sábado, 3 de mayo de 2014

Valesïa: PRIMERA PARTE "INVASIÓN", CAPÍTULO 5



Valesïa: Primera Parte "Invasión", Capítulo 5

5

—Se aproximan tiempos de guerra —aseveró el rey Rodrian Assis de Castrum a sus súbditos, cuando se encontraban sentados alrededor de la gran mesa, reunidos en consejo privado.

Una hora antes, el consejero Métiro le comunicó las nuevas noticias que habían llegado de Bastión con otra pareja de águilas, y el rey estaba intranquilo.

—Nuestras tropas ya están luchando en Bastión —informó—. Pero hay un problema: cuando Bareon envió las rapaces anteriores a la Corte, salieron dos parejas más para explorar el litoral del Reino Oscuro. La cuestión es que todavía no ha regresado ninguna.

—De eso hace ya mucho tiempo, majestad —dijo, preocupado Frag, el gran mago de la Corte, alisándose con los dedos su barba larga y blanca.

Rodrian asintió.

—Me dice Bareon que los monstruos se están preparando para una gran ofensiva. Cada vez son más —continuó el monarca—. Además, algo malo ocurre, las águilas no se dejan atrapar con facilidad, son animales muy poderosos.

—Animales mágicos —señaló el mago, asintiendo.

—Ariûm posee grandes legiones —dijo Treno, el general superior.

Varios consejeros afirmaron con la cabeza.

—Hay que avisar a los señores de cada región, y éstos tienen que advertir a sus vasallos —decidió el rey, y Métiro tomó nota.

—Las guerras en Bastión han existido siempre —manifestó Moïn, el monje guerrero comandante en jefe de la Orden del Têlum, aparentemente quitando importancia al asunto, aunque sabía que se acercaba el día señalado—. El rey oscuro sabe que la ciudad es una fortaleza infranqueable que todo Castrum siempre ha apoyado.

—En efecto —afirmó Rodrian—. Pero no podemos infravalorar el poder de Ariûm.
Moïn también asintió.

—¿Enviamos más soldados? —preguntó el consejero Drên, uno de los cinco nobles que componían el consejo privado.

—No —contestó el rey, de inmediato—. Si cae Bastión, esos monstruos se extenderán como alimañas por el reino y nadie podrá pararlos.

—Si cae Bastión, majestad —dijo el consejero Sotren, otro noble—, ¿cuánto tiempo podremos resistir en nuestros castillos?

Aquella cuestión preocupaba al rey, que sabía que no podrían hacer frente al enemigo. Los consejeros también pensaron lo mismo.

El Consejo del rey lo componían Rodrian y once consejeros. Cada uno asesoraba al rey según su cargo. Frag era el gran mago, un mago muy influyente y mediante sus poderes había alargado mucho su vida: tenía más de ciento noventa años, y, además, el maestre supremo de la escuela de magos del reino llamada Auriseän, un complejo muy amplio que se encontraba en la zona este de Tolen. Quiro tenía el cargo de comandante de la Guardia Real y de la misma Guardia de la Ciudad. El hombre tenía el rostro alargado, de aspecto serio y de dura mirada. Treno era el militar de mayor empleo, teniente general del ejército, un cargo que sólo ostentaba él en todo el reino; Emo, el patriarca mayor de la Iglesia de la Luz, asesoraba en temas religiosos; Anêlhion, el erudito, aportaba conocimientos en historia y en otras materias como astrología, matemáticas o ciencias. Lo consideraban un hombre de extraordinaria inteligencia.

Por otro lado, desde tiempos ya olvidados, se había creado en Castrum, la vieja Enesïa, la Orden del Têlum. Esta orden se había extendido por todo el reino y la componían monjes guerreros, los llamados caballeros têlmarios. Su estandarte era un sol atravesado por cinco rayos; su lema: «Te seguimos a ti, Señor, en la vida y en la muerte». Moïn ostentaba el cargo de superior de la orden, que no dependía ni del Ejército ni de la Iglesia, aunque en realidad se consideraba una mezcla de ambas organizaciones, y sus miembros contaban con la bendición de los religiosos y oraban en los templos, y por supuesto también combatían codo con codo con los ejércitos. En la guerra se comportaban como un cuerpo privilegiado y gran parte de sus hombres se encontraban luchando en Bastión.

Los cinco consejeros restantes eran importantes nobles del reino. Drên asumía el cargo de juez supremo, haciendo cumplir la justicia del rey; Sotren, el contable de la Corte; Enul, el propulsor de las leyes, que luego serían aprobadas o no; Kaser, experto en diplomacia, trataba los conflictos internos que surgían entre los señores y los demás nobles; y Métiro era la sombra del rey. Su función abarcaba una mezcla entre asesor personal, escribano y mayordomo.

—No mucho —dijo el rey—. Acabarán destruyendo todos los burgos, sólo será cuestión de tiempo. La única solución es unir todos nuestros ejércitos para volver a conquistar el territorio.

En la gran mesa había desplegado un gigantesco mapa de Castrum y fue señalando varias ciudades del reino.

—Zurión y Mür serán las primeras que se han de conquistar.

—Sí —convino Frag.

—Después, Puerto Grande y Coren —siguió diciendo el monarca—; Puerto del Este y Sagur; y, al final, Tolen —señaló el centro del mapa.

—¿Dónde uniremos nuestras fuerzas, majestad? —preguntó Quiro—. Las ciudades están muy alejadas unas de otras.

—En efecto —convino Treno, asintiendo con la cabeza.

Rodrian notó todas las miradas clavadas en él.

—Sólo queda un lugar: el norte —afirmó.

Varios consejeros quedaron estupefactos.

—Majestad, eso significa que todos los nobles, los burgueses y los campesinos tendrán que abandonar sus tierras —dijo Kaser.

—Todos los habitantes del reino. Cientos de miles de personas —añadió Treno, boquiabierto.

—Será una decisión voluntaria, por supuesto, que deberán tomar los gobernantes —dijo el rey—. ¿Pero qué otra opción nos queda? Ninguna. Es una solución extrema, pero correcta. El norte es menos extenso y allí defenderemos una frontera que los monstruos no podrán rebasar.

Si Bastión era vencida, nadie estaría a salvo en el reino, y ningún consejero objetó con el tema.

—Nos costará mucho reconquistar nuestras tierras —admitió Frag—. Hay que encontrar «otros» aliados, majestad.

—¿Aliados? —preguntó Enul—. ¿Quiénes?

—Ya contamos con la ayuda de los animales mágicos —dijo Emo, enarcando las cejas.

—Las águilas ya están implicadas —terció Anêlhion, el erudito, señalando con un dedo largo en el mapa—. Pero cuando su monte sea invadido por los dragones negros tendrán que emigrar al norte con nosotros. A los osos no podrán vencer tan fácilmente y creo que ni siquiera podrán llegar a sus congeladas tierras de las montañas. Los linces están casi en extinción: en el Bosque de Mür no quedan muchos y en el Bosque Silencioso desaparecieron hace tiempo. Los lobos, como ya sabemos todos, viven en las llanuras y en las cordilleras poco elevadas, cerca de Tolen y más al norte: ellos son más y serán de gran ayuda. En cuanto a las orcas no sabemos nada, y los dragones del norte también serán grandes aliados.

—Pero os olvidáis de los securis —dijo el gran mago, advirtiendo que todos lo miraban como si hubiera perdido el juicio. 

Los hombres casi nunca habían tenido relación con los pequeños securis, un pueblo extraño que vivía en los Montes de la Niebla, en sus ciudades subterráneas. Sólo comerciaban con los humanos que habitaban al pie de las montañas y nunca se habían adentrado más al sur de Galiun.

—Poco sabemos de los securis —dijo el rey, hosco.

—Poseen cinco ciudades —explicó el mago—. La capital es Orîesis, donde reside el rey Efferûs, señor del Reino de Enïûm. Es un reino montañoso, impenetrable. Los securis, como ya sabéis, son muy independientes y no acostumbran a asociarse con otras razas, aunque sí lo hacen para comerciar. Pero si los monstruos asolan el reino, también se verá afectado el comercio con los norteños. La guerra siempre trae plagas, nunca beneficios económicos.

—No es mala idea —afirmó el patriarca Emo—. El Señor de la Montaña siempre ha sido un dios benevolente.

—¿Y qué aconsejas que hagamos, Frag? —preguntó el rey.

—Mandar una expedición a Galiun, y de allí al reino de Enïûn.

—¿No será más eficaz enviar directamente un halcón al norte? —objetó Treno, aunque el militar seguía sin verlo claro—. Desde Galiun puede partir un emisario hacia los Montes de la Niebla.

—Sería más rápido —convino Kaser.

—Pero menos eficaz —atajó el mago—. Los securis son una raza de guerreros orgullosos. Tenemos que enviar un mensajero de la Corte, un mensajero importante que les entregue una carta escrita por el mismo rey de los hombres.

Rodrian asintió. Entendía a qué se refería el mago.

—No queda mucho tiempo —dijo Quiro.

—Cierto, por ese motivo hay que partir cuanto antes —afirmó el mago.

Por unos segundos enmudecieron. Luego habló el rey.

—Moïn —dijo finalmente, mirando al monje guerrero.

—¿Sí, majestad?

—Reúne a cincuenta miembros de tu orden y a un buen número de lobos. Cuando lleguéis a Galiun, que los dragones os trasladen al Reino de Enïûm. Antes de partir, Métiro te entregará una carta de mi puño y letra, que entregarás al rey Efferûs en persona. También enviaré un halcón para avisar a Ênon de vuestra llegada.

—A la orden, majestad —dijo Moïn, que, aunque no le hacía mucha gracia poner rumbo al norte cuando la guerra estallaba en el otro confín del reino, siempre estaba dispuesto a emprender cualquier aventura.

—Con vosotros también cabalgará un mago —añadió el rey a Frag—. Elige a quien creas más capacitado. 

El mago asintió con la cabeza.

Luego siguieron debatiendo hasta que llegó la noche.





Valesïa
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2 comentarios:

  1. Se amenaza batalla... Se prepara la estrategia...

    Me han gustado mucho los diferentes consejeros del rey. El consejo es muy variado y completito, y a través de cada uno de sus integrantes conocemos más sobre como está formado este reino. También me ha gustado la aparición de los distintos animales, sobretodo las águilas.

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    1. Nuevamente gracias por el comentario. Saludos.

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