante: el amuleto siempre había pertenecido a la Orden del Têlum. Lo crearon los auris antes de abandonar Enesïa y lo entregaron a los primeros hombres de la orden, consagrando así una amistad con ellos hasta el fin de los días. Tampoco le había dicho que la reliquia se guardó en la cripta del Templo del Sol de los monjes guerreros de Mür, y que nadie la había llevado desde que la trajera Moïn de Tolen, hacía ya cinco años. 

Y también había mentido en otro asunto: Thear nunca había vencido en combate a su maestro Moïn.

A la mente de un Thear, que en aquel tiempo acababa de cumplir su trigésimo primer cumpleaños, llegaron las imágenes de ese día: su maestro llegó a Mür acompañado de otros diez caballeros têlmarios y quince lobos negros. Las gentes se apartaban a su paso con nerviosismo porque los monjes guerreros aparte de respetados, también eran temidos.

Se reunió en privado con Moïn, y fue cuando le entregó la pequeña caja de madera. En su interior estaban el amuleto y el medallón.

—Nadie debe saber dónde se encuentran —advirtió Moïn.

—Nadie lo sabrá, mi comandante. —En aquel tiempo Thear todavía no comprendía bien el motivo—. ¿Volverás a por ellos?

—No. En Tolen ya no están seguros.

—¿Han intentado robarlos?

—La enâi los buscará cuando Ariûm llegue a la Corte. Eso me ha dicho el gran mago.

Aún hoy, Thear se estremecía cuando recordaba aquella frase.

—¿La enâi…?

Thear intentó hablar, pero Moïn se lo impidió.

—El amuleto se lo darás a la niña. Se creó para ella…




Valesïa

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sábado, 3 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 5



Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 5

5

—Se aproximan tiempos de guerra —aseveró el rey Rodrian Assis de Castrum a sus súbditos, cuando se encontraban sentados alrededor de la gran mesa, reunidos en consejo privado.

Una hora antes, el consejero Métiro le comunicó las nuevas noticias que habían llegado de Bastión con otra pareja de águilas, y el rey estaba intranquilo.

—Nuestras tropas ya están luchando en Bastión —informó—. Pero hay un problema: cuando Bareon envió las rapaces anteriores a la Corte, salieron dos parejas más para explorar el litoral del Reino Oscuro. La cuestión es que todavía no ha regresado ninguna.

—De eso hace ya mucho tiempo, majestad —dijo, preocupado Frag, el gran mago de la Corte, alisándose con los dedos su barba larga y blanca.

Rodrian asintió.

—Me dice Bareon que los monstruos se están preparando para una gran ofensiva. Cada vez son más —continuó el monarca—. Además, algo malo ocurre, las águilas no se dejan atrapar con facilidad, son animales muy poderosos.

—Animales mágicos —señaló el mago, asintiendo.

—Ariûm posee grandes legiones —dijo Treno, el general superior.

Varios consejeros afirmaron con la cabeza.

—Hay que avisar a los señores de cada región, y éstos tienen que advertir a sus vasallos —decidió el rey, y Métiro tomó nota.

—Las guerras en Bastión han existido siempre —manifestó Moïn, el monje guerrero comandante en jefe de la Orden del Têlum, aparentemente quitando importancia al asunto, aunque sabía que se acercaba el día señalado—. El rey oscuro sabe que la ciudad es una fortaleza infranqueable que todo Castrum siempre ha apoyado.

—En efecto —afirmó Rodrian—. Pero no podemos infravalorar el poder de Ariûm.
Moïn también asintió.

—¿Enviamos más soldados? —preguntó el consejero Drên, uno de los cinco nobles que componían el consejo privado.

—No —contestó el rey, de inmediato—. Si cae Bastión, esos monstruos se extenderán como alimañas por el reino y nadie podrá pararlos.

—Si cae Bastión, majestad —dijo el consejero Sotren, otro noble—, ¿cuánto tiempo podremos resistir en nuestros castillos?

Aquella cuestión preocupaba al rey, que sabía que no podrían hacer frente al enemigo. Los consejeros también pensaron lo mismo.

El Consejo del rey lo componían Rodrian y once consejeros. Cada uno asesoraba al rey según su cargo. Frag era el gran mago, un mago muy influyente y mediante sus poderes había alargado mucho su vida: tenía más de ciento noventa años, y, además, el maestre supremo de la escuela de magos del reino llamada Auriseän, un complejo muy amplio que se encontraba en la zona este de Tolen. Quiro tenía el cargo de comandante de la Guardia Real y de la misma Guardia de la Ciudad. El hombre tenía el rostro alargado, de aspecto serio y de dura mirada. Treno era el militar de mayor empleo, teniente general del ejército, un cargo que sólo ostentaba él en todo el reino; Emo, el patriarca mayor de la Iglesia de la Luz, asesoraba en temas religiosos; Anêlhion, el erudito, aportaba conocimientos en historia y en otras materias como astrología, matemáticas o ciencias. Lo consideraban un hombre de extraordinaria inteligencia.

Por otro lado, desde tiempos ya olvidados, se había creado en Castrum, la vieja Enesïa, la Orden del Têlum. Esta orden se había extendido por todo el reino y la componían monjes guerreros, los llamados caballeros têlmarios. Su estandarte era un sol atravesado por cinco rayos; su lema: «Te seguimos a ti, Señor, en la vida y en la muerte». Moïn ostentaba el cargo de superior de la orden, que no dependía ni del Ejército ni de la Iglesia, aunque en realidad se consideraba una mezcla de ambas organizaciones, y sus miembros contaban con la bendición de los religiosos y oraban en los templos, y por supuesto también combatían codo con codo con los ejércitos. En la guerra se comportaban como un cuerpo privilegiado y gran parte de sus hombres se encontraban luchando en Bastión.

Los cinco consejeros restantes eran importantes nobles del reino. Drên asumía el cargo de juez supremo, haciendo cumplir la justicia del rey; Sotren, el contable de la Corte; Enul, el propulsor de las leyes, que luego serían aprobadas o no; Kaser, experto en diplomacia, trataba los conflictos internos que surgían entre los señores y los demás nobles; y Métiro era la sombra del rey. Su función abarcaba una mezcla entre asesor personal, escribano y mayordomo.

—No mucho —dijo el rey—. Acabarán destruyendo todos los burgos, sólo será cuestión de tiempo. La única solución es unir todos nuestros ejércitos para volver a conquistar el territorio.

En la gran mesa había desplegado un gigantesco mapa de Castrum y fue señalando varias ciudades del reino.

—Zurión y Mür serán las primeras que se han de conquistar.

—Sí —convino Frag.

—Después, Puerto Grande y Coren —siguió diciendo el monarca—; Puerto del Este y Sagur; y, al final, Tolen —señaló el centro del mapa.

—¿Dónde uniremos nuestras fuerzas, majestad? —preguntó Quiro—. Las ciudades están muy alejadas unas de otras.

—En efecto —convino Treno, asintiendo con la cabeza.

Rodrian notó todas las miradas clavadas en él.

—Sólo queda un lugar: el norte —afirmó.

Varios consejeros quedaron estupefactos.

—Majestad, eso significa que todos los nobles, los burgueses y los campesinos tendrán que abandonar sus tierras —dijo Kaser.

—Todos los habitantes del reino. Cientos de miles de personas —añadió Treno, boquiabierto.

—Será una decisión voluntaria, por supuesto, que deberán tomar los gobernantes —dijo el rey—. ¿Pero qué otra opción nos queda? Ninguna. Es una solución extrema, pero correcta. El norte es menos extenso y allí defenderemos una frontera que los monstruos no podrán rebasar.

Si Bastión era vencida, nadie estaría a salvo en el reino, y ningún consejero objetó con el tema.

—Nos costará mucho reconquistar nuestras tierras —admitió Frag—. Hay que encontrar «otros» aliados, majestad.

—¿Aliados? —preguntó Enul—. ¿Quiénes?

—Ya contamos con la ayuda de los animales mágicos —dijo Emo, enarcando las cejas.

—Las águilas ya están implicadas —terció Anêlhion, el erudito, señalando con un dedo largo en el mapa—. Pero cuando su monte sea invadido por los dragones negros tendrán que emigrar al norte con nosotros. A los osos no podrán vencer tan fácilmente y creo que ni siquiera podrán llegar a sus congeladas tierras de las montañas. Los linces están casi en extinción: en el Bosque de Mür no quedan muchos y en el Bosque Silencioso desaparecieron hace tiempo. Los lobos, como ya sabemos todos, viven en las llanuras y en las cordilleras poco elevadas, cerca de Tolen y más al norte: ellos son más y serán de gran ayuda. En cuanto a las orcas no sabemos nada, y los dragones del norte también serán grandes aliados.

—Pero os olvidáis de los securis —dijo el gran mago, advirtiendo que todos lo miraban como si hubiera perdido el juicio. 

Los hombres casi nunca habían tenido relación con los pequeños securis, un pueblo extraño que vivía en los Montes de la Niebla, en sus ciudades subterráneas. Sólo comerciaban con los humanos que habitaban al pie de las montañas y nunca se habían adentrado más al sur de Galiun.

—Poco sabemos de los securis —dijo el rey, hosco.

—Poseen cinco ciudades —explicó el mago—. La capital es Orîesis, donde reside el rey Efferûs, señor del Reino de Enïûm. Es un reino montañoso, impenetrable. Los securis, como ya sabéis, son muy independientes y no acostumbran a asociarse con otras razas, aunque sí lo hacen para comerciar. Pero si los monstruos asolan el reino, también se verá afectado el comercio con los norteños. La guerra siempre trae plagas, nunca beneficios económicos.

—No es mala idea —afirmó el patriarca Emo—. El Señor de la Montaña siempre ha sido un dios benevolente.

—¿Y qué aconsejas que hagamos, Frag? —preguntó el rey.

—Mandar una expedición a Galiun, y de allí al reino de Enïûn.

—¿No será más eficaz enviar directamente un halcón al norte? —objetó Treno, aunque el militar seguía sin verlo claro—. Desde Galiun puede partir un emisario hacia los Montes de la Niebla.

—Sería más rápido —convino Kaser.

—Pero menos eficaz —atajó el mago—. Los securis son una raza de guerreros orgullosos. Tenemos que enviar un mensajero de la Corte, un mensajero importante que les entregue una carta escrita por el mismo rey de los hombres.

Rodrian asintió. Entendía a qué se refería el mago.

—No queda mucho tiempo —dijo Quiro.

—Cierto, por ese motivo hay que partir cuanto antes —afirmó el mago.

Por unos segundos enmudecieron. Luego habló el rey.

—Moïn —dijo finalmente, mirando al monje guerrero.

—¿Sí, majestad?

—Reúne a cincuenta miembros de tu orden y a un buen número de lobos. Cuando lleguéis a Galiun, que los dragones os trasladen al Reino de Enïûm. Antes de partir, Métiro te entregará una carta de mi puño y letra, que entregarás al rey Efferûs en persona. También enviaré un halcón para avisar a Ênon de vuestra llegada.

—A la orden, majestad —dijo Moïn, que, aunque no le hacía mucha gracia poner rumbo al norte cuando la guerra estallaba en el otro confín del reino, siempre estaba dispuesto a emprender cualquier aventura.

—Con vosotros también cabalgará un mago —añadió el rey a Frag—. Elige a quien creas más capacitado. 

El mago asintió con la cabeza.

Luego siguieron debatiendo hasta que llegó la noche.





Valesïa
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viernes, 2 de mayo de 2014

José de Espronceda: LA DESESPERACIÓN




Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

José de Espronceda


jueves, 1 de mayo de 2014

José de Espronceda: CANCIÓN DE LA MUERTE




Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.

Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores,
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón


José de Espronceda


 

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