sábado, 10 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 9



Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 9

9

Llevaban varios días en el camino polvoriento.

Al cruzar la puerta oeste de Tolen bordearon las montañas reales, y luego viraron hacia el norte.

Las montañas se alzaban impresionantes hacia el cielo, y en las cumbres se distinguía aún la nieve caída en el invierno, que cubría matorrales y árboles pequeños. Los abetos y los pinos predominaban en el paisaje, aunque en las zonas más bajas había vegetación de ribera donde transcurrían los arroyos y los ríos que nacían en las montañas.

Aparte de ser los mejores guerreros, los caballeros têlmarios también eran expertos cazadores y, por tal motivo, no les faltaba nunca comida. Los ciervos y las cabras montesas habitaban en las zonas más altas de la montaña, en el piso alpino, mientras que los jabalíes lo hacían en el piso subalpino y se aproximaban tanto al camino que vieron varios grupos cerca de ellos. Pero para cazar también contaban con la ayuda de los implacables lobos negros que los acompañaban. No obstante, los conejos, las perdices y las liebres fueron su alimento principal.

Cruzaron un puente de piedra sobre el río Ehör y, cuando empezaba a oscurecer, montaron el campamento. 

Durante el trayecto, Moïn cabalgó al frente, acompañado en todo momento por el mago Mig, el mago que designó Frag para acompañar a los monjes guerreros y a los lobos negros.

Mig era un hombre de baja envergadura y barba larga y negra. Tenía cuarenta y dos años, es decir, estaba considerado un mago joven, aunque a su edad ya poseía amplios conocimientos en la magia y contaba con la total confianza de su maestro. Con un gran sombrero que terminaba en punta en la cabeza, vestía indumentarias grises, adornadas con cientos de símbolos, como soles, lunas y estrellas.

Por el contrario, los compañeros de viaje del mago eran mucho más altos. Los monjes guerreros, con sus grandes espadas de acero y sus resistentes armaduras y yelmos, iban envueltos en los ropajes marrones propios de su orden, con el sol rojo bordado en el pecho, símbolo de libertad que representaba su fe hacia el dios Enesïon, el Señor de la Luz. Todos llevaban la cabeza totalmente afeitada y una enorme perilla, sin bigote.

Cada caballero têlmario llevaba en las orejas uno o varios pendientes de plata en forma de aro. Moïn portaba un excelente aro en su oreja izquierda.

Aquella noche celebraron un gran festín, pues los lobos habían cazado cuatro ciervos, y los hombres los habían cocinado al fuego.

—El camino está muy transitado —dijo Mig a la mañana del día siguiente, cuando hicieron una parada de descanso para los caballos, mientras masticaba un trozo de carne que había sobrado de la noche anterior.

Desde que salieron de Tolen se habían cruzado con cientos de familias que caminaban muy despacio en carretas repletas de bártulos. En sus caras se reflejaba el cansancio y a veces la desesperación por llegar a su destino: Galiun.

—Tienen miedo —contestó Moïn.

—Sí —asintió el mago.

Se aproximó Tenhear, un monje guerrero veterano.

—Mi comandante, ¿suelto a los halcones? —preguntó el hombre—. Tendrán hambre.

Moïn asintió con la cabeza.

Tenhear se acercó a las jaulas y fue soltando uno a uno los diez halcones que llevaban. Los animales emitieron graznidos sonoros parecidos a un «quí-quí-quí». Poseían la belleza propia de todas las rapaces, con figuras firmes, dorsos grises, cuerpos blancos rayados y cabezas negras. Alzaron el vuelo y en pocos segundos se perdieron de vista.

—Hermosos animales —dijo Mig.

—¿Obtendremos ayuda del rey Efferûs? —preguntó Moïn sin hacer caso del comentario del mago.

—Eso no lo sé. Nadie lo sabe, mi querido amigo. —El mago se rascó su barba espesa—. Los securis son un pueblo arisco, pero ante todo un buen pueblo, honesto, y con mucho sentido del honor y la justicia. No tienen mucho trato con los hombres, pero odian a los monstruos tanto como nosotros —explicó.

—El Señor de la Montaña los envió hacia los Montes de la Niebla, y él los guía en su destino —dijo el comandante.

—Exacto, también son un pueblo religioso —afirmó el mago.

—Esperemos que su decisión nos favorezca, por el bien de Castrum y de todos nosotros.

—Todavía nos queda un largo viaje para saberlo.

Moïn asintió otra vez.

El monje guerrero nunca había congeniado demasiado con los magos. Tal vez porque desafiaban las leyes de los dioses al prolongar sus vidas de hombre, o sencillamente porque eran peligrosos, fuera cual fuese la causa que defendieran. En general eran orgullosos y se creían superiores al resto de los mortales, a excepción de los auris y los animales mágicos, por supuesto. No obstante, Mig como Tag, el viejo mago de Mür, le caía bien. Había demostrado ser un personaje sincero y honesto, y en ningún momento manifestó supremacía hacia él o hacia los demás. Sólo se había dejado llevar y le otorgaba el puesto de mando, aunque eso tampoco le importaba mucho.

Oyeron unos ruidos entre la maleza y de repente apareció Canion, el gran lobo negro jefe de la manada de cánidos y amigo y compañero de viaje del monje guerrero. Su aspecto era descomunal. Su peso sobrepasaba los trescientos kilos. De pelaje marrón oscuro, en su gran cabeza sus ojos triangulares dorados emitían un poder sobrenatural y del hocico le caían unas gotas de sangre.

«Saludos», dijo, telepáticamente, pero en un tono seco. 

—¿Más caza? —preguntó Moïn, mirando su boca.

«Sí, pero no para comer».

—¿Cómo? —dijo Mig sin entender a qué se refería el lobo.

«Salteadores», explicó Canion. «Hemos cazado a siete cuando saqueaban una carreta. Habían matado a una familia entera, niños incluidos».

—¡Maldición! —exclamó Mig.

«Hay más, y aprovechan la gran afluencia de campesinos y mercaderes que viajan al norte. Cuando una carreta se retrasa de los grupos, atacan sin piedad».

—¿Sabes cuántos son?, preguntó Moïn.

«No con exactitud, pero por esta zona siempre ha habido bastantes robos porque está desprotegida, y las montañas se encuentran cerca para refugiarse».

—Estaremos más atentos, aunque no creo que se acerquen a nosotros. 

Moïn sabía que los criminales no se atreverían a acercarse a ellos. Su grupo era demasiado peligroso.

«De nosotros huirán como ratas», repuso el lobo. «Lo que son».   
   
—Sin duda, convino el monje guerrero, asintiendo.

«Atraparemos a más. Nosotros tampoco tenemos piedad».

El gran cánido dio media vuelta y se perdió entre los arbustos como una sombra nocturna.

—No me gustaría ser uno de esos ladrones —afirmó el mago.

Moïn asintió.

—Ni a mí —dijo—. Ya se pueden esconder bien.

En los días siguientes, los lobos cazaron no sólo a ciervos y corzos, sino a ladrones y asesinos.

Cuando las montañas reales quedaron atrás, apareció un campo colosal. Conforme avanzaban más al norte, la hierba tenía una tonalidad más verde, y de pronto surgieron varias tormentas de verano que hicieron que aflojaran la marcha.

—En el lago Helado giraremos al oeste para llegar a Galiun —dijo Moïn.

—¿No será mejor por el este, por la ribera del Giol? —preguntó Mig.

—De los Montes del Norte nacen varios ríos que desembocan en el lago. El general Treno me advirtió que no eran anchos, pero sí peligrosos de cruzar. Sus cauces son muy rápidos —dijo el monje guerrero. El mago asintió, ya que conocía la zona—. Tardaremos unos días más, pero será más seguro. Llegaremos a Galiun por el margen derecho del Giol.

—De acuerdo, tú mandas, mi querido amigo.






Valesïa
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viernes, 9 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 8



Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 8

8

Valesïa observaba desde la torre del homenaje el gran alboroto que había en el castillo, concretamente en el patio de armas. Su padre ordenó cerrar todas las puertas de las murallas de la ciudad y duplicó la vigilancia de legionarios y guardias, sobre todo en la zona costera. Además, desde el puerto zarparon ocho barcos de guerra. Finalmente, los militares también construyeron varias torres de vigía por la costa hasta cien kilómetros, aproximadamente, hacia el sur, y algunas bordeando la parte meridional del Bosque de Mür.

Desde la llegada del halcón de la Corte había pasado ya una semana, aunque hasta el momento nadie se había exiliado de la ciudad. Mür no era una de las ciudades más grandes del reino, pero su población total alcanzaba cerca de los cien mil habitantes, a los que había que sumarle otros pocos miles de los pueblos y las aldeas de la región. Por ese motivo el proceso sería lento.

La muchacha bajó a su alcoba y se encontró con Rênion, que le explicó los planes de su padre: Valesïa, Elisea y Mîreon y miles de burgueses y campesinos se refugiarían en una antigua ciudad auri del bosque, que distaba a setenta kilómetros, poco más o menos, de Mür. Con ellos también viajarían doscientos soldados legionarios y algunos magos.

—Tag dice que allí estaréis seguros —dijo Rênion.

La muchacha permaneció callada.

—Los vasallos ya se están movilizando —siguió diciendo Rênion, y miró por la ventana.

—De acuerdo —aceptó Valesïa.

La muchacha quería luchar, pero sabía que las órdenes eran de su padre y sus protestas no servirían de nada. Además, también estaba el asunto de Linx, y un cosquilleo le recorrió el cuerpo. Ansiaba descubrir si realmente existía el lince y si ahora tendría la oportunidad de buscarlo.

Su hermano salió de la alcoba y poco después, cuando miraba el bosque a través de las cortinas, su madre entró en la cámara. La señora de Mür era bella y delgada como su hija, pero algo más baja de estatura. Llevaba puesto un hermoso y sencillo vestido de fina seda azul, varias pulseras de oro en las muñecas y dos grandes pendientes de aro en las orejas. Valesïa se parecía mucho físicamente a su madre, sobre todo en los ojos rasgados, exóticos.

—Nos iremos dentro de dos semanas —le anunció Elisea—, si todo va igual.

—¿Hay más noticias? —preguntó Valesïa.

—Los hombres resisten, pero no cesan los ataques.

—Son los mejores legionarios del reino.

—Sí, pero los monstruos son demasiados —permaneció un momento en silencio—. Y los hombres de Bastión ya están cansados de tantos combates.

Elisea giró sobre sus talones y ya salía de la alcoba cuando Valesïa se interesó:

—¡Madre! —dijo en un tono de preocupación.

—¿Sí, Valesïa? —preguntó Elisea, volviéndose.

—No podrán resistir mucho tiempo. Cuando caiga Bastión, Mür también será destruida.

Aquella fue la primera vez que Valesïa vio temor en el rostro de su madre.

—Lo sé —dijo Elisea—. Pero tu padre no abandonará la ciudad a la primera. Defenderá sus tierras, aunque tampoco llevará sus tropas a la muerte. Eso no serviría de nada.




Seis días más tarde, Valesïa salió del castillo a caballo con Mîreon, montado detrás de ella, y se dirigieron a la ciudad.

Dejaron a Veloz en los establos de una taberna pequeña y recorrieron las callejuelas de Mür durante varias horas.

Aunque parecía un día cualquiera, la muchacha percibió cierto nerviosismo entre las gentes, que se preparaban para el gran éxodo.

Muchas carretas estaban repletas de enseres y otras las iban cargando los ciudadanos. En el mercado comieron varias piezas de fruta, naranjas y alguna manzana, y después unos dulces, y al mediodía se encontraban otra vez en el castillo.

Se separó de Mîreon en el recibidor y se dirigió a su alcoba. Le prepararon un baño con agua templada, se metió en la artesa y perdió la noción del tiempo. Intentó no pensar en los acontecimientos que se avecinaban, y notó cómo sus músculos se relajaban cada vez más.

Cerró los ojos y volvió a caminar otra vez sobre la hierba verde del bosque, cruzar por un arroyo de aguas cristalinas y sentir de nuevo el frío en sus pies, y luego en todo su cuerpo.

El sueño siempre se repetía. Era la misma llamada, la misma advertencia, y ese mismo miedo profundo que la recorría de pies a cabeza.

Pero aquella vez no chilló, ni siquiera vio a los monstruos.

Abrió los ojos. Cuando se incorporó, advirtió su cuerpo desnudo reflejado en el gran espejo, y tocó con los dedos el corazón carmesí que le colgaba del cuello.

—Enëriel —murmuró, y el amuleto brilló muchísimo, como si fuera a estallar, alumbrando totalmente la habitación, hasta que fue apagándose poco a poco, llegando a su estado normal.

La muchacha, fascinada, se secó el cuerpo lentamente y se envolvió en un hermoso vestido verde.

Por la noche volvió a soñar con el bosque y con Linx, y, como le ocurría a menudo, despertó con un grito en la boca.




A la mañana siguiente salió de su alcoba y se dirigió para desayunar cuando se topó con el gato.

—Otra vez tú —le dijo con suavidad. 

El animal era demasiado grande para ser un gato normal y lo miró con más detenimiento. Extrañamente le era familiar, aunque no sabía por qué, y eso la desconcertaba.

El minino la observó con ojos radiantes. Se dio media vuelta y caminó por el pasillo hacia la cocina, pero antes de entrar giró a la derecha y bajó por la escalera de caracol que daba a los pisos inferiores.

Valesïa lo siguió.

Sin preguntarse aún qué estaba ocurriendo, la llamada retumbó en su cabeza. Quiso detenerse y dar media vuelta, pero no pudo, y sus pies caminaron sin obedecer a su mente. ¿Qué le estaba pasando?

—¿A dónde vamos? —preguntó.

«Sígueme, Valesïa», dijo alguien en su mente.

«¡No puede ser! ¿Has sido tú?».

El gato giró la cabeza hacia ella y la miró. Luego se limitó a seguir caminando algo más deprisa.

Avanzaron por los pasadizos oscuros del castillo durante mucho tiempo hasta que le llegó un hedor desagradable y supuso que se encontraban cerca de las cloacas.

Llegaron a una puerta de rejas metálicas estrechas y el gato «traspasó» los barrotes sin más. Valesïa estaba asombrada, no podía creer lo que veía.

«Crúzala», dijo el animal. 

La muchacha agarró el pomo, giró la manivela y comprobó que la puerta estaba cerrada.

«No puedo, está cerrada», dijo, telepáticamente.

«Crúzala», insistió el gato. «No hace falta que la abras». 

La muchacha estaba indecisa y se encogió de hombros.

«Tú puedes cruzarla, Valesïa», repitió el gato. «Utilízalo».

«¡El amuleto!».

«¿Qué si no?».

Valesïa cogió el amuleto con delicadeza, cerró los ojos y se concentró. 

«Este amuleto es muy poderoso. Con él conseguirás casi todo lo que desees», sonó la voz de Thear en su mente.

Luego abrió los ojos y caminó, decidida, hacia la puerta, cruzó los barrotes a través de su cuerpo y un escalofrío tremendo la recorrió de pies a cabeza.

«Muy bien», dijo el gato, satisfecho. «Vas aprendiendo».

Valesïa estaba más que sorprendida, fascinada.

Llegaron a la playa y en el puerto observó muchos guardias, legionarios y marineros.

«Ahora es mejor que no te vean», dijo el gato, y sus ojos felinos brillaron; parecía sonreír. 

—¿Qué me sucede? —se preguntó la muchacha, y se pellizcó en el brazo. No estaba soñando.

Apretó más fuerte el amuleto y una niebla blanca la rodeó hasta que ya no vio su cuerpo. ¡Se había hecho invisible!

«Sígueme, Valesïa».      

La muchacha no le preguntó hacia dónde iban, pues ya lo sabía. Se dirigía con «su guía» al Bosque de Mür.

Linx la esperaba.





Valesïa
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jueves, 8 de mayo de 2014

José de Espronceda: EL ARREPENTIMIENTO




A MI MADRE

Triste es la vida cuando piensa el alma,
triste es vivir si siente el corazon;
nunca se goza de ventura y calma
si se piensa del mundo en la ficcion.
No hay que buscar del mundo los placeres,
pues que ninguno existe en realidad;
no hay que buscar amigos ni mujeres,
que es mentira el placer y la amistad.
Es inutil que busque el desgraciado
quien quiera su dolor con el partir;
sordo el mundo, le deja abandonado
sin aliviar su misero vivir.
La virtud y el honor, solo de nombre
existen en el mundo engañador;
un juego la virtud es para el hombre;
un fantasma, no más, es el honor.
No hay que buscar palabras de ternura,
que le presten al alma algun solaz;
no hay que pensar que dure la ventura,
que en el mundo el placer siempre es fugaz.
Esa falsa deidad que llaman gloria
es del hombre tan solo una ilusion,
que siempre esta patente en su memoria
halagando, traidora, el corazon.
Todo es mentira lo que el mundo encierra,
que el niño no conoce, por su bien;
entonces la niñez sus ojos cierra,
y un tiempo a mi me los cerro tambien
En aquel tiempo el maternal cariño
como un Edén el mundo me pintó;
yo lo mire como lo mira un niño,
y mejor que un Edén me pareció.
Lleno lo vi de fiestas y jardines,
donde tranquilo imaginé gozar;
oí cantar pintados colorines
y escuche de la fuente el murmurar.
Yo apresaba la blanca mariposa,
persiguiendola ansioso en el jardin,
bien al parar en la encarnada rosa
o al posarse después en el jazmín.
Miraba al sol, sin que jamas su fuego
quemase mis pupilas ni mi tez;
que entonces lo mire con el sosiego
y con la paz que infunde la niñez
Mi vida resbalaba entre delicias
prodigadas, oh madre!, por tu amor.
Cuantas veces, entonces, tus caricias
acallaron mi llanto y mi clamor!
Cuantas veces, durmiendo en tu regazo,
en pájaros y flores yo soñé!
Cuantas veces, entonces, tus caricias
acallaron mi llanto y mi clamor!
Cuantas me diste, oh madre, un tierno abrazo
porque alegre y risueño te miré!
Mis caricias pagaste con exceso,
como pagan las flores al abril;
mil besos, ¡ay!, me dabas por un beso,
por un abrazo tu me dabas mil.

Pero yo te abandoné
por seguir la juventud;
en el mundo me interné,
y al primer paso se fue
de la infancia la quietud;
que aunque tu voz me anunciaba
los escondidos abrojos
del camino que pisaba,
mi oido no te escuchaba
ni te miraban mis ojos.
Si, madre! Yo no creí
que fuese cierto tu aviso;
tan hechizado lo vi,
que al principio para mi
era el mundo un paraíso.
Así viví sin temor,
disfrutando los placeres
del mundo tan seductor;
en el encontre el amor
al encontrar las mujeres.
Mis oidos las oyeron,
y mis ojos las miraron,
y ángeles me parecieron;
mis ojos, ay!, me engañaron
y mis oidos mintieron.
Entre placeres y amores
fueron pasando mis años
sin recelo ni temores,
mi corazon sin engaños
y mi alma sin dolores.
Mas hoy ya mi corazon
por su bien ha conocido
de los hombres la traicion
y mi alma ha descorrido
el velo de la ilusion.
Ayer vi el mundo risueño
y hoy triste lo miro ya;
para mi no es halagüeño;
mis años han sido un sueño
que disipandose va.
Por estar durmiendo ayer,
de este mundo la maldad
ni pude ni quise ver,
ni del amigo y mujer
conocí la falsedad.
Por el sueño, no miraron
mis ojos teñido un rió
de sangre, que derramaron
hermanos que se mataron
llevados de un desvarío.
Por el sueño, madre mía,
del porvenir, sin temor,
ayer con loca alegría
entonaba en una orgía
cantos de placer y amor.
Por el sueño fui perjuro
con las mujeres alli;
y en lugar de tu amor puro,
amor frenético, impuro,
de impuros labios bebí.
Mi corazón fascinaste
cuando me ofreciste el bien;
pero (oh mundo!), me engañaste
porque en infierno trocaste
lo que yo juzgaba Edén.
Tu me mostraste unos seres
con rostros de querubines
y con nombres de mujeres,
tu me brindaste placeres
en ciudades y festines.
Tus mujeres me engañaron.
que al brindarme su cariño
en engañarme pensaron
y sin compasión jugaron
con mi corazón de niño.
En tus pueblos no hay clemencia,
la virtud no tiene abrigo;
por eso con insolencia
los ricos, en su opulencia,
encarnecen al mendigo.
Y en vez de arroyos y flores
y fuentes y ruiseñores,
se escuchan en tus jardines
los gritos y los clamores
que salen de los festines.
Por eso perdí el reposo
de mis infantiles años;
dime, mundo peligroso,
por que siendo tan hermoso
contienes tantos engaños?
Heme a tus pies llorando arrepentido,
fría la frente y seco el corazón;
ah!, si supieras cuanto he padecido,
me tuvieras, os madre!, compasión.
No te admires de hallarme en este estado,
sin luz los ojos, sin color la tez;
porque mis labios, ay!, han apurado
el cáliz del dolor hasta la hez.
¡Que es veneno el amor de las mujeres
que en el mundo, gozoso, yo bebí!
Pero, a pesar de todos los placeres,
jamás pude olvidarme yo de ti.
Siempre, extasiado, recordó mi mente
aquellos días de ventura y paz
que a tu lado viví tranquilamente
ajeno de este mundo tan falaz.
Todo el amor que tiene es pasajero,
nocivo, receloso, enganiador;
no hay otro, no, más puro y verdadero
que dure mas que el maternal amor.
Vuelve, oh madre!, a mirarme con cariño;
tus caricias y halagos tórname;
yo de ti me aleje, pero era un niño,
y el mundo me engañó, perdóname!
Yo pagaré tu amor con el exceso
con que pagan las flores al abril;
mil besos te daré por solo un beso,
por un abrazo yo te daré mil.
Dejemos que prosigan engañando
los hombres y mujeres a la par;
de nuestro amor sigamos disfrutando
en sus engaños, madre, sin pensar.
Porque es triste vivir si piensa el alma,
y mucho mas si siente el corazón;
nunca se goza de ventura y calma
si se piensa del mundo en la ficción.

José de Espronceda

martes, 6 de mayo de 2014

José de Espronceda: EL VERDUGO




De los hombres lanzado al desprecio,
de su crimen la víctima fui,
y se evitan de odiarse a sí mismos,
fulminando sus odios en mí.
Y su rencor
al poner en mi mano, me hicieron
su vengador;
y se dijeron
«Que nuestra vergüenza común caiga en él;
se marque en su frente nuestra maldición;
su pan amasado con sangre y con hiel,
su escudo con armas de eterno baldón
sean la herencia
que legue al hijo,
el que maldijo
la sociedad.»
¡Y de mí huyeron,
de sus culpas el manto me echaron,
y mi llanto y mi voz escucharon
sin piedad!

Al que a muerte condena le ensalzan...
¿Quién al hombre del hombre hizo juez?
¿Que no es hombre ni siente el verdugo
imaginan los hombres tal vez?
¡Y ellos no ven
Que yo soy de la imagen divina
copia también!
Y cual dañina
fiera a que arrojan un triste animal
que ya entre sus dientes se siente crujir,
así a mí, instrumento del genio del mal,
me arrojan el hombre que traen a morir.
Y ellos son justos,
yo soy maldito;
yo sin delito
soy criminal:
mirad al hombre
que me paga una muerte; el dinero
me echa al suelo con rostro altanero,
¡a mí, su igual!

El tormento que quiebra los huesos
y del reo el histérico ¡ay!,
y el crujir de los nervios rompidos
bajo el golpe del hacha que cae,
son mi placer.
Y al rumor que en las piedras rodando
hace, al caer,
del triste saltando
la hirviente cabeza de sangre en un mar,
allí entre el bullicio del pueblo feroz
mi frente serena contemplan brillar,
tremenda, radiante con júbilo atroz
que de los hombres
en mí respira
toda la ira,
todo el rencor:
que a mí pasaron
la crueldad de sus almas impía,
y al cumplir su venganza y la mía
gozo en mi horror.

Ya más alto que el grande que altivo
con sus plantas hollara la ley
al verdugo los pueblos miraron,
y mecido en los hombros de un rey:
y en él se hartó,
embriagado de gozo aquel día
cuando espiró;
y su alegría
su esposa y sus hijos pudieron notar,
que en vez de la densa tiniebla de horror,
miraron la risa su labio amargar,
lanzando sus ojos fatal resplandor.
Que el verdugo
con su encono
sobre el trono
se asentó:
y aquel pueblo
que tan alto le alzara bramando,
otro rey de venganzas, temblando,
en él miró.

En mí vive la historia del mundo
que el destino con sangre escribió,
y en sus páginas rojas Dios mismo
mi figura imponente grabó.
La eternidad
ha tragado cien siglos y ciento,
y la maldad
su monumento
en mí todavía contempla existir;
y en vano es que el hombre do brota la luz
con viento de orgullo pretenda subir:
¡preside el verdugo los siglos aún!
Y cada gota
que me ensangrienta,
del hombre ostenta
un crimen más.
Y yo aún existo,
fiel recuerdo de edades pasadas,
a quien siguen cien sombras airadas
siempre detrás.

¡Oh! ¿por qué te ha engendrado el verdugo,
tú, hijo mío, tan puro y gentil?
En tu boca la gracia de un ángel
presta gracia a tu risa infantil.
!Ay!, tu candor,
tu inocencia, tu dulce hermosura
me inspira horror.
¡Oh!, ¿tu ternura,
mujer, a qué gastas con ese infeliz?
¡Oh!, muéstrate madre piadosa con él;
ahógale y piensa será así feliz.
¿Qué importa que el mundo te llame cruel?
¿mi vil oficio
querrás que siga,
que te maldiga
tal vez querrás?
¡Piensa que un día
al que hoy miras jugar inocente,
maldecido cual yo y delincuente
también verás!


José de Espronceda

 

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