martes, 26 de abril de 2016

Elinâ: PRIMERA PARTE "LEVIATÁN", CAPÍTULO 11 (ÚLTIMO CAPÍTULO DE MUESTRA)


           Elinâ: Primera Parte "Leviatán", Capítulo 11



11
Ambos semidioses encendieron sus pipas.

Samí exhaló el humo y comenzó a narrar cómo días atrás había encontrado la extraña bola de cristal cerca de un árbol milenario, en las proximidades de la ciudad, con un pequeño cráter a su alrededor; desde ese mismo día, presintió cercana la presencia de Emenis, daemon del Averno.

—Era de noche, dormía plácido cuando de improviso la bola me llamó mentalmente —el hombre frunció el ceño—. Me levanté, me transformé en rapaz y fui en su búsqueda; cuando la encontré, me quedé largo tiempo observándola, como hipnotizado; era maravillosa, muy poderosa. Más tarde, me fue imposible utilizar la magia para volver de nuevo a mi vivienda, pues su poder es absoluto y anulaba mi magia.

Tag estaba boquiabierto.

—¿Cómo apareció allí? —preguntó.

—No lo sé —respondió el mercader, encogiéndose de hombros—. Pero no es de este mundo, eso te lo puedo asegurar.

—Ajá —asintió Tag con la frente arrugada—. Nadie sabe con exactitud su procedencia.

Continuaron charlando hasta que se despidieron.

—Lleva muchísimo cuidado, Aguemón —indicó el mago.

—Naturalmente, maestro —asintió el mercader.

Se abrazaron de nuevo.

—Infórmame pronto —exigió Tag.

—No te preocupes, cuando llegue al Bosque Negro me pondré en contacto contigo.
Tag asintió. Sin embargo, una sombra ensombreció su alma.
Sin más, desaparecieron del mundo onírico y sus espíritus volvieron a sus cuerpos.



Tag abrió los ojos, se incorporó con agilidad y sus pupilas brillaron en la noche opaca.

—Vivimos en tiempos agitados —se dijo a sí mismo en un susurro.



Samí salió del trance.

Sintió una gran amenaza, cogió la bola que yacía en el interior de su alforja dentro de la carreta y la ocultó en su hábito.

—Cálmate —le susurró a la yegua, pero el animal no se tranquilizó.

—Por fin nos encontramos —dijo alguien detrás de él.

El mercader se dio la vuelta con rapidez y se encontró con Emenis. El daemon iba enfundado en una túnica negra, ocultando su rostro con una capucha; detrás, se encontraban los tres dîrus similarmente ataviados: Morsus, Eynus y Aanis, así se llamaban.

Se escrutaron con la mirada.

La yegua relinchó, pero se mantuvo quieta.

—Márchate por donde has venido —dijo Samí con autoridad—. Pues no seré benevolente contigo ni con tus vasallos.

El semidiós del Averno soltó una carcajada y se quitó la capucha: su pálido rostro dîrus era siniestro.

Los brujos también se descubrieron.

—Si me das el objeto, lo haré —terció Emenis.

—Sabes que nunca lo haría, no te pertenece.

—Entonces yo tampoco seré benevolente contigo, Samí —dijo con desprecio.

Al momento, se prepararon para la batalla.



El guardián del Cosmos desconocía qué portentosa magia poseía la bola de cristal.

No se atrevió a utilizarla, pues podría cometer un daño irreversible en el mundo terreno; asimismo, sabía que la misma bola inutilizaría su propio poder cuando se le antojara, algo que no se podía permitir.

En un santiamén, saltó de manera vertiginosa hacia atrás, agarró con rapidez la bola de cristal, la dejó en el suelo y formuló un conjuro y una barrera invisible, más resistente que el mismísimo acero auri, la cubrió completamente.

El brujo Eynus se lanzó para cogerla.

—¡Detente! —exclamó Emenis—. ¡La ha protegido con una barrera!

El dîrus se detuvo y retrocedió, mostrando amenazante sus largos colmillos de vampiro; si hubiera rozado la barrera, habría muerto abrasado.

Sin más, comenzó la liza.

Los semidioses eran muchísimo más poderosos que los dîrus. Por tanto, éstos no participaron en la reyerta.

El daemon creó una enorme hacha afiladísima con el pensamiento y se lanzó al ataque veloz; el guardián hizo lo propio con una cimitarra, repelió la agresión y pasó a la ofensiva.

Cuando las armas se chocaron, unos destellos iluminaron la noche estrellada.
Se sucedieron una serie de golpes impresionantes, descomunales.

Si el guardián atacaba, al momento se defendía; si se defendía, al momento atacaba.
No se dieron ni un respiro.

Se lanzaron rayos de fuego, paralizantes y de otras variedades, mientras simultáneamente se defendían con barreras y escudos mágicos.

—¡Dame la bola, Samí! —exclamó el daemon, falto de aliento.

Durante un instante hicieron una tregua.

El guardián movió la cabeza y miró a su enemigo.

—Eso no ocurrirá nunca —dijo, sonriente.

El daemon se enfureció y volvió a la carga.

La lucha se recrudeció y a los mismos dîrus, poderosos hechiceros y guerreros a la vez, les costó seguir los rapidísimos movimientos que ejecutaban los semidioses.

Pasaron las horas hasta que el sol apareció en el horizonte y llegó un nuevo día.

De pronto, el daemon se atrevió a abalanzarse demasiado hacia Samí, que creyó beneficiarse de su error. Sin embargo, cuando el guardián blandía su espada hacia el costado de su contrario, se encontró con la nada y perdió el equilibrio.

«¡Maldición!», exclamó mentalmente. «¡Me ha engañado!». 

«¡Saluda a tu Señor de mi parte!», bramó una voz perversa en su cabeza.  

El guardián del Cosmos cayó al suelo.

Se lamentó de su propio desliz. El inteligente daemon lo había engañado al crear una proyección irreal con la mente.

Samí, exhausto, deseó que Tag enmendara su error, si no Tierra Leyenda estaría perdida.

Ya en el suelo, giró la cabeza como un rayo con la esperanza de repeler la agresión, pero se equivocaba.

Emenis, el daemon del Averno del Señor de las Tinieblas Nedesïon, le clavó el hacha en la frente y le partió el cráneo.

Lo último que vería en Tierra Leyenda serían los perversos ojos de su enemigo.




Elinâ
Copyright©, COSTA TOVAR Miguel Ángel, 2015



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